Cuando el silencio pesa más que el cansancio: La historia de Lucía en Sevilla

—¿Otra vez llorando, Lucía? —La voz de mi suegra retumbó en el salón, mientras yo intentaba calmar a Mateo, mi hijo de apenas dos meses. El bullicio de la comida familiar en casa de mis padres en Sevilla seguía como si nada, pero yo sentía que el mundo se me venía encima. Alejandro, mi marido, ni siquiera levantó la vista del móvil.

No recuerdo la última vez que dormí más de dos horas seguidas. Desde que nació Mateo, mi vida se convirtió en una sucesión de noches en vela, pañales sucios y llantos interminables. Lo que más dolía no era el cansancio físico, sino la soledad. Alejandro siempre tenía una excusa: «Estoy muy cansado del trabajo», «No sé cómo calmarlo», «Tú lo haces mejor». Y yo, tragando saliva, seguía adelante, porque así nos educaron: las madres pueden con todo.

Aquel domingo, la casa estaba llena de voces y risas. Mi madre preparaba croquetas y tortilla de patatas, mi padre discutía de fútbol con mi hermano Sergio. Yo apenas podía mantenerme en pie. Sentía las piernas de gelatina y la cabeza como si me la apretaran con un tornillo. Mateo lloraba y lloraba. Me acerqué a Alejandro y le susurré:

—Por favor, ¿puedes cogerlo un rato? Solo quiero sentarme cinco minutos.

Él ni me miró. —Ahora no, Lucía. Estoy hablando con Raúl sobre el partido del Betis.

Me temblaron las manos. Nadie parecía darse cuenta de que yo estaba al borde del colapso. Mi madre me miró con reproche: —Dale el pecho, hija, seguro que tiene hambre.

Sentí una rabia sorda mezclada con tristeza. ¿Por qué todo el mundo daba por hecho que era mi responsabilidad? ¿Por qué nadie veía que yo también necesitaba ayuda?

Me senté en el sofá con Mateo en brazos. El murmullo de la familia se volvió lejano. De repente, todo se volvió negro.

Desperté en el suelo, rodeada de caras asustadas. Mi padre me abanicaba con un periódico y mi madre gritaba: —¡Traed agua! ¡Lucía, hija, ¿estás bien?!

Alejandro estaba pálido, pero seguía sin acercarse a mí ni a Mateo, que lloraba desconsolado en su carrito.

—¿Qué te pasa? —preguntó mi hermano Sergio—. ¿No has comido nada?

No podía hablar. Las lágrimas me corrían por las mejillas. Sentí una vergüenza infinita. No por haberme desmayado, sino por darme cuenta de que nadie entendía lo que me pasaba.

Esa noche, ya en casa, Alejandro intentó justificarse:

—No tienes por qué montar un drama delante de todos. Sabes que estoy trabajando mucho para que no os falte de nada.

—Lo único que nos falta es tu apoyo —le respondí con voz rota—. No puedo más sola.

Él se encogió de hombros y se fue a dormir al sofá. Yo me quedé sentada en la cocina, abrazando a Mateo mientras él dormía plácidamente en mi regazo. Sentí una mezcla de amor inmenso y desesperación absoluta.

Los días siguientes fueron peores. Mi suegra llamó para decirme que tenía que ser más fuerte, que todas las mujeres han pasado por esto y han salido adelante. Mi madre insistía en que no debía quejarme tanto, que los hombres son así y punto.

Pero algo dentro de mí cambió después del desmayo. Empecé a buscar información sobre depresión posparto y sobre la carga mental de las madres españolas. Leí testimonios de otras mujeres que se sentían igual de solas y agotadas. Me di cuenta de que no era débil ni mala madre: simplemente necesitaba ayuda.

Un día reuní el valor para hablar con Alejandro:

—O cambiamos esto juntos o no sé cuánto más voy a aguantar.

Él al principio se enfadó, dijo que exageraba, pero cuando le enseñé los mensajes de otras madres y le expliqué cómo me sentía realmente, algo pareció hacer clic en su cabeza.

Empezó a implicarse poco a poco: cambiaba pañales, bañaba a Mateo y hasta se levantaba alguna noche para calmarlo. No fue fácil ni inmediato; hubo discusiones, lágrimas y silencios incómodos. Pero al menos ya no sentía que luchaba sola.

Hoy Mateo tiene seis meses y sonríe cada vez que nos ve juntos. Alejandro aún tiene días en los que recae en viejos hábitos, pero ahora sabe escucharme y entiende que la maternidad no es solo cosa mía.

A veces me pregunto cuántas mujeres en España siguen callando su dolor por miedo al qué dirán o porque creen que es lo normal. ¿Hasta cuándo vamos a seguir soportando solas? ¿No merecemos también ser cuidadas?