Papá, sin nosotros no eres nadie… Yo me levanté, cerré mi cuenta y los dejé solos
—Papá, sin nosotros no eres nadie. ¿No te das cuenta de que ya no puedes solo?
Las palabras de Lucía retumbaban en el salón, rebotando entre las paredes llenas de fotos familiares y recuerdos de una vida entera. Yo, Manuel, sentado en mi butaca de siempre, sentí cómo se me encogía el corazón. Mi hijo Javier, con los brazos cruzados y la mirada dura, asintió detrás de su hermana. Mi nieto jugaba en el suelo, ajeno a la tormenta que se desataba sobre mi cabeza.
—No digas eso, hija. —Intenté mantener la voz firme—. He llevado esta casa durante cuarenta años. He criado a tres hijos y he trabajado hasta dejarme la espalda en la obra.
—Eso fue antes, papá —insistió Lucía, con ese tono que mezcla cariño y lástima—. Ahora las cosas han cambiado. No puedes ni hacer la compra sin perderte. ¿Te acuerdas de la última vez? Te llamaron del supermercado porque te habías olvidado la cartera.
Javier intervino:
—Por eso llevamos tus cuentas, papá. Para que no te líes con los recibos ni te estafen. Hoy en día hay mucho listo suelto.
Sentí una punzada de rabia y vergüenza. ¿En qué momento había pasado de ser el pilar de la familia al abuelo despistado que necesita tutela? Recordé las tardes de domingo en la plaza del pueblo, cuando todos venían a pedirme consejo. Ahora parecía que sólo servía para estorbar.
Esa noche apenas dormí. Daba vueltas en la cama, escuchando el tic-tac del reloj y repasando cada palabra de mis hijos. «Sin nosotros no eres nadie»… ¿De verdad pensaban eso? ¿O era yo quien se había dejado arrinconar poco a poco?
A la mañana siguiente, mientras desayunaba mi café con leche y una tostada con tomate —como buen madrileño—, tomé una decisión. Me vestí con mi mejor camisa y salí rumbo al banco. El aire fresco de la Gran Vía me despejó las ideas.
En la sucursal, Roberto, el director de toda la vida, me recibió con una sonrisa:
—¡Hombre, don Manuel! ¿Qué le trae por aquí tan temprano?
—Vengo a cerrar mi cuenta —dije sin rodeos.
Roberto abrió mucho los ojos.
—¿Está seguro? Es una cuenta conjunta con sus hijos…
—Precisamente por eso. Quiero llevar mis cosas yo solo. Ya está bien de que me traten como a un crío.
Mientras firmaba los papeles, sentí una mezcla de miedo y alivio. 1.240.000 euros —mis ahorros de toda una vida— desaparecieron de la pantalla y pasaron a una nueva cuenta sólo a mi nombre. Salí del banco con el corazón acelerado y las manos sudorosas.
Al llegar a casa, llamé a mis hijos para reunirnos esa misma tarde. El ambiente estaba cargado; Lucía no paraba de mirar el móvil y Javier apretaba los labios.
—He cerrado la cuenta conjunta —anuncié—. A partir de ahora gestionaré mi dinero solo.
Lucía se levantó indignada:
—¿Pero qué has hecho? ¡Papá, no puedes! ¿Y si te pasa algo? ¿Y si te engañan?
Javier intentó calmarla:
—Déjale, Lucía. Si quiere hacerlo así…
—No quiero pelearme con vosotros —dije—. Pero necesito sentirme útil otra vez. No soy un mueble viejo ni un niño pequeño. Si alguna vez necesito ayuda, os lo pediré.
El silencio se hizo pesado. Mi nieto se acercó y me abrazó las piernas.
—Abuelo, ¿jugamos?
Me agaché y le revolví el pelo.
—Claro que sí, campeón.
Esa noche cené solo, pero tranquilo por primera vez en mucho tiempo. Miré las luces de Madrid desde la ventana y pensé en todo lo que había cambiado desde que era joven: los pisos pequeños, los vecinos cotillas, las sobremesas eternas con café y copa… Pero también pensé en lo que nunca debería cambiar: el respeto por uno mismo.
¿De verdad los padres dejamos de valer cuando envejecemos? ¿O somos nosotros quienes debemos recordarle al mundo —y a nuestros hijos— que seguimos aquí?