Cuarenta años y un adiós: La última Nochevieja de mi matrimonio
—¿Vas a estar mucho rato en el cementerio, Tomás? —pregunté mientras él se abrochaba el abrigo, sin mirarme.
—No lo sé, Carmen. ¿Por qué? ¿Tienes prisa? —respondió con esa voz seca que últimamente usaba para todo.
El reloj marcaba las seis de la tarde del 31 de diciembre. Afuera, la lluvia golpeaba los cristales y el perro de nuestra hija gimoteaba en el pasillo. Yo tenía la mesa puesta para dos, como cada año desde que los niños se fueron de casa. Pero este año, la mesa parecía más vacía que nunca.
Tomás cogió las llaves y salió sin despedirse. Me quedé mirando la puerta cerrada, sintiendo un frío que no venía de fuera. Me pregunté en qué momento habíamos dejado de hablarnos, cuándo fue la última vez que nos reímos juntos. Quizá fue hace años, cuando aún discutíamos por tonterías y luego nos reconciliábamos en la cocina, entre risas y abrazos.
Esa noche, mientras cenaba sola, recordé nuestro primer piso en Vallecas, los turnos interminables en el hospital donde yo trabajaba como enfermera y él como celador. Recordé los domingos de paella con mis suegros, las vacaciones en Benidorm con los niños pequeños y las noches en vela cuando llegaron los problemas económicos. Siempre pensé que sobrevivir a todo eso nos haría indestructibles.
Pero la rutina es un veneno lento. Los hijos se marcharon, los amigos se dispersaron y nosotros nos quedamos solos, mirándonos como dos desconocidos en una casa demasiado grande. Tomás empezó a pasar más tiempo fuera: primero con sus partidas de dominó en el bar, luego con largas caminatas al cementerio. Yo me refugié en mis libros y en las videollamadas con mi hermana Pilar, que vive en Zaragoza.
La gota que colmó el vaso llegó hace dos meses. Una tarde cualquiera, mientras yo doblaba ropa en el salón, Tomás entró y soltó:
—Carmen, creo que deberíamos separarnos.
No gritó ni lloró. Lo dijo como quien pide pan en la panadería. Sentí que el suelo se abría bajo mis pies.
—¿Separarnos? ¿Ahora? ¿Después de cuarenta años?
—No somos felices —dijo él, encogiéndose de hombros—. Ni tú ni yo. Y no quiero pasar lo que me queda de vida así.
No supe qué contestar. Lloré esa noche y muchas más después. Pero también sentí alivio. Porque era verdad: hacía años que no era feliz, pero me daba miedo admitirlo.
Nuestros hijos reaccionaron como si les hubiéramos anunciado una catástrofe nacional.
—¡Pero si estáis bien! —dijo Lucía por teléfono—. ¡Sois el ejemplo de pareja estable!
—No todo lo que parece estable es bueno —le respondí yo, con voz temblorosa.
Mi hijo Álvaro vino a casa al día siguiente. Se sentó conmigo en la cocina y me miró como cuando era niño y tenía miedo a la oscuridad.
—Mamá… ¿de verdad quieres esto?
—No lo sé —le confesé—. Pero tampoco quiero seguir así.
La noticia corrió por la familia como un reguero de pólvora. Mi cuñada Mercedes me llamó indignada:
—¡A vuestra edad! ¿Pero qué vais a hacer ahora? ¿Empezar de cero?
No supe qué responderle. ¿Qué se hace cuando tienes 64 años y te enfrentas a una vida nueva? ¿Se aprende a estar sola? ¿Se buscan nuevos amigos? ¿Se vuelve a amar?
Las semanas pasaron entre papeles del abogado, silencios incómodos y miradas esquivas en el pasillo. Tomás dormía en el cuarto de invitados; yo me refugiaba en mi costura y en las series turcas que tanto detesta.
En el supermercado, las vecinas cuchicheaban al verme sola. En la parroquia, el padre Julián me preguntó si necesitaba hablar. Yo sólo quería desaparecer.
Pero algo cambió una tarde de marzo. Salí a pasear por el Retiro con mi amiga Teresa, que enviudó hace tres años.
—¿Sabes qué es lo peor? —me dijo ella—. Que nadie te prepara para estar sola después de toda una vida acompañada. Pero tampoco nadie te dice lo liberador que puede ser.
Esa noche miré a Tomás mientras cenábamos en silencio. Vi a un hombre cansado, sí, pero también a alguien que merecía otra oportunidad para ser feliz. Igual que yo.
El día que firmamos los papeles del divorcio llovía a cántaros. Salimos del juzgado sin mirarnos apenas. Me subí al autobús y sentí miedo… pero también una extraña paz.
Ahora vivo sola en un piso pequeño cerca de Lavapiés. Aprendo a cocinar para uno, a dormir sin escuchar su respiración al lado. A veces me siento perdida; otras veces me descubro sonriendo sin motivo.
¿Es posible empezar de nuevo a los 64? ¿O sólo estamos huyendo del miedo a morirnos tristes? No lo sé… pero al menos ahora siento que la vida vuelve a ser mía.