El precio de una vida: Cuando el dinero no compra el corazón
—¿Pero cómo puedes decir eso? ¡Es tu madre! —La voz de Patricia temblaba, aunque intentaba mantener la compostura profesional. El eco de sus palabras rebotó en las paredes blancas del pasillo del Hospital General de Madrid, donde el olor a lejía y café frío era parte del día a día.
Frente a ella, Javier, impecable en su traje azul marino y con un reloj reluciente asomando bajo la manga, ni siquiera la miró. Sus ojos estaban fijos en el móvil, como si el mundo real no le incumbiera.
—No voy a autorizar la operación. Es mucho dinero para alguien que ya ha vivido suficiente —dijo, sin levantar la vista. Su tono era frío, casi mecánico.
Patricia sintió una punzada en el pecho. Llevaba más de dos décadas viendo historias de todo tipo, pero nunca había presenciado semejante desprecio. Recordó a su propia madre, que le enseñó que en la vida lo importante no es lo que tienes, sino a quién tienes.
—¿Y si fuera tu hija? —se atrevió a preguntar Patricia, bajando la voz pero sin perder firmeza.
Javier bufó, molesto por la intromisión.—No es asunto tuyo. Ya he tomado una decisión. No pienso gastar 15.000 euros en una operación que no garantiza nada.
Patricia apretó los puños. Miró a la señora Carmen, la madre de Javier, tumbada en la camilla, con los ojos llenos de miedo y esperanza. Era una mujer menuda, con el pelo canoso recogido en un moño y las manos temblorosas aferradas a una medalla de la Virgen del Rocío. Había criado sola a su hijo tras quedarse viuda joven, trabajando como limpiadora para que él pudiera estudiar en los mejores colegios.
—Señora Carmen, ¿quiere usted operarse? —le preguntó Patricia suavemente.
Carmen asintió con lágrimas en los ojos.—Claro que sí, hija. Quiero vivir un poco más… aunque solo sea para ver a mis nietos crecer.
Patricia sintió rabia e impotencia. Sabía que el hospital público cubría muchas operaciones, pero esta intervención específica requería un copago elevado por ser un tratamiento experimental. La lista de espera era eterna y Carmen no tenía tiempo.
—Mire, Javier —dijo Patricia, plantándose frente a él—. Aquí no estamos hablando de dinero, sino de humanidad. ¿De verdad va a dejar morir a su madre por ahorrarse unos euros?
Javier se encogió de hombros.—No es tan sencillo. Tengo mis motivos.
Patricia no pudo más. Salió corriendo al despacho del director médico y le contó todo. El doctor Ramírez, un hombre curtido y justo, escuchó en silencio y luego asintió.
—Vamos a hacer algo —dijo—. Si conseguimos reunir el dinero entre el personal y los vecinos del barrio, ¿autorizaría usted la operación? —preguntó mirando fijamente a Javier cuando lo llamaron a la sala.
Javier dudó por primera vez.—Hagan lo que quieran. Yo no pienso poner ni un euro.
En menos de una hora, Patricia y sus compañeros organizaron una colecta exprés. Médicos, enfermeros, celadores y hasta pacientes pusieron lo que pudieron: billetes arrugados, monedas sueltas, hasta una pulsera de oro que una abuela se quitó del brazo. Alguien colgó un cartel en la entrada: «Ayuda para Carmen: una madre vale más que todo el oro del mundo».
La noticia corrió como la pólvora por el hospital y las redes sociales. En dos horas habían reunido más de lo necesario. Cuando Patricia volvió con el sobre lleno de esperanza y lágrimas en los ojos, Javier estaba sentado solo en la sala de espera, mirando al vacío.
—Aquí tiene —le dijo Patricia—. No hace falta que usted ponga nada. Su madre va a operarse porque aquí sí creemos que una vida no tiene precio.
Javier no supo qué decir. Por primera vez se le humedecieron los ojos.
La operación fue un éxito. Carmen despertó entre lágrimas y sonrisas, rodeada de desconocidos que le habían salvado la vida sin pedir nada a cambio. Javier se acercó a ella y le cogió la mano con torpeza.
—Mamá… perdóname —susurró—. No supe ver lo importante.
Patricia los miraba desde la puerta, con el corazón encogido pero orgulloso.
A veces me pregunto: ¿cuánto vale realmente una vida? ¿Y qué haríamos nosotros si tuviéramos que elegir entre el dinero y el amor? ¿Tú qué harías?