Fui la otra: La verdad amarga tras romper una familia

—¿De verdad crees que esto es amor, Lucía? —me preguntó mi madre, con los ojos llenos de decepción, mientras yo temblaba en la cocina de su piso en Vallecas, con las manos aferradas a una taza de café frío.

No supe qué responderle. Sólo sentía un nudo en la garganta. Álvaro acababa de dejar a su mujer, Carmen, y a sus dos hijos pequeños por mí. Yo, Lucía, la eterna secundaria, la que siempre soñó con ser protagonista de una historia de amor, me convertí en la villana de la vida de otra mujer. Y ahora, frente al espejo empañado del baño, sólo veía a una desconocida.

Todo empezó un otoño cualquiera en la oficina. Álvaro era mi jefe directo, un hombre carismático, con esa sonrisa que desarma y unos ojos grises que parecían leerme el alma. Al principio sólo eran cafés y bromas, pero pronto las miradas se volvieron caricias y las palabras, promesas. Cuando me confesó que su matrimonio era una rutina sin pasión, sentí que el destino me ponía a prueba. ¿Quién no ha soñado con un amor prohibido?

—No puedo más, Lucía. No quiero seguir viviendo una mentira —me susurró una noche, mientras el reloj del salón marcaba las tres de la mañana y yo temblaba entre sus brazos.

Le creí. Le creí cuando me juró que todo cambiaría, que juntos seríamos felices. Y cuando finalmente se fue de casa, dejando atrás a Carmen y a sus hijos, pensé que por fin empezaba mi cuento de hadas.

Pero la realidad no tardó en golpearme. Los primeros días fueron un torbellino de emociones: pasión, miedo, culpa. Álvaro llegaba a mi piso con el rostro cansado y los ojos rojos de tanto llorar. Yo intentaba animarle, pero cada vez que sonaba su móvil y veía el nombre de su hija mayor, Paula, sentía un pinchazo en el pecho.

—No puedo hablar ahora —decía él, apagando el teléfono—. Ya les llamaré mañana.

Pero ese mañana nunca llegaba. Y yo empecé a notar cómo la sombra de su antigua vida se colaba entre nosotros. Las cenas se volvían silenciosas; las noches, frías. Álvaro se encerraba en el baño durante horas o salía a caminar sin decir palabra. Yo fingía no darme cuenta, pero la culpa me devoraba por dentro.

Un domingo por la tarde, mientras veíamos una película en el sofá, Álvaro rompió a llorar.

—He destrozado a mi familia —sollozó—. Paula no quiere hablarme. Carmen me odia… ¿Y si me he equivocado?

Sentí que el suelo se abría bajo mis pies. ¿Y si yo sólo era un error? ¿Y si todo esto no era más que una huida hacia adelante?

Intenté ser fuerte. Me repetía que el amor lo podía todo, que sólo necesitábamos tiempo. Pero la ciudad parecía volverse hostil: los amigos comunes dejaron de llamarme; en el trabajo las miradas eran cuchillos; incluso mi hermana dejó de invitarme a las comidas familiares.

—No puedo apoyarte en esto —me dijo ella una tarde—. Has hecho mucho daño.

Empecé a aislarme. Salía poco, evitaba las redes sociales para no ver fotos de la familia que había roto. Por las noches me preguntaba si alguna vez podría perdonarme.

La relación con Álvaro se volvió una sucesión de reproches y silencios incómodos. Él echaba de menos a sus hijos; yo le echaba de menos a él, incluso cuando estaba a mi lado. La pasión se fue apagando y sólo quedó el peso insoportable de la culpa.

Una noche, después de una discusión especialmente amarga, Álvaro hizo las maletas y se fue sin decir adiós. Me quedé sola en aquel piso pequeño, rodeada de recuerdos que ya no significaban nada.

Pasaron los meses y aprendí a vivir con el vacío. Volví a ver a mi madre y le pedí perdón entre lágrimas. Ella me abrazó fuerte y me dijo:

—Todos cometemos errores, hija. Lo importante es aprender de ellos.

Hoy miro atrás y me doy cuenta de que perseguí una felicidad construida sobre el dolor ajeno. Que nunca se puede empezar algo nuevo sin cerrar bien lo anterior. Que la culpa es una sombra que te sigue allá donde vayas.

¿Merece la pena buscar la felicidad si para conseguirla tienes que destruir la vida de otros? ¿Es posible reconstruirse después de haber sido «la otra»? Os leo.