Dieciocho años de café y silencio: La verdad que descubrí cuando don Eusebio desapareció
—¿Un café solo, como siempre, don Eusebio? —pregunté, sin esperar respuesta.
Él asintió con la cabeza, la mirada fija en el periódico, igual que cada mañana desde hacía dieciocho años. El bar, pequeño y algo anticuado, olía a tostadas y a humedad. Mi madre, Carmen, limpiaba vasos detrás de la barra. Yo tenía veintisiete años cuando empecé a trabajar aquí, y ahora, con cuarenta y cinco, sentía que mi vida era una sucesión de días idénticos, marcados por los mismos clientes y las mismas rutinas.
Don Eusebio era el más puntual. Siempre llegaba a las ocho y cuarto, pedía su café solo y se sentaba en la mesa junto a la ventana. Nunca hablaba más de lo necesario. A veces me preguntaba si alguna vez había sido joven o si había nacido ya con esa expresión seria y ese abrigo gris gastado.
Una mañana de noviembre, no apareció. Pensé que quizá estaba enfermo o que el frío le había hecho quedarse en casa. Pero pasaron los días y su silla seguía vacía. El periódico del lunes quedó intacto sobre la mesa. Mi madre murmuró:
—¿Te has fijado? Hoy tampoco ha venido don Eusebio.
Sentí un nudo en el estómago. No era cariño lo que sentía por él, pero su ausencia era como una grieta en la rutina. Decidí preguntar a los vecinos del barrio. Nadie sabía mucho de él. Vivía solo en un piso antiguo de la calle Zamora. Algunos decían que tenía familia en Madrid, otros que no tenía a nadie.
Una tarde, animada por una mezcla de curiosidad y preocupación, fui hasta su portal. Llamé al timbre varias veces. Nadie contestó. Bajó una vecina mayor, doña Pilar.
—¿Buscas a Eusebio? —me preguntó con voz temblorosa—. Hace días que no le veo. Siempre bajaba a comprar el pan…
Llamamos a la policía. Cuando abrieron la puerta, el olor lo dijo todo antes de que nadie hablara. Don Eusebio había muerto solo, en su sillón, con una manta sobre las piernas y una foto antigua entre las manos.
Me quedé paralizada. No lloré; sentí una vergüenza extraña por no haber sabido nada de él en todos esos años. La policía me pidió que identificara sus pertenencias porque yo era la única persona que parecía conocerle un poco.
En su piso encontré cartas sin abrir, facturas acumuladas y una caja de madera con fotografías en blanco y negro. En una de ellas aparecía un joven sonriente junto a una mujer morena y dos niños pequeños. Detrás ponía: «Toledo, 1972».
Me senté en el suelo del salón, rodeada de papeles y polvo, intentando imaginar la vida de ese hombre al que había servido café durante casi dos décadas sin saber nada de él.
Al día siguiente, el bar estaba más silencioso que nunca. Los clientes habituales preguntaban por don Eusebio con frases cortas y miradas esquivas. Nadie sabía qué decir.
Esa noche discutí con mi madre:
—¿Por qué nunca le preguntamos nada? ¿Por qué nadie sabe quién era?
Ella suspiró:
—Aquí la gente viene a olvidar sus problemas, no a compartirlos.
Pero yo no podía dejarlo estar. Busqué en las cartas de don Eusebio alguna pista sobre su familia. Encontré una dirección en Madrid y un nombre: Lucía Fernández.
Le escribí una carta explicando lo sucedido. Dos semanas después, apareció una mujer de unos cincuenta años en el bar. Tenía los ojos grises como los de don Eusebio.
—Soy Lucía —dijo—. Mi padre y yo dejamos de hablarnos hace veinte años.
Nos sentamos juntas en la mesa donde él solía sentarse. Me contó que su madre murió joven y que su padre nunca superó la pérdida. Se volvió huraño y distante; ella se marchó a Madrid para empezar de cero.
—Siempre pensé que algún día volveríamos a hablar —dijo Lucía, con lágrimas en los ojos—. Pero ahora ya es tarde.
Sentí una punzada de culpa por todos los silencios compartidos con don Eusebio. Por no haberle preguntado nunca si necesitaba algo más que café.
El funeral fue sencillo; sólo estábamos Lucía, yo y un par de vecinos del edificio. Nadie más vino a despedirse.
Después del entierro, Lucía me abrazó:
—Gracias por cuidar de él todos estos años.
No supe qué responderle. ¿Cuidar? Apenas le conocía.
Esa noche cerré el bar antes de tiempo y me senté sola en la mesa de don Eusebio. Miré por la ventana la lluvia cayendo sobre Salamanca y pensé en todas las personas solas que pasan por nuestra vida sin que les prestemos atención.
¿Y si hubiéramos hablado más? ¿Y si hubiéramos preguntado? ¿Cuántos don Eusebio hay sentados cada día frente a nosotros, esperando algo más que un café?
¿De verdad conocemos a quienes nos rodean o sólo vemos lo que queremos ver? ¿Cuántas historias se pierden por miedo o por costumbre al silencio?