Mensaje en el cielo: El globo que desenterró mi pasado
—¿Por qué no puedes simplemente dejarlo ir, Lucía? —La voz de mi madre retumbó en el pasillo, mezclándose con el sonido de la lluvia golpeando los cristales. Yo apretaba el globo azul entre mis manos, el papelito atado a la cuerda ya empapado, pero aún legible: “Para quien lo encuentre: nunca dejes de buscar la luz, aunque todo parezca perdido”.
No podía dejarlo ir. No después de todo lo que había pasado. No después de perder a Diego.
Aquel día, Madrid estaba cubierto por un manto gris y la humedad se colaba por las rendijas de nuestra vieja casa en Carabanchel. Salí al patio para recoger la ropa antes de que se empapara aún más, y allí estaba: un globo solitario, atrapado entre las ramas del limonero que Diego y yo plantamos cuando éramos niños. El corazón me dio un vuelco. No era solo un objeto perdido; era una señal, un recordatorio cruel o quizás una oportunidad.
Entré corriendo a casa, ignorando las miradas inquisitivas de mi padre, y subí a mi habitación. Cerré la puerta y me senté en la cama, leyendo una y otra vez la nota. ¿Quién la habría escrito? ¿Por qué sentía que era para mí?
—¿Otra vez con tus historias? —resopló mi padre cuando bajé a cenar esa noche—. Siempre buscando fantasmas donde no los hay.
—No son fantasmas —le respondí con voz temblorosa—. Es Diego. Yo… yo no puedo olvidarlo como vosotros.
El silencio cayó sobre la mesa como una losa. Mi madre apartó el plato y se levantó sin mirarme. Mi padre encendió la televisión para ahogar el vacío.
Diego desapareció hace seis años. Tenía diecisiete y yo catorce. Una noche salió con sus amigos y nunca volvió. La policía buscó durante meses, pero no hubo pistas. Mis padres se encerraron en sí mismos; dejaron de hablar del tema, como si ignorarlo pudiera borrar el dolor. Pero yo… yo no podía.
El globo se convirtió en mi obsesión. Cada día lo miraba, leía la nota y escribía cartas que nunca enviaba. Empecé a investigar en foros, preguntando si alguien más había encontrado globos con mensajes similares. Nadie respondía. Mis amigas dejaron de invitarme a salir; decían que estaba rara, que vivía anclada en el pasado.
Una tarde, mientras ayudaba a mi abuela Carmen a ordenar su trastero, encontré una caja con fotos antiguas. Allí estaba Diego, sonriendo con esa expresión traviesa que siempre tenía cuando tramaba algo. Me eché a llorar.
—Lucía, hija —me abrazó mi abuela—, tienes que dejarle marchar.
—¿Y si sigue ahí fuera? ¿Y si necesita que le busquemos?
—A veces buscar también significa aprender a vivir con la ausencia —susurró ella.
Esa noche soñé con Diego. Me llamaba desde lejos, pero no podía alcanzarle. Al despertar, sentí una mezcla de rabia y alivio. ¿Era el globo una señal para dejarle ir o para seguir buscando?
Los días pasaban y la tensión en casa crecía. Mi madre apenas me hablaba; mi padre evitaba cruzarse conmigo. Una tarde, al volver del instituto, les encontré discutiendo en voz baja.
—No podemos seguir así —decía mi madre—. Lucía se está perdiendo en su dolor.
—¿Y qué quieres que hagamos? —respondió él—. Nosotros también sufrimos.
Entré sin avisar.
—¡Pues demostradlo! —grité—. ¡Hablemos de Diego! ¡No podemos fingir que nunca existió!
Mi madre rompió a llorar y mi padre me miró como si fuera una extraña.
Esa noche, por primera vez en años, nos sentamos juntos en el salón y hablamos de Diego: de sus bromas, de sus sueños, de cómo nos hacía reír incluso en los peores momentos. Lloramos los tres, abrazados como hacía mucho tiempo no lo hacíamos.
El globo seguía en mi habitación, ya desinflado pero aún presente. Decidí escribir mi propia nota: “A quien lo encuentre: nunca olvides que el amor no desaparece, aunque la persona ya no esté”. La até a otro globo y lo solté desde la azotea del edificio.
Verlo elevarse hacia el cielo me hizo sentir ligera por primera vez en años. No era un adiós definitivo; era un paso hacia adelante.
Ahora sé que el dolor nunca se va del todo, pero también sé que no estoy sola en él. Que hablarlo, compartirlo y recordarlo es la única forma de sanar.
A veces me pregunto: ¿puede una simple casualidad cambiar el rumbo de una vida? ¿Y vosotros? ¿Habéis sentido alguna vez que una señal os obligó a enfrentar vuestro propio pasado?