Cuando la sangre no basta: el día que mi vecina fue mi familia

—¿Otra vez sopa de sobre, Carmen? —me preguntó Rosario desde el quicio de la puerta, con ese tono entre reproche y cariño que solo ella sabe usar.

Yo estaba sentada en la mesa de la cocina, mirando el vapor insípido que subía de mi plato. No tenía ganas de cocinar. No tenía ganas de nada. Desde que Rubén se mudó a Barcelona y Ana se fue a vivir con su novio a Getafe, mi piso se había llenado de un silencio pesado, casi pegajoso. Al principio lo llevé bien: me repetía que era ley de vida, que los hijos crecen y vuelan. Pero con los meses, la ausencia se volvió una herida abierta.

Rosario entró sin pedir permiso, como siempre. Dejó una bolsa sobre la encimera y empezó a sacar tuppers: lentejas, tortilla de patatas, croquetas. Olía a hogar, a domingo en familia.

—No puedes seguir así, Carmen —dijo mientras me servía un plato—. ¿Has llamado hoy a Ana?

Negué con la cabeza. ¿Para qué? Siempre tiene prisa, siempre está «liada». Rubén ni siquiera responde mis mensajes. «Mamá, estoy hasta arriba en el trabajo», me dice cuando consigo pillarle al teléfono.

—No quiero molestarles —susurré.

Rosario me miró con esos ojos grandes y sinceros.

—¿Molestarles? ¡Eres su madre! Si no te cuidan ellos, ¿quién lo hará?

Me encogí de hombros. No quería llorar delante de ella. Pero Rosario ya lo sabía todo. Había escuchado mis sollozos a través de las paredes finas del edificio. Había visto cómo mi ánimo se apagaba cada día un poco más.

Una tarde de otoño, mientras llovía y el viento golpeaba las ventanas, sentí un dolor agudo en el pecho. Me asusté. Llamé a Ana. Comunicando. Llamé a Rubén. No contestó. Fue Rosario quien me llevó al centro de salud en su coche viejo, quien esperó conmigo durante horas en urgencias, quien me sostuvo la mano cuando el médico me dijo que tenía que cuidarme más.

—¿Dónde están tus hijos? —preguntó el médico.

—Trabajando —respondí yo, avergonzada.

Rosario apretó los labios y no dijo nada, pero su mirada lo decía todo.

Después de aquello, Rosario empezó a venir cada día. Me traía comida, me acompañaba al mercado, me obligaba a salir a pasear por el parque. A veces discutíamos por tonterías: que si no quería tomarme las pastillas, que si no quería ir al centro de mayores. Pero al final siempre acabábamos riéndonos juntas.

Un domingo por la tarde, Ana apareció por sorpresa. Venía con prisa, como siempre. Me abrazó rápido y empezó a hablarme de su trabajo, de su piso nuevo, de sus problemas con el casero. Yo asentía y sonreía, pero sentía que había una distancia insalvable entre nosotras.

—Mamá, tienes que entenderlo —me dijo Ana—. No puedo estar pendiente de ti todo el tiempo. Tengo mi vida.

—Lo sé —respondí—. Solo quería saber cómo estabas.

Ana miró el reloj y se despidió deprisa. Cuando se fue, Rosario apareció por la puerta con una taza de café caliente.

—¿Te ha sentado bien verla?

No supe qué contestar. Me dolía admitirlo, pero sentí más alivio cuando se marchó que cuando llegó.

Los días pasaban y mi relación con mis hijos se volvía cada vez más distante. Rubén solo llamaba en Navidad o para felicitarme el cumpleaños. Ana venía una vez al mes, a veces menos. Rosario era la que estaba siempre: cuando me caí en la ducha y no podía levantarme; cuando tuve fiebre y temí lo peor; cuando simplemente necesitaba hablar con alguien.

Una noche de verano, mientras cenábamos juntas en el balcón, Rosario me confesó algo:

—¿Sabes? Yo tampoco tengo hijos. Siempre pensé que me arrepentiría al llegar a vieja… Pero ahora te tengo a ti.

Nos quedamos en silencio un rato largo. Sentí una mezcla de gratitud y tristeza imposible de explicar.

Un día recibí una llamada inesperada: Rubén venía a Madrid por trabajo y quería pasar a verme. Me puse nerviosa; limpié la casa como si fuera una visita real. Cuando llegó, apenas estuvo media hora. Habló mucho de sí mismo y poco me preguntó por mí.

—Mamá, tienes que entenderlo —repitió él también—. La vida es complicada.

Cuando se fue, sentí un vacío aún mayor que antes.

Esa noche lloré mucho. Rosario vino a consolarme y me abrazó fuerte.

—A veces la familia no es la sangre —me susurró—. A veces es quien está cuando más lo necesitas.

Desde entonces he aprendido a valorar lo que tengo: una vecina que es más familia que mis propios hijos; una rutina sencilla pero llena de pequeños gestos; una vida diferente a la que soñé pero no menos digna por ello.

A veces me pregunto si fallé como madre o si simplemente la vida es así para todos los mayores en España hoy en día. ¿Cuántos padres estarán ahora mismo solos en sus casas esperando una llamada que nunca llega? ¿De verdad hemos olvidado lo importante que es cuidar a quienes nos cuidaron primero?