Silencio en la escalera: Cuando tu vecino se convierte en tu enemigo
—¡Lucas! ¿Dónde estás? —grité mientras el eco de mi voz rebotaba por el patio interior. Era sábado por la mañana y el aroma a café recién hecho aún flotaba en la cocina. Bajé corriendo las escaleras, con el corazón acelerado, porque Lucas nunca tardaba tanto en volver del pequeño jardín comunitario. Al abrir la puerta del portal, lo vi: mi perro, mi compañero de tantos años, temblaba junto a una salchicha extrañamente brillante. A su lado, un papel arrugado con letras torpes: “La próxima vez no será solo el perro”.
Sentí cómo el suelo desaparecía bajo mis pies. Cogí a Lucas en brazos y subí corriendo. Mi madre, Pilar, me miró con el ceño fruncido.
—¿Qué ha pasado, Carmen? ¿Por qué lloras?
—¡Han intentado envenenar a Lucas! —sollozaba mientras le mostraba la nota—. ¡Mira esto!
Ella palideció y me abrazó fuerte. En ese instante, supe que nada volvería a ser igual. ¿Quién podría hacer algo así? ¿Y por qué? En nuestro edificio todos nos conocíamos desde hace años: los Martínez del segundo, la señora Rosario del bajo, los gemelos Sergio y Álvaro del cuarto…
Esa noche no dormí. Cada ruido en la escalera me sobresaltaba. Al día siguiente, fui a la policía. Me miraron con lástima.
—Sin pruebas claras, poco podemos hacer —me dijo el agente Morales—. Vigila al perro y si vuelve a pasar, avísanos.
Volví a casa sintiéndome desprotegida. Decidí hablar con los vecinos. Toqué primero en casa de los Martínez.
—¿Envenenar a Lucas? ¡Pero si siempre le damos galletitas! —exclamó Teresa, la madre—. Esto es horrible, Carmen.
En el rellano me crucé con Rosario, que apenas me saludó. Siempre había sido distante, pero ahora su mirada era fría, casi hostil.
Esa semana, las cosas cambiaron. Noté cuchicheos cuando salía al portal. Un día encontré pintadas en mi buzón: “Vete ya”. Mi hermano David vino a quedarse conmigo unos días.
—Carmen, esto no es normal —me dijo una noche mientras cenábamos—. ¿Has pensado en poner cámaras?
Así lo hice. Instalé una pequeña cámara apuntando al jardín comunitario. Las noches siguientes fueron un desfile de sombras y susurros. Una madrugada, la cámara captó a alguien dejando algo junto al seto. Era Rosario.
Al día siguiente, fui a hablar con ella.
—Rosario, ¿por qué hiciste eso? —le pregunté temblando.
Ella me miró fijamente y bajó la voz.
—Tu perro ladra todo el día. No puedo dormir. Llevo meses pidiéndote que lo controles y tú no haces nada. Esto es lo que pasa cuando nadie escucha.
Me quedé helada. No podía creer que una vecina de toda la vida llegara tan lejos por un conflicto tan absurdo. Pero lo peor fue descubrir que otros vecinos lo sabían y callaban por miedo o comodidad.
La tensión creció. Un día, David encontró la puerta de casa arañada y una bolsa de basura rota en nuestro felpudo. Mi madre empezó a enfermar de los nervios; Lucas ya no quería salir al jardín.
Intenté mediar, hablar con Rosario y los demás vecinos para buscar una solución pacífica. Pero el miedo ya se había instalado en todos nosotros. Nadie quería enfrentarse abiertamente; preferían mirar hacia otro lado.
Una tarde, recibí una carta anónima: “Si sigues molestando, te arrepentirás”. Lloré de rabia e impotencia. ¿Cómo podía ser que en pleno Madrid, entre gente que compartía fiestas y cenas durante años, ahora reinara el silencio y la amenaza?
Finalmente, decidí mudarme. No podía vivir así, con miedo constante y sin confianza en quienes me rodeaban. El día que me fui, miré por última vez el portal donde crecí y sentí una mezcla de tristeza y alivio.
Ahora vivo lejos de Vallecas, pero cada vez que escucho un ladrido o veo una nota en un portal, recuerdo aquellos días de angustia y soledad.
A veces me pregunto: ¿En qué momento dejamos de ser vecinos para convertirnos en enemigos? ¿Cuántos silencios hacen falta para romper una comunidad?
¿Y vosotros? ¿Habéis sentido alguna vez esa amenaza silenciosa detrás de una puerta cerrada?