La Herida Silenciosa de Lucía: Una Maestra en el Límite

—¡Alba, cariño, ven aquí! —grité desde la puerta del aula mientras veía cómo la pequeña se quedaba rezagada en el pasillo, con la mirada perdida y los hombros caídos. Era lunes por la mañana y el colegio bullía de ruido, pero ella parecía flotar en otra dimensión, como si el bullicio no la tocara. Me acerqué y le acaricié el pelo, intentando arrancarle una sonrisa. Nada. Solo ese silencio espeso que ya empezaba a resultarme familiar.

No era la primera vez que Alba llegaba así. Tenía cinco años, el pelo castaño siempre recogido en dos trenzas apretadas y unos ojos enormes que parecían pedir ayuda sin atreverse a hablar. Desde hacía semanas, algo en ella había cambiado: ya no participaba en los juegos, apenas comía y se sobresaltaba con cualquier ruido fuerte. Yo, Lucía, maestra de infantil desde hace más de diez años, creía haberlo visto todo. Pero lo de Alba me removía por dentro de una manera que no sabía explicar.

Esa mañana, mientras los demás niños pintaban un mural sobre la primavera, Alba se quedó sentada en su mesa, mirando fijamente un folio en blanco. Me acerqué despacio.

—¿No quieres dibujar nada hoy? —le pregunté en voz baja.

Ella negó con la cabeza. Sus manos temblaban ligeramente.

—¿Te pasa algo en casa? —insistí, sabiendo que quizás estaba cruzando una línea.

Alba me miró por un segundo y luego bajó la vista. No dijo nada, pero una lágrima silenciosa rodó por su mejilla.

Esa lágrima fue el principio de todo.

Esa tarde, después de clase, me quedé sola en el aula repasando los informes. No podía dejar de pensar en Alba. Recordé cómo su madre, Carmen, siempre llegaba tarde a recogerla, con prisas y ojeras profundas. Su padre, Antonio, nunca venía. Había rumores entre las otras madres: que si Antonio bebía demasiado, que si había gritos por las noches. Pero nadie decía nada abiertamente.

Esa noche no pude dormir. Me debatía entre el deber profesional y el miedo a equivocarme. ¿Y si estaba exagerando? ¿Y si solo era una mala racha? Pero algo dentro de mí gritaba que no podía mirar hacia otro lado.

Al día siguiente, busqué a Carmen a la salida del colegio.

—Carmen, ¿puedo hablar contigo un momento? —le pregunté con cautela.

Ella me miró con desconfianza.

—¿Ha pasado algo?

—He notado que Alba está más callada últimamente… ¿Todo va bien en casa?

Carmen apretó los labios y desvió la mirada.

—Estamos pasando una mala época, nada más —respondió rápidamente—. Mi marido está sin trabajo y… bueno, ya sabe cómo están las cosas.

Quise decirle tantas cosas, pero me mordí la lengua. Sabía que si insistía demasiado podía cerrarse aún más.

Esa noche llamé a mi amiga Marta, psicóloga escolar en otro centro.

—Lucía, si tienes sospechas de que hay algo grave, tienes que actuar —me dijo—. No puedes cargar tú sola con esto.

Pero actuar significaba abrir una caja de Pandora: informes, servicios sociales, enfrentamientos con la familia… Y yo tenía miedo. Miedo a equivocarme y miedo a las consecuencias para Alba y para mí misma.

Pasaron los días y la situación empeoró. Un viernes por la mañana, Alba llegó con un moratón en el brazo. Cuando le pregunté qué había pasado, murmuró que se había caído en el parque. Pero su voz temblaba y evitaba mi mirada.

Esa tarde tomé una decisión. Redacté un informe detallado y lo entregué a la dirección del colegio. La directora, Mercedes, me miró con gravedad.

—Has hecho lo correcto, Lucía —me dijo—. Pero prepárate para lo que viene.

No tardaron en llegar los servicios sociales. Vinieron a observar a Alba en clase y hablaron con sus padres. El ambiente en el colegio se volvió tenso; algunos compañeros me miraban como si hubiera traicionado un secreto colectivo. Carmen dejó de saludarme y empezó a recoger a Alba sin mirarme a los ojos.

Una tarde, Antonio vino al colegio. Me esperó a la salida y me abordó en la puerta.

—¿Tú eres la que ha metido las narices donde no te llaman? —me espetó con voz ronca.

Sentí miedo, pero no retrocedí.

—Solo quiero lo mejor para Alba —respondí con firmeza.

Él me miró con odio antes de marcharse dando un portazo al aire.

Las semanas siguientes fueron un infierno. Recibí llamadas anónimas por las noches; alguien rayó mi coche; incluso algunos padres empezaron a murmurar que yo era una exagerada, que esas cosas no pasaban aquí. Me sentí sola y cuestionada por todos lados.

Pero lo peor era ver a Alba cada día más apagada. Los servicios sociales tardaban en actuar; decían que necesitaban más pruebas. Yo me desesperaba viendo cómo el sistema se movía lento mientras una niña sufría delante de mis narices.

Una tarde lluviosa de abril, Alba no vino al colegio. Tampoco al día siguiente ni al otro. Pregunté en secretaría y nadie sabía nada. Llamé a su madre pero no contestó. El corazón se me encogió pensando lo peor.

Finalmente, tras una semana angustiosa, recibí noticias: los servicios sociales habían intervenido; Alba estaba bajo custodia temporal con unos familiares lejanos. No volví a verla más.

Durante meses me pregunté si había hecho lo correcto o si había destrozado una familia para nada. Tuve pesadillas con la mirada triste de Alba y con los reproches mudos de Carmen. Incluso pensé en dejar la enseñanza; sentía que había perdido mi vocación entre papeles y amenazas.

Pero un día recibí una carta anónima escrita con letra infantil: “Gracias por ayudarme cuando nadie más lo hacía”. No tenía firma pero supe que era de Alba.

Lloré durante horas. Y aún hoy me pregunto: ¿Cuántos niños como Alba pasan desapercibidos cada día? ¿Cuántos maestros callan por miedo o por cansancio? ¿Hice lo suficiente o podría haber hecho más?

¿Y vosotros? ¿Qué haríais si estuvierais en mi lugar? ¿Hasta dónde llegaríais para proteger a un niño aunque todo el mundo os diera la espalda?