«Tráeme a los niños, pero no te olvides la cartera»: Cuando la familia duele más que la soledad

—Fermín, ¿has visto dónde he dejado el monedero?— La voz de Carmen retumba en la cocina mientras yo, sentado en la mesa de madera, repaso una y otra vez la misma carta de mi hija Lucía. «Papá, ¿puedes traer a los niños este fin de semana? Y si puedes, acuérdate de llevar algo para la compra, que andamos justos.»

No es la primera vez. De hecho, ya he perdido la cuenta. Antes, las visitas eran una fiesta: risas, tortillas de patatas, el aroma del café recién hecho. Ahora, cada encuentro parece una transacción. Carmen entra en la cocina con el ceño fruncido.

—¿Otra vez te han pedido dinero?— pregunta, aunque ya sabe la respuesta.

Asiento en silencio. Me duele admitirlo, pero sí: otra vez. Lucía y su marido, Javier, siempre tienen algún apuro. Que si el colegio de los niños, que si el coche se ha estropeado, que si este mes no llegan a fin de mes. Y yo, que trabajé cuarenta años en la fábrica de harinas, que ahorré cada peseta pensando en el futuro de mis hijos, ahora siento que solo me buscan por lo que puedo darles.

—¿Y qué vas a hacer?— Carmen me mira con esos ojos cansados pero llenos de dignidad.

—No lo sé. No quiero que los niños piensen que su abuelo es un tacaño. Pero tampoco quiero sentirme así… como un cajero automático.

El viernes llega y preparamos todo: galletas caseras, zumo de naranja, los juguetes viejos del desván. Cuando Lucía llega con los niños, apenas me da un beso rápido en la mejilla.

—Papá, ¿has traído lo que te pedí?—

Saco el sobre con los billetes y lo dejo sobre la mesa. Ella lo toma sin mirarme a los ojos. Los niños corren al jardín, ajenos a todo. Carmen y yo nos miramos en silencio.

Durante la comida intento sacar conversación:

—¿Y qué tal el trabajo, Lucía? ¿Y Javier?

Ella responde con monosílabos. Está pendiente del móvil. Solo se anima cuando hablamos del dinero.

—Papá, ¿podrías ayudarme también con el recibo de la luz? Es que este mes…

Me trago las lágrimas. Carmen aprieta mi mano bajo la mesa.

Cuando se marchan, la casa queda más vacía que nunca. El eco de las risas infantiles se apaga pronto y solo queda el silencio.

Esa noche no duermo. Me pregunto en qué momento dejamos de ser una familia para convertirnos en una especie de banco de favores y billetes. Recuerdo cuando Lucía era pequeña y corría por el campo detrás de las gallinas; cuando Javier venía a ayudarme a podar los almendros sin esperar nada a cambio.

Al día siguiente recibo una llamada inesperada. Es mi hijo menor, Álvaro. Vive en Madrid y apenas nos visita.

—Papá, ¿cómo estáis?—

Me sorprende su tono cálido. Charlamos un rato sobre fútbol y política. Al final, también él menciona un problema económico: «Estoy pensando en cambiar de piso… ¿crees que podrías ayudarme con la entrada?»

Cuelgo y me siento derrotado. Carmen me abraza.

—No somos culpables de haberles dado todo lo que hemos podido —susurra—. Pero tampoco tenemos que dejar que nos vacíen por dentro.

Esa tarde decido escribir una carta a mis hijos:

«Queridos hijos,

Os queremos más que a nada en este mundo. Pero últimamente sentimos que solo venís cuando necesitáis algo material. Nos gustaría volver a ser una familia en la que compartimos tiempo, historias y cariño… no solo dinero. Nuestra mayor riqueza sois vosotros y vuestros hijos; no nuestros ahorros.

Con amor,
Papá y Mamá»

No sé si servirá de algo. Pero al menos siento que he recuperado un poco mi voz.

El domingo por la mañana suena el timbre. Es Lucía, sola esta vez. Entra llorando y me abraza fuerte.

—Perdóname, papá… No me daba cuenta de lo que os estaba haciendo.

Nos sentamos los tres en la mesa del desayuno. Por primera vez en mucho tiempo hablamos de verdad: del miedo a envejecer solos, de las dificultades económicas, pero también del amor que nos une.

Sé que no será fácil cambiar las cosas. Pero al menos hoy siento que hemos dado un paso para volver a ser familia.

A veces me pregunto: ¿cuándo dejamos de vernos como personas para convertirnos solo en proveedores? ¿Cuántos padres mayores en España se sienten así? ¿Y vosotros… también habéis sentido alguna vez ese vacío?