El jueves que lo cambió todo: la herencia de la abuela y el silencio de mis padres
—¿Por qué no llegas nunca a la hora, Lucía? —La voz de mi madre me recibió antes siquiera de cruzar el umbral. El reloj de pared marcaba las siete y cuarto, y mi hermano Sergio ya estaba sentado en el sofá, con las manos entrelazadas y la mirada clavada en el suelo. El aire en el salón era denso, como si todos supiéramos que algo importante iba a romperse esa tarde.
Me senté frente a ellos, sintiendo el temblor en mis manos. La casa olía a café recién hecho y a ese perfume antiguo que siempre usaba mi abuela Carmen, como si su presencia aún flotara entre nosotros. Desde que murió hace seis meses, la casa del pueblo había sido tema de conversación constante: ¿la vendemos? ¿la arreglamos? ¿la compartimos? Pero nunca imaginé que el desenlace sería tan cruel.
Mi padre carraspeó, evitando mi mirada. —Bueno, ya estamos todos. Queremos hablaros de la casa de la abuela —dijo, con esa voz grave que usaba cuando algo iba mal—. Hemos tomado una decisión.
Sergio levantó la cabeza. Yo apreté los labios, esperando escuchar lo que llevaba meses temiendo y deseando a partes iguales.
—Hemos decidido que la casa será para Sergio —soltó mi madre, como quien arranca una tirita de golpe.
El silencio fue tan espeso que casi podía cortarse con un cuchillo. Sentí cómo se me encogía el estómago, cómo la rabia me subía por la garganta.
—¿Cómo que para Sergio? —mi voz salió más aguda de lo que pretendía—. ¿Y yo? ¿No soy vuestra hija también?
Mi padre bajó la mirada. Sergio no dijo nada, solo se removió incómodo en el sofá.
—Lucía, tú tienes tu vida en Madrid, tu trabajo… Apenas vas al pueblo. Sergio siempre ha estado más pendiente de tu abuela, ha cuidado de la casa… Creemos que es lo justo —explicó mi madre, con esa calma fría que tanto me irritaba.
Me levanté de golpe. —¿Justo? ¿Y todo lo que yo he hecho por vosotros? ¿Las veces que he dejado todo para venir cuando la abuela estaba enferma? ¿Eso no cuenta?
Sergio por fin habló, con voz temblorosa: —No es culpa mía, Lucía. Yo tampoco quería esto así…
—Pero tampoco lo has impedido —le espeté, sintiendo cómo las lágrimas me quemaban los ojos.
La discusión se alargó durante horas. Mi madre insistía en que era lo mejor para todos; mi padre asentía en silencio; Sergio intentaba justificarse sin convencer a nadie. Yo sentía cómo cada palabra abría una grieta más profunda entre nosotros.
Recordé los veranos en esa casa: las tardes jugando al escondite con Sergio en el granero, las meriendas de pan con chocolate en la cocina con la abuela, las noches de tormenta escuchando historias junto al fuego. Todo eso parecía ahora un recuerdo ajeno, como si ya no me perteneciera.
—¿Y si algún día quiero volver al pueblo? ¿Dónde voy a ir? —pregunté entre sollozos.
Mi madre suspiró. —Siempre tendrás tu sitio aquí, Lucía. Pero la casa… es mejor así.
Salí de allí sin mirar atrás. Caminé por las calles del barrio donde crecí, sintiendo que cada paso me alejaba más de mi familia. Llamé a mi amiga Marta, buscando consuelo.
—No puedo creerlo —le dije entre lágrimas—. Me han dejado fuera como si no importara nada.
—Lucía, tienes derecho a estar enfadada. Pero también tienes derecho a luchar por lo que es tuyo —me respondió ella—. ¿Has pensado en hablar con un abogado?
La idea me rondó toda la noche. Pero ¿de verdad quería llegar tan lejos? ¿Convertir un recuerdo en una batalla legal?
Los días siguientes fueron un infierno. Mi madre me llamaba cada noche, intentando convencerme de que lo entendiera; mi padre apenas hablaba; Sergio me mandó un mensaje: “Lo siento mucho, Lucía. No sé cómo arreglar esto”.
En el trabajo no podía concentrarme. Cada vez que veía una foto de la abuela en mi móvil sentía una punzada en el pecho. ¿Era esto lo que ella habría querido? ¿Vernos peleados por cuatro paredes y un tejado viejo?
Una tarde decidí volver al pueblo sola. La casa estaba igual que siempre: las persianas medio bajadas, el jardín lleno de malas hierbas, el olor a madera vieja y recuerdos flotando en el aire. Me senté en el porche y lloré como hacía años que no lloraba.
Al rato apareció Sergio. Se sentó a mi lado sin decir nada durante un buen rato.
—No quiero perderte por esto —me dijo al fin—. Si quieres, podemos compartirla… Podemos arreglarla juntos, como cuando éramos niños.
Le miré a los ojos y vi el mismo dolor que sentía yo. Quizá aún había esperanza para nosotros dos, aunque nuestros padres hubieran decidido otra cosa.
Ahora escribo estas líneas sin saber qué pasará mañana. La herida sigue abierta, pero al menos sé que no estoy sola en mi dolor.
¿De verdad una herencia puede romper una familia para siempre? ¿O somos capaces de perdonarnos y empezar de nuevo? ¿Qué haríais vosotros en mi lugar?