El último amanecer de Lucía: la decisión que partió mi vida en dos
—¡No, mamá, no la toques! —gritó mi hijo Pablo, con la voz rota por el miedo y la rabia, mientras los paramédicos intentaban reanimar a Lucía en medio de la carretera mojada. El sol apenas despuntaba sobre los campos de Castilla, pero para mí ya era de noche. Todo ocurrió tan deprisa: el coche, el frenazo, el silencio brutal después del golpe. Lucía tenía solo nueve años y su risa aún resonaba en mis oídos cuando la vi tendida, inmóvil, con la sangre manchando su vestido amarillo.
En el hospital de Valladolid, las horas se hicieron eternas. Mi marido, Andrés, no dejaba de repetir: “Esto no puede estar pasando, esto no puede estar pasando…” Yo solo podía mirar las manos de Lucía, tan pequeñas, tan frías. Cuando el médico entró con la cara grave y la voz baja, supe que nada volvería a ser igual.
—Señora Martín, su hija ha sufrido un daño cerebral irreversible. No va a despertar —me dijo. Sentí que me arrancaban el alma. Pablo se abrazó a mí llorando y Andrés salió corriendo al pasillo, incapaz de soportar la noticia.
No sé cuánto tiempo pasó hasta que otro médico, una mujer esta vez, se acercó con una carpeta en las manos. Me habló despacio, con palabras que parecían cuchillos: “Lucía podría ayudar a otros niños. Sus órganos están sanos. Hay familias esperando…”.
En ese momento sentí que el mundo se partía en dos: una parte quería aferrarse a Lucía, no dejarla ir nunca; la otra comprendía que ya no podía salvarla, pero sí podía salvar a otros. Andrés se negó en redondo: “¡No! ¡Es nuestra hija! ¡No voy a dejar que la corten como si fuera un trozo de carne!”. Pablo me miró con ojos suplicantes: “Mamá, ¿de verdad van a llevarse a Lucía?”.
La familia empezó a llegar desde Segovia y Salamanca. Mi madre me abrazó llorando: “Hija, eso no se hace… Es antinatural”. Mi suegra ni siquiera me miraba. Solo mi hermana Carmen me apoyó: “Piensa en lo que haría Lucía. Siempre fue generosa”.
Esa noche no dormí. Caminé por los pasillos del hospital escuchando los sollozos de otras madres, imaginando a los niños que esperaban un corazón o un riñón para seguir viviendo. Me pregunté si yo sería capaz de soportar ese dolor si Pablo estuviera en su lugar. Al amanecer, tomé la decisión.
—Sí —le dije a la doctora—. Lucía puede ayudar a otros niños.
El proceso fue rápido y brutal. Firmé papeles sin apenas leerlos. Vi cómo se llevaban a mi hija y sentí que moría con ella. Andrés no me perdonó. Durante semanas no me habló; dormía en el sofá y evitaba mirarme a los ojos. En el pueblo empezaron los rumores: “¿Has oído lo que hizo Marta? Dicen que vendió a su hija…”. En la panadería me miraban de reojo; en misa nadie se sentaba a mi lado.
El duelo fue un pozo sin fondo. Pablo dejó de hablar durante meses; dibujaba ángeles con alas rotas y los pegaba en la ventana de su cuarto. Yo iba cada día al cementerio y le contaba a Lucía lo mucho que la echaba de menos, lo difícil que era vivir sin ella.
Un día recibí una carta del hospital: “Gracias a su generosidad, tres niños han recibido una nueva oportunidad”. Lloré como nunca antes. Por primera vez sentí alivio; la muerte de Lucía no había sido inútil.
Con el tiempo, Andrés volvió a hablarme. No fue fácil. Una noche, mientras cenábamos en silencio, me dijo: “No sé si algún día podré perdonarte del todo… pero sé que hiciste lo correcto”. Pablo empezó a preguntar por los niños que habían recibido los órganos de su hermana; quería saber si eran felices, si jugaban como jugaba Lucía.
La gente del pueblo tardó años en dejar de juzgarme. Algunos nunca lo hicieron. Pero aprendí a vivir con ello. Aprendí que el dolor no desaparece, pero se transforma; aprendí que la generosidad puede ser un acto solitario y cruel.
Hoy sigo visitando la tumba de Lucía cada semana. Le llevo margaritas y le hablo de los niños que viven gracias a ella. A veces me pregunto si volvería a tomar la misma decisión… ¿Vosotros qué haríais? ¿Seríais capaces de dejar marchar a quien más amáis para salvar otras vidas?