No soy ni canguro ni criada: el día que le dije a mi hija que tenía mi propia vida
—¡Mamá! ¿Puedes quedarte con Mateo esta tarde? Tengo una reunión y después he quedado con Lucía para tomar algo. —La voz de Nora retumbó desde la cocina, tan natural como si me pidiera que pusiera la lavadora o que le planchara una camisa.
Me quedé quieta, con el dinosaurio verde de Mateo en la mano, mirando el salón desordenado. Los cojines por el suelo, las migas de galleta en la alfombra, los dibujos animados aún sonando en la tele. Sentí un nudo en la garganta. ¿En qué momento mi casa dejó de ser mía para convertirse en una guardería improvisada?
—Nora, no puedo hoy —dije, intentando que mi voz no temblara.
Ella apareció en el umbral, el móvil en una mano y las llaves en la otra. Me miró como si acabara de decirle que el mundo se acababa.
—¿Cómo que no puedes? Mamá, ¡es solo un rato! Sabes que no tengo con quién dejarlo.
—Tengo planes —mentí. No tenía nada más allá de una tarde tranquila leyendo en el parque, pero sentí que necesitaba justificarme.
Nora bufó, dejó caer las llaves sobre la mesa y se cruzó de brazos.
—Siempre igual. Cuando te necesito, te inventas excusas. ¿Para qué estás jubilada si no es para ayudarme?
Esa frase me atravesó como un puñal. ¿Para qué estoy jubilada? ¿Para convertirme en la sombra de mi hija? ¿Para renunciar a mis propios deseos y rutinas? Recordé los años en los que trabajaba como enfermera en el hospital de La Paz, las noches sin dormir, los turnos dobles para sacar adelante a mis dos hijas tras la muerte de su padre. Siempre fui fuerte, siempre estuve ahí. Pero ahora… ahora sentía que me estaba desvaneciendo.
—Nora, soy tu madre, no tu canguro —dije al fin, con la voz rota.
Ella me miró como si no entendiera nada. Mateo apareció corriendo y se abrazó a mi pierna, ajeno a la tensión.
—¿Por qué estás enfadada con mamá? —preguntó con sus ojos grandes.
Me agaché y lo abracé fuerte. No era culpa suya. Pero tampoco era justo para mí.
—No estoy enfadada contigo, cariño. Solo necesito descansar un poco.
Nora resopló y se fue al pasillo. Oí cómo llamaba a su hermana, Clara:
—¿Tú puedes quedarte con Mateo? Mamá dice que está ocupada…
Sentí una mezcla de culpa y rabia. ¿Por qué tenía que sentirme mal por querer tiempo para mí? ¿Por qué las madres nunca dejamos de serlo, incluso cuando nuestros hijos ya son adultos?
Esa tarde salí al parque igualmente. Me senté en un banco bajo los plátanos y abrí el libro que llevaba semanas sin tocar. Pero no podía concentrarme. Veía a otras mujeres de mi edad paseando solas o charlando animadamente. ¿Serían también abuelas atrapadas entre el deber y el deseo?
Recordé una conversación con mi amiga Carmen:
—Te estás dejando la vida por ellos, Lucía. Tienes derecho a decir que no.
Pero decir que no era como traicionar todo lo que había sido hasta ahora: madre abnegada, abuela disponible, mujer invisible.
Esa noche, Nora me llamó. Su voz sonaba fría:
—Ya está. Clara se ha quedado con Mateo. No te preocupes por nada.
Colgó antes de que pudiera responderle. Me quedé mirando el móvil, sintiendo un vacío enorme. ¿Había hecho bien? ¿O estaba perdiendo a mi hija por querer recuperarme a mí misma?
Los días siguientes fueron tensos. Nora apenas me hablaba; Mateo venía menos por casa. Clara intentaba mediar:
—Mamá, Nora está agobiada… pero también tienes derecho a tu espacio. No eres egoísta por querer vivir tu vida.
Pero la culpa seguía ahí, como una sombra pegajosa.
Una tarde, Nora apareció sin avisar. Tenía los ojos hinchados y las manos temblorosas.
—Perdona —dijo bajito—. No me doy cuenta de todo lo que haces por nosotros. Es que… estoy tan cansada…
La abracé fuerte. Sentí cómo su cuerpo se aflojaba entre mis brazos.
—Yo también estoy cansada, hija —susurré—. Pero tenemos que aprender a cuidarnos las dos.
Nos sentamos en el sofá y hablamos largo rato. Le conté cómo me sentía invisible desde que me jubilé; cómo necesitaba sentirme útil pero también libre; cómo temía perderla si ponía límites pero también perderme a mí misma si no lo hacía.
Nora lloró y yo también. Por primera vez en años nos escuchamos de verdad.
Ahora intento encontrar ese equilibrio tan difícil: estar para mis hijas y mis nietos sin dejar de estar para mí misma. Hay días en los que vuelvo a sentirme culpable; otros en los que disfruto de mi soledad sin remordimientos.
A veces me pregunto: ¿cuándo aprenderemos las mujeres a ponernos en primer lugar sin sentirnos egoístas? ¿Cuántas madres y abuelas viven atrapadas en este papel invisible? ¿Y tú? ¿Has sentido alguna vez que te olvidabas de ti misma por cuidar de los demás?