Cuando el pasado llama: el secreto de mi hija y la prueba de nuestra familia
—¡Abuela, abre!— gritó Lucía, empapada, con el pelo pegado a la cara y los ojos desbordados de miedo. Eran las dos de la madrugada y la tormenta golpeaba con furia los cristales de mi piso en Vallecas. Cuando abrí la puerta, sentí que el mundo se detenía: mi nieta de ocho años temblaba, sola, sin rastro de mi hija Claudia.
La envolví en una manta y traté de calmarla, pero Lucía solo repetía entre sollozos: —Mamá me dijo que corriera aquí… que no mirara atrás…
Mi corazón latía tan fuerte que apenas podía escuchar el trueno. Llamé a Claudia una y otra vez, pero su móvil daba apagado. La policía llegó después de mi llamada, revisaron la casa de Claudia y no encontraron nada fuera de lugar, salvo su bolso y las llaves sobre la mesa. Ni una nota. Ni una pista.
Esa noche no dormí. Lucía se quedó abrazada a mí, murmurando el nombre de su madre entre sueños inquietos. Yo miraba el techo, preguntándome en qué momento se había roto todo. ¿Había señales que no vi? ¿Palabras no dichas? Claudia y yo nunca fuimos íntimas; desde pequeña fue reservada, siempre con ese brillo triste en los ojos.
Los días siguientes fueron un desfile de policías, vecinos curiosos y familiares que apenas conocía. Mi hermana Carmen llegó desde Salamanca, trayendo consigo más preguntas que respuestas. —¿Seguro que Claudia no tenía problemas?— me insistía.—¿No te contó nada?
Pero yo solo podía pensar en Lucía. La niña apenas hablaba. Se aferraba a un peluche y evitaba mirar por la ventana. Una tarde, mientras le preparaba una merienda, escuché su vocecita detrás de mí:
—Abuela… ¿Mamá va a volver?
Me arrodillé a su altura y sentí cómo se me quebraba la voz:
—Claro que sí, cariño. Mamá nunca te dejaría sola.
Mentí. Porque en el fondo temía lo peor.
La policía empezó a investigar a fondo la vida de Claudia. Descubrieron que había dejado de ir al trabajo hacía semanas y que había retirado todos sus ahorros dos días antes de desaparecer. Su mejor amiga, Marta, vino a verme con los ojos rojos:
—Isabel, Claudia estaba muy rara últimamente… Me dijo que tenía miedo, pero no quiso contarme más.
¿Miedo? ¿A quién? ¿A qué?
Una tarde encontré una caja escondida en el armario de Claudia. Dentro había cartas sin abrir dirigidas a un tal «Álvaro» y una foto antigua: Claudia con un hombre que no reconocí, abrazados en la playa de Benidorm. En el reverso, escrito con su letra: «Para siempre juntos».
Sentí una punzada de celos y rabia. ¿Quién era ese hombre? ¿Por qué nunca me habló de él? ¿Era el padre de Lucía? Siempre me dijo que el padre se había marchado antes de nacer la niña.
La investigación avanzaba lentamente. Los medios empezaron a hablar del caso: «Madre desaparecida en Madrid deja a su hija sola». Los comentarios en redes sociales eran crueles: «Otra madre irresponsable», «¿Qué habrá hecho para huir así?». Me dolía leerlos, pero no podía dejar de buscar alguna pista entre tanto veneno.
Una noche, Lucía se despertó gritando. Fui corriendo a su habitación y la encontré sudando frío.
—Soñé con mamá… estaba llorando… decía que lo sentía mucho…
La abracé fuerte. Sentí que me ahogaba en mi propia impotencia.
Pasaron semanas. La policía empezó a perder interés; decían que probablemente Claudia se había marchado voluntariamente. Pero yo conocía a mi hija: podía ser reservada, incluso distante conmigo, pero jamás abandonaría a Lucía.
Un día recibí una carta sin remitente. Dentro solo había una hoja con una frase: «No busques más. Está a salvo».
La policía analizó la carta pero no encontró huellas útiles. Yo empecé a obsesionarme con cada detalle del pasado de Claudia: sus amistades, sus trabajos temporales, sus silencios durante las comidas familiares…
Carmen me reprochaba:
—Siempre fuiste demasiado dura con ella, Isabel. Quizá por eso no te contó nada.
—¿Y tú qué sabes?— le respondí furiosa.—Yo hice lo que pude… ¡criar sola a una hija en los ochenta no fue fácil!
Las discusiones se volvieron habituales. El ambiente en casa era irrespirable; Lucía absorbía toda esa tensión y empezó a tartamudear.
Un día Marta me confesó algo más:
—Claudia me dijo que tenía miedo de alguien del pasado… alguien que volvió a buscarla hace poco.
¿Sería ese tal Álvaro? ¿O alguien peor?
Empecé a revisar viejas fotos familiares y encontré otra pista: una carta escrita por Claudia cuando tenía diecisiete años, donde mencionaba un aborto del que nunca me habló. Sentí un nudo en el estómago; ¿cuántas cosas ignoraba realmente de mi propia hija?
La culpa me devoraba por dentro. Empecé a tener pesadillas: veía a Claudia llamándome desde lejos, pero yo no podía alcanzarla.
Un mes después de la desaparición, recibí una llamada anónima:
—Deja de buscarla o te arrepentirás.
La policía instaló cámaras en el portal y vigiló mis llamadas, pero nada más sucedió.
Mientras tanto, Lucía empezó a preguntar más por su madre. Una tarde me miró fijamente y dijo:
—Abuela… yo sé dónde está mamá.
Me quedé helada.
—¿Dónde está cariño?
Lucía bajó la voz:
—Mamá me dijo que si alguien preguntaba dijera que no sabía nada… pero yo sé que está con un señor alto… el que vino a casa hace poco…
¿Quién era ese hombre? ¿Por qué Claudia le confiaría su hija y luego desaparecería?
La policía reabrió la investigación con esa nueva información. Descubrieron que Álvaro había salido recientemente de prisión por delitos económicos y había contactado con Claudia semanas antes de su desaparición.
El caso dio un giro inesperado: resultó que Álvaro era el padre biológico de Lucía y había intentado chantajear a Claudia para obtener dinero. Ante la amenaza, Claudia decidió huir para proteger a su hija.
Nunca volvimos a saber de ella. La policía cree que vive bajo otra identidad en algún lugar del sur.
Hoy Lucía tiene quince años y sigue preguntando por su madre cada aniversario de su desaparición. Yo sigo esperando una llamada, una carta… algo que me diga que está bien.
A veces me pregunto si hice lo correcto al criarla entre secretos y silencios. ¿Cuánto daño puede causar el miedo? ¿Hasta dónde llegaríamos para proteger a quienes amamos?