Sola contra el mundo: La historia de Ana y su lucha por ser madre

—¿Por qué yo? —susurré, apretando el volante con tanta fuerza que los nudillos se me pusieron blancos. El eco de las palabras del doctor aún retumbaba en mi cabeza: «Ana, las probabilidades son muy bajas. Quizá nunca puedas tener hijos». Salí de la consulta con la mirada perdida, cruzando la Gran Vía entre el bullicio de Madrid, sintiéndome invisible, diminuta, rota.

Esa noche no dormí. Mi madre, Carmen, me llamó tres veces. No contesté. ¿Qué le iba a decir? ¿Que su única hija no le daría nietos? ¿Que estaba vacía? Me tumbé en la cama y lloré hasta quedarme sin lágrimas, preguntándome si algún día podría mirar a un niño y no sentir ese dolor punzante en el pecho.

Pasaron semanas. El mundo seguía girando: mis amigas, Lucía y Marta, hablaban de sus hijos, de guarderías, de pediatras. Yo fingía interés, pero por dentro me moría. En cada reunión familiar, mi tía Rosario preguntaba con voz chillona: «¿Y tú para cuándo, Ana? Se te va a pasar el arroz». Sonreía por fuera; por dentro me desmoronaba.

Una tarde, después de una comida familiar especialmente incómoda, exploté delante de mi madre:

—¡Estoy harta! ¡No puedo más con las preguntas, con las miradas! ¡No soy menos mujer por no ser madre!

Mi madre me miró con una mezcla de pena y miedo. Se acercó y me abrazó fuerte.

—Ana, hija, yo solo quiero verte feliz. Pero… ¿has pensado en otras opciones?

—¿Qué opciones? ¿Adoptar? ¿Ser madre sola? ¿Someterme a tratamientos que cuestan una fortuna?

—Si es lo que deseas… —susurró ella.

Esa noche busqué en internet: «reproducción asistida en España». Leí foros, testimonios de mujeres como yo. Descubrí que no estaba sola, aunque así lo sintiera. Pero también leí sobre el estigma: «madre soltera por elección», «egoísta», «niños sin padre». Cerré el portátil con rabia.

Pero algo dentro de mí se encendió. No podía dejar que el miedo o la opinión de los demás decidieran por mí. Pedí cita en una clínica privada de fertilidad. La doctora Jiménez fue directa:

—Ana, tienes 36 años. No será fácil, pero hay posibilidades. Eso sí, debes saber que el proceso es duro: física y emocionalmente.

Firmé papeles, pagué adelantos con mis ahorros —el dinero que había guardado para un viaje a Argentina— y empecé el tratamiento. Las inyecciones hormonales me dejaban agotada y de mal humor. Lloraba por cualquier cosa: un anuncio de pañales, una pareja paseando con un carrito por el Retiro.

Lucía intentó animarme:

—Ana, eres valiente. Yo no podría hacerlo sola.

—No soy valiente —le respondí—. Estoy desesperada.

El primer intento falló. Recuerdo la llamada de la clínica: «Lo sentimos, Ana…». Me derrumbé en el baño del trabajo. Mi jefe, don Manuel, me vio salir con los ojos hinchados.

—¿Todo bien?

Mentí:

—Sí, solo alergia.

Pero no era alergia; era dolor, era rabia.

Mi madre insistía en acompañarme a las citas. A veces discutíamos:

—Mamá, no necesito que me protejas como si tuviera cinco años.

—Solo quiero ayudarte…

—¡Pues ayúdame a sentirme normal!

En la segunda ronda de tratamiento, los efectos secundarios fueron peores. Me sentía hinchada, cansada, sola. Un día Marta me confesó:

—A veces pienso que no valoramos lo suficiente lo que tenemos…

La miré con lágrimas en los ojos:

—No sabes lo que daría por estar en tu lugar.

El segundo intento tampoco funcionó. Pensé en rendirme. Había gastado casi todos mis ahorros; mi cuenta bancaria era un reflejo de mi esperanza menguante.

Pero entonces recordé a mi abuela Pilar: «Las mujeres de esta familia nunca se rinden». Decidí intentarlo una vez más.

La tercera vez fue diferente. Me sentía más fuerte, menos pendiente del qué dirán. En la sala de espera vi a otras mujeres solas; nos miramos y compartimos una sonrisa cómplice.

El día del resultado estaba lloviendo a cántaros en Madrid. Caminé bajo el paraguas temblando de miedo y esperanza. Cuando la enfermera pronunció las palabras mágicas —»¡Enhorabuena, Ana!»— sentí que todo el dolor había valido la pena.

Llamé a mi madre entre sollozos:

—¡Mamá, voy a ser madre!

Ella lloró conmigo al teléfono:

—Te lo dije, hija… eres más fuerte de lo que crees.

Ahora escribo estas líneas con mi hija Alba dormida sobre mi pecho. A veces me pregunto si algún día ella entenderá todo lo que luché para tenerla; si sabrá cuánto amor hay detrás de cada cicatriz invisible.

¿De verdad somos menos por elegir un camino diferente? ¿Cuántas mujeres callan su dolor por miedo al juicio ajeno? Ojalá esta historia anime a otras a no rendirse nunca.