Cuando todo se derrumba: Mi renacer tras treinta años de matrimonio
—¿Eso es todo? —pregunté con la voz temblorosa, apoyada en el marco de la puerta mientras Fernando bajaba la última caja al maletero de su coche. Ni siquiera me miró. Solo asintió, cerró el portón y arrancó sin despedirse. El eco del motor alejándose por la calle de nuestro barrio en Alcalá de Henares fue el último sonido antes del silencio absoluto.
Treinta años juntos. Treinta años de rutinas, de cenas rápidas después del trabajo, de domingos en familia, de peleas por tonterías y reconciliaciones a medias. Treinta años en los que fui madre, esposa, enfermera, cocinera, secretaria… menos yo misma. Ahora, con los hijos ya fuera de casa y Fernando marchándose con otra mujer —una tal Lucía, veinte años menor—, me quedaba sola en una casa demasiado grande y llena de recuerdos.
Esa noche no pude dormir. Me senté en la cama, abrazando una almohada, mientras la luna se colaba por la persiana. Recordé la primera vez que Fernando me besó en la Plaza Mayor, cuando aún creía que el amor era para siempre. Recordé los gritos en la cocina hace solo unas semanas:
—¡No puedo más, Carmen! ¡No soy feliz! —me gritó él.
—¿Y yo? ¿Crees que yo sí lo soy? —le respondí entre lágrimas.
Pero él ya había tomado su decisión. Y ahora yo tenía que tomar la mía.
Los días siguientes fueron una sucesión de llamadas incómodas a mis hijos —Ana desde Valencia, Sergio desde Bilbao—, intentando tranquilizarlos mientras yo misma me desmoronaba por dentro. Mi madre, desde su piso en Chamberí, insistía:
—Carmen, vente unos días conmigo. No puedes quedarte sola así.
Pero no quería irme. No quería huir. Quería enfrentarme a ese vacío que me devoraba el pecho.
La soledad era un monstruo silencioso. Me levantaba tarde, desayunaba mirando el móvil sin saber qué buscar. Las amigas del barrio me llamaban para tomar café, pero sentía que no encajaba en sus conversaciones sobre nietos y viajes con sus maridos. Yo era la separada, la fracasada.
Una tarde, mientras recogía ropa vieja para donar, encontré una caja de acuarelas olvidada en el fondo del armario. Recordé que antes de casarme pintaba todos los días; era mi refugio cuando las cosas iban mal en casa con mis padres. Sin pensarlo mucho, coloqué un papel sobre la mesa del comedor y empecé a pintar. Al principio solo manchas sin sentido; luego, poco a poco, surgieron formas: una mujer sentada sola frente a una ventana.
Lloré al ver mi reflejo en ese dibujo.
Pintar se convirtió en mi terapia secreta. Cada tarde llenaba hojas y hojas con paisajes tristes o figuras solitarias. Pero un día Ana vino a verme y encontró mis dibujos.
—Mamá… ¿Esto lo has hecho tú? —preguntó sorprendida.
—Sí… Bueno, es una tontería —me encogí de hombros.
—No digas eso. Son preciosos. ¿Por qué no haces un curso? Hay talleres en el centro cultural.
La idea me daba miedo. ¿Yo? ¿A mis 54 años? Pero esa noche busqué información y al día siguiente llamé para apuntarme.
El primer día del taller sentí que me ahogaba entre desconocidos. Pero pronto conocí a Teresa, una viuda simpática con un humor ácido; a Manuel, jubilado del metro; a Inés, divorciada como yo. Compartíamos historias mientras pintábamos: risas, lágrimas, silencios cómplices.
Poco a poco empecé a salir más. Volví a caminar por el parque donde jugaba con mis hijos de pequeños; volví a leer novelas que había dejado a medias; volví a escuchar música sin sentirme culpable por perder el tiempo.
Pero no todo era fácil. Una tarde recibí una llamada inesperada:
—Carmen… —era Fernando—. ¿Podemos hablar?
Nos vimos en una cafetería cerca de casa. Él parecía cansado, envejecido.
—No quiero discutir —dijo—. Solo quería pedirte perdón… Por todo.
Sentí rabia y alivio al mismo tiempo. Le dije que le perdonaba, pero que ahora tenía que pensar en mí.
Esa noche dormí tranquila por primera vez en meses.
Hoy mi vida es otra. Sigo teniendo miedo al futuro: la hipoteca sola, las facturas, las cenas silenciosas… Pero también tengo esperanza. He expuesto mis cuadros en una pequeña galería del barrio; he hecho nuevas amigas; incluso he vuelto a reírme hasta llorar.
A veces me pregunto: ¿Por qué esperamos a perderlo todo para empezar a vivir? ¿Cuántas mujeres como yo hay ahora mismo mirando su reflejo y preguntándose quiénes son realmente?
¿Y tú? ¿Te has sentido alguna vez así? ¿Qué harías si tu vida se derrumbara de repente?