Catorce semanas – La historia de Lucía

—¿Estás segura de que es tuyo? —La voz de mi madre retumbó en el pasillo, tan fría como el mármol de la entrada. Me quedé paralizada, con el test de embarazo aún temblando en mis manos. No podía hablar. No podía llorar. Solo podía mirar el suelo, deseando que se abriera y me tragara.

Catorce semanas. Eso decía la ginecóloga, con su bata blanca y su mirada profesional, como si no estuviera hablando de mi vida, sino de una estadística más en el hospital Gregorio Marañón. Yo tenía veinticuatro años, estudiaba Filología Hispánica en la Complutense y trabajaba por las tardes en una cafetería cerca de Atocha. Mi novio, Sergio, llevaba meses distante, obsesionado con sus oposiciones y sus amigos del barrio. Cuando le conté la noticia, solo dijo: “No puedo con esto ahora, Lucía. Haz lo que quieras”. Y se fue.

La soledad me golpeó como un tren. En Madrid nadie tiene tiempo para nadie. Mis amigas estaban ocupadas con sus vidas, sus Erasmus, sus novios perfectos. Yo era la excepción, la que había metido la pata. Mi madre no me hablaba desde hacía días; mi padre solo repetía: “Esto no es lo que esperábamos de ti”. En casa se respiraba un silencio denso, cortante, como si cada palabra pudiera romper lo poco que quedaba de nuestra familia.

Las noches eran peores. Me tumbaba en la cama y sentía cómo el miedo me devoraba por dentro. ¿Qué iba a hacer? ¿Cómo iba a criar a un hijo sola? ¿Y si abandonaba la carrera? ¿Y si nunca más volvía a ser yo misma? Los foros de internet estaban llenos de historias como la mía, pero ninguna respuesta era suficiente. El aborto era legal hasta las catorce semanas, pero… ¿y después? ¿Y si me arrepentía? ¿Y si mi hijo me odiaba algún día por no haberle dado una familia completa?

Un día, mientras fregaba tazas en la cafetería, escuché a dos clientas hablar sobre una chica del barrio que había tenido un hijo sola. “Pobrecilla”, decían. “Eso le pasa por no cuidarse”. Sentí una rabia sorda crecer dentro de mí. ¿Por qué siempre somos nosotras las culpables? ¿Por qué nadie pregunta por los padres?

Mi abuela Carmen fue la única que me abrazó sin preguntas. “Lucía, hija, la vida nunca es como uno espera. Pero siempre hay luz al final del túnel”. Sus palabras me dieron fuerzas para enfrentarme a mi madre.

—Mamá, voy a tener este bebé —le dije una noche, con la voz firme aunque las manos me temblaban.

Ella me miró largo rato, los ojos llenos de lágrimas contenidas.

—No sé si puedo ayudarte —susurró—. Pero eres mi hija.

A partir de ese momento, algo cambió entre nosotras. No fue fácil. Hubo discusiones, reproches y silencios eternos. Pero también hubo pequeños gestos: una sopa caliente cuando llegaba tarde del trabajo, una manta doblada al pie de mi cama.

Sergio desapareció por completo. Su madre me llamó una vez para decirme que “no podía hacerme responsable de las decisiones de su hijo”. Sentí que el mundo se cerraba sobre mí, pero también descubrí una fuerza que no sabía que tenía.

Las semanas pasaron entre ecografías, papeleos y noches en vela. A veces pensaba en rendirme. Otras veces soñaba con un futuro diferente: yo y mi hijo paseando por el Retiro, riendo bajo el sol de Madrid.

El día que sentí la primera patada fue como si todo cobrara sentido. Lloré durante horas, abrazada a mi almohada. Por primera vez en meses, sentí esperanza.

Ahora escribo esto desde mi habitación, con catorce semanas y media de embarazo. No sé qué pasará mañana. No sé si podré con todo lo que viene. Pero sé que esta decisión es mía y solo mía.

¿Alguna vez habéis sentido que el mundo entero os juzga por una sola decisión? ¿Qué haríais vosotros en mi lugar?