Mi hijo, mi desconocido: La verdad que nunca quise saber
—¿Es usted la madre de Álvaro García?— La voz al otro lado del teléfono era fría, casi mecánica, pero esas palabras me atravesaron como un cuchillo. Eran las dos de la madrugada y yo llevaba horas sin poder dormir, preguntándome por qué mi hijo no había vuelto a casa. Desde hacía años, Álvaro y yo vivíamos juntos en el mismo piso de Vallecas, pero nuestras vidas parecían discurrir en universos paralelos. Él salía temprano, volvía tarde, y apenas cruzábamos palabras más allá de un «buenos días» o un «¿has comido?».
—Sí, soy yo. ¿Qué ha pasado?— pregunté con la voz temblorosa.
—Su hijo ha tenido un accidente. Está en el hospital Gregorio Marañón. Debería venir lo antes posible.
Recuerdo cómo me temblaban las manos mientras me vestía a toda prisa. El frío de la noche madrileña se coló en mis huesos mientras esperaba el taxi. Todo el trayecto lo pasé repasando mentalmente los últimos meses: las discusiones por su falta de comunicación, las noches en vela esperando oír la llave en la puerta, los silencios incómodos en la mesa del desayuno.
Cuando llegué al hospital, una enfermera me condujo hasta una sala de espera. Allí estaba Lucía, una chica de pelo corto y mirada triste que reconocí vagamente de alguna foto en el móvil de Álvaro. Me miró con desconfianza y luego bajó la vista.
—¿Tú eres la madre de Álvaro?— preguntó, casi en un susurro.
Asentí y me senté a su lado. El silencio entre nosotras era espeso, lleno de preguntas sin respuesta. Finalmente, Lucía habló:
—No sabía si debía llamarte. Álvaro no suele hablar mucho de ti.
Sentí una punzada en el pecho. ¿Por qué mi propio hijo no hablaba de mí? ¿Qué clase de madre había sido para él?
El médico apareció poco después. —Su hijo está estable, pero ha sufrido una sobredosis. Lo hemos estabilizado, pero necesitará ayuda psicológica y seguimiento médico.
La palabra «sobredosis» retumbó en mi cabeza como una campana. No podía creerlo. Álvaro nunca había dado señales de consumir drogas. O quizá sí, y yo no quise verlo.
Lucía me miró con lágrimas en los ojos. —Álvaro lleva tiempo mal. No quería preocupar a nadie…
Me sentí una extraña en la vida de mi propio hijo. ¿Cómo era posible que Lucía supiera más que yo? ¿En qué momento dejé de ser su refugio para convertirme en una presencia lejana?
Pasaron horas hasta que pude entrar a verle. Álvaro estaba pálido, con los ojos cerrados y una vía en el brazo. Me senté a su lado y le cogí la mano. Por primera vez en años, sentí la necesidad de llorar frente a él.
—Álvaro… hijo… ¿por qué no me contaste nada?— susurré.
Él abrió los ojos lentamente y me miró con una mezcla de cansancio y resignación.
—Mamá… siempre estabas ocupada. Siempre preocupada por el trabajo, por pagar las facturas… Nunca quise ser otra carga para ti.
Me quedé sin palabras. Recordé todas esas veces que le pedí silencio porque tenía que terminar un informe para la oficina, o cuando le regañé por llegar tarde sin preguntarle cómo se sentía realmente.
Los días siguientes fueron un torbellino de visitas al hospital, reuniones con psicólogos y charlas incómodas con Lucía y otros amigos de Álvaro que yo ni siquiera conocía. Descubrí que mi hijo llevaba meses luchando contra la ansiedad y la depresión, que había perdido el trabajo y que se sentía completamente solo.
Una tarde, mientras caminábamos por el pasillo del hospital, Lucía se detuvo y me dijo:
—Álvaro necesita sentir que puede contar contigo. No solo como madre, sino como persona.
Sus palabras me dolieron porque sabía que tenía razón. Había estado tan centrada en sobrevivir a la rutina diaria que olvidé lo más importante: escuchar a mi hijo.
Cuando por fin le dieron el alta, Álvaro volvió a casa conmigo. Los primeros días fueron difíciles; el silencio seguía ahí, pero era diferente. Ahora era un silencio lleno de preguntas y ganas de entendernos.
Una noche, mientras cenábamos juntos, Álvaro rompió el hielo:
—Mamá… ¿tú alguna vez te has sentido solo?
Me quedé pensativa antes de responder:
—Muchas veces, hijo. Pero nunca imaginé que tú también te sintieras así…
Nos miramos durante unos segundos y sentí que algo se rompía entre nosotros: la barrera del orgullo y el miedo a mostrarnos vulnerables.
Ahora intento estar más presente en su vida. Vamos juntos al parque, hablamos de sus miedos y sueños, incluso hemos empezado terapia familiar. Pero el dolor sigue ahí: el dolor de saber que durante años fui una extraña para mi propio hijo.
A veces me pregunto si es posible reparar todo lo que se ha roto o si algunas heridas nunca llegan a cerrarse del todo.
¿De verdad conocemos a las personas que amamos? ¿O solo vemos lo que queremos ver para no enfrentarnos a nuestras propias culpas?