¿Dónde está el dinero, abuela?
—¿Qué dinero, mamá? —me soltó Alba, con los ojos muy abiertos y la voz temblorosa.
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda. Acababa de dejar mi mochila militar en el suelo del salón, aún con el uniforme puesto, y ya la tensión llenaba la casa. Mis padres, sentados en el sofá, se miraron de reojo. Mi madre apretó los labios y mi padre bajó la mirada al suelo. El reloj de pared marcaba las seis y media de la tarde en Sevilla, pero el aire estaba tan denso que parecía que no corría ni una pizca de brisa.
—Alba, cariño —intenté calmarme—, cada mes he mandado dos mil euros para que no te faltara de nada. ¿No te han dado nada tus abuelos?
Ella negó con la cabeza, confusa. —Solo me daban para el bus y algo para el bocadillo del recreo. Me decían que no había para más. Que las cosas estaban muy caras.
Mi corazón latía con fuerza. Miré a mis padres. Mi madre se levantó despacio, como si le pesaran los años de golpe.
—Lucía, hija… —empezó mi padre, con voz ronca—. No es tan fácil como parece.
—¿No es tan fácil? —sentí que me ardían las mejillas—. ¡He estado jugándome la vida en Mali para que Alba estuviera bien! ¿Dónde está ese dinero?
Mi madre se llevó las manos a la cara. —No lo entiendes, Lucía. La vida aquí se ha puesto imposible. La luz, el gas… Tu padre lleva meses sin trabajo y yo…
—¡Pero no me habéis dicho nada! —grité, incapaz de contenerme—. ¡Me habéis mentido a mí y a Alba!
Alba me miraba con lágrimas en los ojos. —¿Por eso no podía ir a la excursión del instituto? ¿Por eso no tengo zapatillas nuevas?
El silencio era insoportable. Afuera, los vecinos charlaban en la plaza como si nada pasara. Dentro de casa, todo se desmoronaba.
Mi padre se levantó y me abrazó torpemente. —Lo siento, hija. Teníamos miedo de que pensaras que éramos unos inútiles…
Me aparté suavemente. —No necesitaba lujos para Alba. Solo quería que estuviera bien cuidada y feliz. ¿Por qué no me lo dijisteis? ¿Por qué mentir?
Mi madre rompió a llorar. —No queríamos preocuparos más… Bastante tenías tú allí fuera.
Me senté junto a Alba y le tomé la mano. —Te prometo que esto no volverá a pasar. Vamos a hablarlo todo juntos, como una familia.
Alba asintió, pero su mirada seguía herida. Yo también sentía una mezcla de rabia y tristeza. Había confiado ciegamente en mis padres y ahora todo parecía tambalearse.
Esa noche apenas dormí. Escuchaba los pasos de mi madre por el pasillo y los suspiros ahogados de mi padre desde su habitación. Pensé en todo lo que había sacrificado por mi hija y por ellos… ¿De verdad era tan difícil pedir ayuda? ¿Por qué en España nos cuesta tanto hablar de dinero y problemas familiares?
A la mañana siguiente, preparé café para todos y nos sentamos a la mesa. Hablamos durante horas: de miedos, de errores, de cómo reconstruir la confianza rota. No fue fácil, pero al menos dimos el primer paso.
Ahora me pregunto: ¿cuántas familias callan sus problemas por miedo al qué dirán? ¿Cuántas veces dejamos que el orgullo destruya lo más importante? ¿Y tú? ¿Te atreverías a contarlo todo antes de que sea tarde?