La noche en la casa de los Valverde

—No te vayas, por favor —susurró Lucía, apretando mi mano con fuerza bajo el edredón blanco. Su voz temblaba, y aunque intentaba ser valiente, sus ojos grandes y claros brillaban con miedo. A su lado, Mateo y Sofía se acurrucaban aún más cerca de mí, como si temieran que el más leve movimiento pudiera romper la burbuja de calor y seguridad que habíamos creado en esa cama enorme.

Afuera, la lluvia golpeaba los ventanales de la mansión Valverde, una de esas casas antiguas en las afueras de Madrid, con techos altos y suelos de madera que crujen al menor paso. El reloj marcaba casi la medianoche y la casa estaba sumida en un silencio tenso, solo roto por el tic-tac lejano del reloj del vestíbulo y el susurro del viento colándose por las rendijas.

—No pasa nada, cariño. Estoy aquí —les dije, intentando sonar más segura de lo que me sentía. Les acaricié el pelo a los tres, notando cómo sus cuerpecitos se relajaban poco a poco. Había algo en esa habitación cálida, iluminada solo por la luz dorada de la lámpara de cristal, que me hacía sentir como si estuviera protegiendo un tesoro frágil.

De repente, la puerta blanca se abrió con un leve chirrido. Allí estaba él: Don Álvaro Valverde. Alto, impecable en su traje negro y corbata perfectamente anudada, con esa expresión seria y distante que parecía tallada en piedra. Sus ojos grises recorrieron la escena: yo, una mujer negra con camiseta oscura, rodeada de sus hijos rubios y la pequeña Sofía de pelo oscuro. Sentí su mirada como un peso sobre mis hombros.

—¿Todo bien aquí? —preguntó con voz grave, sin moverse del umbral. No era una pregunta; era una orden disfrazada.

—Sí, señor Valverde. Los niños ya están dormidos —respondí bajito, aunque sabía que no era del todo cierto.

Él asintió apenas y cerró la puerta tras de sí. El silencio volvió a llenar la habitación, pero ahora era distinto. Más denso. Más frío.

Recordé lo que me había dicho la señora Carmen, la cocinera, cuando llegué esa tarde: “Aquí nadie aguanta más de un día. Los niños son buenos, pero desde que murió la señora… esto no es una casa, es un mausoleo”.

Y tenía razón. Todo brillaba en la mansión: los suelos encerados, las lámparas de araña, las cortinas de terciopelo rojo. Pero debajo de ese lujo había una tristeza pegajosa que se te metía en los huesos. Los niños apenas hablaban; solo se comunicaban con miradas rápidas y gestos nerviosos. Y Don Álvaro… bueno, él era como una estatua: siempre presente pero inalcanzable.

Esa noche, mientras los niños finalmente se dormían abrazados a mí, pensé en mi propia familia en Vallecas: el bullicio del barrio, las cenas con risas y discusiones a gritos, el olor a tortilla de patatas recién hecha. Aquí todo era silencio y perfección, pero faltaba lo más importante: el calor humano.

Me levanté despacio para no despertarlos y salí al pasillo. La casa estaba en penumbra; solo la luz del despacho de Don Álvaro seguía encendida. Dudé un momento antes de acercarme. Toqué suavemente la puerta.

—¿Sí? —su voz sonó cansada esta vez.

—Perdone que le moleste… Solo quería decirle que los niños están bien. Pero… quizás les vendría bien escucharle leerles un cuento alguna noche. O simplemente estar un rato con ellos antes de dormir —me atreví a decirlo todo de golpe, con el corazón latiéndome en la garganta.

Él me miró sorprendido. Por un instante vi algo distinto en sus ojos: dolor, miedo… ¿culpa?

—No sé si puedo —susurró casi para sí mismo.

—Nadie sabe hasta que lo intenta —le respondí suavemente.

Volví a la habitación y me tumbé junto a los niños. Sentí que algo había cambiado esa noche; tal vez no mucho, pero sí lo suficiente para que el aire fuera menos pesado.

A veces pienso que las casas no son hogares hasta que alguien se atreve a romper el silencio con una palabra amable o un abrazo sincero. ¿Cuántas familias viven atrapadas en sus propias tormentas sin atreverse a pedir ayuda? ¿Y si todos diéramos un paso hacia el otro?