¡No te atrevas! La empleada desafía a la madrastra frente al empresario en Madrid
—¡No hagas eso! —grité, sin reconocer mi propia voz, mientras la lluvia golpeaba los ventanales del salón y el trueno retumbaba como si el cielo mismo estuviera de mi parte.
La señora Carmen se giró hacia mí, con esa mirada suya de superioridad, como si yo fuera poco más que una sombra en esa casa de la calle Serrano. La niña, Lucía, temblaba a mi lado, apretando mi mano con tanta fuerza que sentí cómo me cortaba la circulación. Carmen alzó la voz, seca y cortante:
—¿Perdona? ¿Desde cuándo te crees con derecho a meterte en mis asuntos?
Mi corazón latía tan fuerte que pensé que todos podrían oírlo. Pero no podía callarme. No después de ver cómo Carmen le arrebataba el cuaderno de dibujo a Lucía y lo rompía en dos, solo porque la niña había dibujado a su madre fallecida.
—No es justo —dije, tragando saliva—. Lucía tiene derecho a recordar a su madre. No puede seguir castigándola por algo que no entiende.
Carmen bufó y se acercó, taconeando sobre el parqué como si quisiera aplastarme bajo sus zapatos caros. —Tú aquí no pintas nada. Eres solo la chica de la limpieza. ¿O acaso te crees parte de la familia?
Sentí las lágrimas ardiendo en mis ojos, pero no iba a dejarme vencer. No después de todo lo que había visto en esa casa: cenas frías y silenciosas, cumpleaños olvidados, abrazos negados. Yo era la única que escuchaba a Lucía llorar por las noches, la única que le preparaba chocolate caliente cuando tenía pesadillas.
En ese momento, la puerta se abrió de golpe y apareció don Álvaro, el padre de Lucía y dueño de todo aquello. Venía empapado, con el traje pegado al cuerpo y el móvil aún en la mano. Nos miró a las tres, intentando entender el caos.
—¿Qué está pasando aquí? —preguntó, con esa voz grave que siempre imponía respeto.
Carmen se adelantó enseguida, fingiendo una dulzura que nunca usaba conmigo:
—Nada, cariño. Solo que esta chica se está tomando demasiadas confianzas con Lucía.
Yo sentí un nudo en la garganta. Sabía que podía perder mi trabajo en ese instante, pero no podía callar más.
—Don Álvaro —dije, mirando al suelo—. Solo quiero que sepa que Lucía necesita cariño. No puede vivir con miedo en su propia casa.
El silencio fue tan denso como la tormenta afuera. Lucía se aferró a mi falda y murmuró:
—No quiero que te vayas, Ana.
Don Álvaro me miró largo rato. Vi en sus ojos el cansancio de tantos años de trabajo y ausencias, pero también una chispa de duda. Carmen apretó los labios y cruzó los brazos.
—¿Y tú qué sabes de criar hijos? —me espetó Carmen—. ¿Acaso tienes familia? ¿Sabes lo difícil que es esto?
Me mordí el labio para no gritarle todo lo que pensaba. Pero respondí con voz firme:
—Sé lo que es sentirse sola. Sé lo que es necesitar un abrazo y no tenerlo. Y sé que Lucía merece algo mejor.
La lluvia seguía golpeando los cristales, como si quisiera entrar y limpiar toda esa tristeza acumulada entre esas paredes llenas de cuadros caros y recuerdos amargos.
Don Álvaro suspiró y se agachó junto a su hija. Le acarició el pelo con torpeza, como si no supiera muy bien cómo hacerlo.
—Lucía… ¿quieres contarme qué ha pasado?
La niña asintió y le mostró los restos del cuaderno roto. Don Álvaro miró a Carmen con reproche y luego a mí con gratitud contenida.
—Ana tiene razón —dijo al fin—. Aquí todos necesitamos aprender a escuchar más y gritar menos.
Carmen se marchó dando un portazo. Yo me quedé temblando, sin saber si aquello era el principio del fin o el comienzo de algo nuevo para Lucía y para mí.
Esa noche, mientras preparaba la cena y escuchaba las risas tímidas de Lucía y su padre desde el salón, pensé en todo lo que había arriesgado por decir la verdad. ¿Vale la pena perderlo todo por proteger a alguien? ¿O acaso es precisamente eso lo que nos hace humanos?