La foto que rompió mi mundo
—¿Quién es esa mujer, Álvaro? —pregunté, sosteniendo el móvil con la pantalla temblando entre mis dedos.
Él apenas levantó la vista del periódico, como si mi pregunta fuera una mosca molesta. En la foto, tomada durante el viaje de empresa al embalse de San Juan, él estaba de pie junto a una mujer que no conocía. No era solo la cercanía física: era la forma en que sus cuerpos se inclinaban el uno hacia el otro, como si compartieran un secreto. El resto del grupo reía, brindaba con copas de plástico bajo las guirnaldas de luces, pero ellos dos parecían estar en otro mundo.
—¿Qué mujer? —respondió, fingiendo indiferencia.
Sentí cómo se me encogía el estómago. Llevábamos quince años casados y hacía tiempo que no me miraba así, ni siquiera en las fotos familiares. Me senté frente a él y le mostré la imagen. Ella llevaba un abrigo color caramelo y una bufanda granate. Su sonrisa era amplia, confiada. La mano de Álvaro rozaba su espalda.
—Es Lucía, la nueva del departamento de marketing —dijo al fin, demasiado rápido.
—¿Y por qué no me habías hablado nunca de ella?
Él suspiró, se frotó la frente y murmuró algo sobre no querer preocuparme con tonterías del trabajo. Pero yo ya no escuchaba. Mi mente repasaba cada detalle: los mensajes que llegaban tarde, las reuniones que se alargaban, las cenas canceladas por «urgencias». De repente, todo encajaba.
Esa noche no dormí. Me levanté varias veces para mirar la foto otra vez, ampliando el gesto de Álvaro, buscando alguna señal de que todo era un malentendido. Pero lo único que encontré fue soledad. El silencio de nuestro piso en Chamberí se volvió insoportable.
Al día siguiente, mientras preparaba el desayuno para nuestros hijos —Clara y Mateo—, fingí normalidad. Pero Clara me miró con esos ojos grandes y oscuros que heredó de mí.
—¿Estás bien, mamá?
—Claro, cariño —mentí—. Solo estoy un poco cansada.
Álvaro salió temprano, como siempre. Ni siquiera me dio un beso al despedirse. Me quedé mirando su taza de café medio vacía y sentí ganas de estrellarla contra la pared.
Llamé a mi hermana Marta. Siempre ha sido mi refugio en los momentos difíciles.
—¿Y si solo es una compañera? —intentó tranquilizarme—. No te adelantes.
Pero yo conocía a Álvaro mejor que nadie. O eso creía.
Esa tarde fui a recoger a los niños al colegio antes de tiempo y los llevé al Retiro. Necesitaba aire fresco y verles correr entre los árboles para recordar que aún había cosas buenas en mi vida. Pero incluso allí, entre los gritos y las risas infantiles, la imagen de esa mujer seguía persiguiéndome.
Por la noche, cuando los niños dormían, enfrenté a Álvaro otra vez.
—¿Estás enamorado de ella?
No respondió enseguida. Se pasó la mano por el pelo y evitó mi mirada.
—No es tan sencillo —susurró.
Sentí que el suelo se abría bajo mis pies.
—¿Me vas a dejar? ¿Vas a romper esta familia por alguien que apenas conoces?
Él negó con la cabeza, pero sus ojos decían otra cosa. Hablamos durante horas: reproches, lágrimas, silencios largos como inviernos. Me confesó que se sentía vacío desde hacía tiempo, que nuestra rutina le ahogaba, que Lucía le hacía sentir vivo otra vez.
—¿Y yo? ¿Y tus hijos? —grité—. ¿No te importamos?
Se tapó la cara con las manos y lloró. Nunca le había visto así. Me sentí rota y furiosa a la vez.
Pasaron semanas en las que apenas nos hablábamos. Los niños notaban la tensión y preguntaban por qué papá ya no venía a cenar algunos días. Yo inventaba excusas mientras por dentro me desmoronaba.
Una tarde, Clara me abrazó fuerte y me susurró al oído:
—No quiero que os separéis.
Me rompí en mil pedazos.
Busqué ayuda en una psicóloga del barrio. Necesitaba entender si había algo que salvar o si debía aprender a vivir sola. Álvaro también aceptó ir a terapia conmigo. Las sesiones eran duras: salían a flote viejas heridas, palabras nunca dichas, sueños olvidados entre facturas y rutinas.
Un domingo por la mañana, mientras desayunábamos todos juntos como antes, sentí una chispa de esperanza. Pero luego vi cómo Álvaro miraba el móvil y supe que seguía pensando en ella.
Al final tomé una decisión: no podía seguir viviendo en esa incertidumbre eterna. Le pedí que se fuera de casa durante un tiempo para aclarar sus sentimientos. Él aceptó sin protestar.
Ahora duermo sola en nuestra cama, escucho el eco de los pasos de los niños por el pasillo y me pregunto si algún día podré perdonar o si este dolor será mi nueva normalidad.
A veces miro esa foto otra vez y me pregunto: ¿en qué momento dejamos de ser nosotros? ¿Cuándo dejamos de mirarnos como antes? ¿Merece la pena luchar por algo que quizás ya está roto?
¿Vosotros qué haríais? ¿Se puede reconstruir lo que se ha roto o es mejor aprender a soltar?