«No soy tu criada»: Cómo después de 22 años de matrimonio descubrí que me había perdido a mí misma
—¿Y qué has hecho hoy, Carmen? ¿Aparte de estar aquí sentada?—
La voz de Enrique retumbó en el salón, cortando el silencio como un cuchillo. Sentí cómo se me encogía el estómago. Miré el reloj: eran las nueve y media de la noche. Había preparado la cena, ayudado a Lucía con los deberes, recogido la compra, limpiado la casa y escuchado durante una hora a mi madre quejarse de sus achaques. Pero nada de eso parecía contar.
—¿Perdón?— respondí, intentando que mi voz no temblara.
Él ni siquiera levantó la vista del móvil. —Nada, nada. Olvídalo.
Me quedé allí, de pie, con el delantal aún puesto y las manos húmedas por fregar los platos. Sentí una rabia sorda mezclada con una tristeza antigua, como si esa escena ya la hubiera vivido mil veces. Y, sin embargo, esa noche algo dentro de mí se rompió.
Recuerdo que fui al baño y me miré en el espejo. Tenía ojeras profundas y el pelo recogido en un moño desordenado. ¿Quién era esa mujer? ¿Dónde estaba la Carmen que soñaba con viajar a Granada, que quería estudiar Bellas Artes, que reía a carcajadas con sus amigas en la universidad?
Me casé con Enrique cuando tenía veinticuatro años. Era un hombre divertido, atento y trabajador. Al principio todo era fácil: salíamos los viernes por el centro de Madrid, nos perdíamos por Malasaña y soñábamos con una vida juntos llena de aventuras. Pero después vinieron los niños — primero Lucía, luego Pablo — y la rutina se instaló como una niebla espesa.
Dejé mi trabajo en la librería porque Enrique decía que «no compensaba» pagar una guardería privada. «Ya volverás cuando los niños sean mayores», me prometió. Pero los años pasaron y nunca parecía el momento adecuado. Siempre había algo más urgente: una mudanza, la hipoteca, los problemas de Pablo en el colegio, la enfermedad de su madre.
Poco a poco, mi mundo se redujo a cuatro paredes y una lista interminable de tareas domésticas. Nadie me preguntaba qué quería yo. Nadie parecía notar si estaba cansada o triste. Mis amigas empezaron a llamarme cada vez menos; decían que siempre estaba ocupada o demasiado cansada para salir.
Una tarde, mientras doblaba ropa en silencio, escuché a Lucía gritar desde su habitación:
—¡Mamá! ¿Dónde están mis zapatillas blancas?
Corrí escaleras arriba y las encontré debajo de su cama. Se las entregué y ella ni siquiera me miró.
—Gracias —murmuró distraída, pegada al móvil.
Me sentí invisible. Como si fuera un fantasma en mi propia casa.
La gota que colmó el vaso llegó un domingo por la mañana. Enrique estaba viendo el fútbol en el salón y yo preparaba una tortilla para todos. Pablo entró corriendo y tiró un vaso de zumo sobre la mesa recién puesta. Me agaché a limpiar mientras Enrique gritaba desde el sofá:
—¡Carmen! ¿Puedes traerme otra cerveza?
Me levanté despacio, con las manos pegajosas y el corazón acelerado. Miré a Enrique y sentí una furia tan intensa que tuve que apretar los puños para no gritarle delante de los niños.
Esa noche no pude dormir. Me di cuenta de que llevaba años viviendo en automático, cumpliendo expectativas ajenas y olvidando las mías propias. Recordé una frase que leí una vez en un libro: «No eres responsable de la felicidad de los demás si eso significa sacrificar la tuya».
Al día siguiente, esperé a que Enrique se fuera al trabajo y los niños al instituto. Me senté en la mesa del comedor y escribí una carta para mí misma:
«Carmen: mereces ser feliz. Mereces ser escuchada. Mereces volver a soñar».
Lloré mucho ese día. Pero también sentí un alivio inmenso, como si por fin pudiera respirar después de años bajo el agua.
Empecé poco a poco: retomé contacto con Ana, mi mejor amiga de la universidad. Salimos a tomar café por La Latina y hablamos durante horas. Me apunté a un taller de cerámica en el centro cultural del barrio. Al principio Enrique se burló:
—¿Para qué quieres hacer esas tonterías? Bastante tienes ya en casa.
Pero esta vez no le hice caso. Empecé a decir «no» cuando algo no me apetecía o me parecía injusto. Cuando Lucía me gritaba desde su cuarto, le pedía que bajara ella misma a buscar lo que necesitaba. Cuando Pablo dejaba su ropa tirada, le recordaba que era su responsabilidad recogerla.
Por supuesto, no fue fácil. Hubo discusiones, silencios incómodos y miradas de reproche. Enrique llegó a decirme:
—No eres la misma de antes.
Y tenía razón: ya no era la mujer sumisa y complaciente que él recordaba.
Un día me atreví a decirlo en voz alta:
—No soy tu criada, Enrique. Soy tu esposa, tu compañera. Y también soy Carmen.
Él se quedó callado unos segundos y luego salió dando un portazo. Esa noche dormí sola por primera vez en veinte años.
No sé qué pasará mañana: si nuestro matrimonio sobrevivirá o si tendré fuerzas para empezar de nuevo sola. Pero por primera vez en mucho tiempo siento esperanza.
A veces me pregunto: ¿cuántas mujeres hay como yo, invisibles en sus propias casas? ¿Cuándo fue la última vez que pensaste en ti misma antes que en los demás?