Mi yerno, el justiciero: crónica de una familia al borde del abismo
—¡No pienso callarme, Carmen! ¡No puedo permitir que me traten como a un cualquiera!—. El grito de Sergio retumbó en el salón, mientras mi hija Lucía intentaba calmarlo con la mirada cansada de quien ya ha vivido esta escena demasiadas veces.
Yo estaba en la cocina, removiendo el café con mano temblorosa. Era martes, y otra vez Sergio había llegado a casa antes de tiempo, con la chaqueta arrugada y el ceño fruncido. Sabía lo que eso significaba: otro despido. El quinto en menos de un año. Mi hija, mi única hija, había apostado su felicidad a un hombre que parecía incapaz de mantener un trabajo más de tres meses.
—¿Qué ha pasado ahora?— pregunté, aunque ya intuía la respuesta.
Sergio se dejó caer en la silla, resoplando. —El jefe me ha echado porque defendí a una compañera. Le estaban gritando delante de todos y nadie decía nada. ¿Qué querías que hiciera?—
Lucía le acarició el hombro, pero él se apartó. —Siempre igual, Sergio. Siempre tienes razón tú, pero nunca piensas en las consecuencias—. Su voz era un susurro roto.
Me senté frente a ellos, sintiendo el peso de los años y de las preocupaciones. Recordé cuando Lucía me lo presentó en la feria de San Isidro: alto, moreno, con una sonrisa que parecía prometerle el mundo. Pero esa sonrisa se había ido borrando a medida que los problemas se acumulaban.
En el barrio todos conocían a Sergio. Algunos lo admiraban por su valentía; otros lo evitaban por su carácter explosivo. En el supermercado, discutió con una cajera porque no le devolvieron un céntimo. En la panadería, montó un escándalo porque le dieron una barra de pan «demasiado hecha». Y en cada trabajo, siempre encontraba una causa por la que pelear: horarios injustos, compañeros explotados, jefes prepotentes.
—¿Y ahora qué?— pregunté, sin poder ocultar el cansancio.
Sergio me miró desafiante. —Buscaré otro trabajo. No pienso rendirme—.
Pero yo sabía que no era tan fácil. En España, con la crisis aún coleando y los sueldos por los suelos, nadie quiere a un empleado conflictivo. Menos aún si tiene fama de «liante».
Las semanas pasaron entre entrevistas fallidas y discusiones cada vez más frecuentes. El dinero empezó a escasear. Lucía dejó de ir a la peluquería; yo recorté en la compra; Sergio vendió su vieja moto para pagar el alquiler. Pero lo peor era el ambiente en casa: una tensión constante que se podía cortar con cuchillo.
Una noche, mientras cenábamos tortilla fría y pan duro, Lucía rompió a llorar.
—No puedo más, mamá. No puedo vivir así—.
Sergio apretó los puños. —¿Ahora la culpa es mía? ¿Por no dejarme pisotear?—
—¡La culpa es de tu orgullo!— gritó ella, temblando. —No entiendes que tu lucha nos está destruyendo a todos—.
Me levanté y abracé a mi hija. Sentí rabia e impotencia. ¿Cómo explicarle a Sergio que la justicia no siempre es blanco o negro? Que a veces hay que tragar saliva para sobrevivir.
Al día siguiente, fui al mercado del barrio y me encontré con Pilar, la vecina del tercero.
—¿Cómo va todo en casa?— preguntó con esa mezcla de curiosidad y compasión tan española.
Suspiré. —Mal, Pilar. Sergio ha vuelto a perder el trabajo. Lucía está destrozada—.
Ella negó con la cabeza. —Ese chico tiene buen fondo, pero no sabe vivir en este mundo—.
Esa frase se me quedó grabada. ¿Era cierto? ¿Era Sergio un idealista perdido en una sociedad demasiado dura?
Una tarde de domingo, mientras Sergio buscaba ofertas de empleo en el portátil prestado por su cuñado Andrés, Lucía se acercó a mí en la cocina.
—Mamá, ¿tú crees que hice bien casándome con él?—
No supe qué decirle. La miré a los ojos y vi reflejado mi propio miedo: el miedo a equivocarse, a perderlo todo por amor.
Los meses siguieron igual. Sergio consiguió un trabajo en una empresa de mensajería, pero duró poco: discutió con el encargado porque le obligaban a hacer horas extra sin pagarle. Otra vez en casa, otra vez las mismas palabras: «No puedo callarme ante la injusticia».
Un día recibí una llamada del colegio: mi nieta Marta había pegado a un compañero porque «le estaba haciendo trampas» en el patio. Cuando llegué a recogerla, la profesora me miró con preocupación.
—Carmen, ¿todo va bien en casa? Marta está muy irritable últimamente—.
Me sentí culpable. La tensión nos estaba afectando a todos, incluso a los más pequeños.
Esa noche hubo una gran discusión. Lucía le pidió a Sergio que buscara ayuda profesional; él se negó rotundamente.
—¿Ahora soy yo el loco? ¿Por querer justicia?—
Lucía lloró hasta quedarse dormida en mi regazo. Yo acaricié su pelo y pensé en todo lo que habíamos perdido: la tranquilidad, la alegría, incluso las pequeñas rutinas que antes nos hacían felices.
A veces me pregunto si Sergio cambiará algún día o si estamos condenados a vivir siempre al borde del abismo por culpa de su carácter indomable. ¿Vale la pena luchar tanto por la justicia si eso significa perderlo todo? ¿O hay momentos en los que callar es también una forma de proteger a quienes amamos?