Nadie podía traer a mi nieto, hasta que una visita inesperada lo cambió todo: El viaje de mi padre hacia el perdón

—No puedo llevarte a Lucas este fin de semana, mamá. Lo siento, de verdad.

La voz de Sergio sonaba cansada, casi derrotada, al otro lado del teléfono. Yo apreté el auricular con fuerza, como si así pudiera retenerlo un poco más conmigo.

—¿Pero por qué? —pregunté, intentando que no se notara el temblor en mi voz.

—Trabajo, mamá. Ya sabes cómo está todo en la empresa desde que despidieron a medio equipo. Y Marta tiene guardia en el hospital. No hay nadie que pueda llevarlo.

Colgué sin decir nada más. Me quedé sentada en la cocina, mirando la taza de café frío y la foto de Lucas en la nevera. Tenía solo seis años, pero era mi alegría desde que nació. Desde que mi marido se fue hace ya más de una década y Sergio se distanció tras la muerte de su hermana, mi vida se había reducido a esperar los fines de semana para ver a mi nieto.

La casa estaba demasiado silenciosa. El reloj marcaba las horas con una precisión cruel. Me levanté para preparar algo de cenar, aunque no tenía hambre. Pensé en llamar a mi amiga Carmen, pero sabía que estaría con sus nietos. Todos parecían tener una familia menos yo.

De repente, el timbre sonó con insistencia. Me sobresalté, el corazón latiendo fuerte. ¿Quién podía ser a esas horas? Miré por la mirilla y casi no lo creí: era mi padre.

No lo veía desde hacía años. Desde aquella discusión brutal en Nochebuena, cuando le grité que nunca me había apoyado tras la muerte de mamá y que siempre había preferido a mi hermano menor, Alejandro. Él se marchó dando un portazo y nunca más volvió.

Abrí la puerta despacio. Mi padre estaba más encorvado, el pelo completamente blanco y los ojos hundidos.

—Hola, Lucía —dijo con voz ronca—. ¿Puedo pasar?

No supe qué decir. Asentí en silencio y le hice un gesto para que entrara. Se sentó en la silla del comedor, donde solía sentarse mamá.

—He venido porque… —empezó a decir, pero se le quebró la voz—. Porque estoy solo, hija. Y porque creo que ya es hora de pedirte perdón.

Me quedé helada. Nunca había escuchado esas palabras salir de su boca. Recordé todas las veces que me sentí invisible en casa, cómo me esforzaba por sacar buenas notas o ayudar a mamá solo para recibir una mirada de aprobación que nunca llegaba.

—¿Perdón por qué? —pregunté, casi desafiante.

Mi padre bajó la cabeza.

—Por no saber estar cuando más me necesitabas. Por no llorar contigo cuando murió tu hermana. Por no saber ser padre… ni abuelo.

Sentí un nudo en la garganta. Quise gritarle todo lo que me dolía aún, pero solo pude susurrar:

—Lucas tampoco vendrá este fin de semana…

Él asintió despacio.

—Quizá… podríamos intentar empezar de nuevo. Aunque sea tarde.

Nos quedamos en silencio largo rato. Afuera llovía y el sonido del agua contra los cristales parecía acompañar nuestro dolor compartido.

—¿Te acuerdas cuando íbamos al Retiro los domingos? —preguntó él de repente—. Tú siempre querías montar en las barcas y yo decía que era una pérdida de tiempo…

Sonreí por primera vez en meses.

—Y luego acababas tú remando mientras yo me reía —añadí.

Mi padre se echó a reír también, una risa tímida pero sincera. Por un momento, sentí que el tiempo retrocedía y volvíamos a ser familia.

Pasamos la noche hablando, recordando a mamá, a mi hermana, incluso a Alejandro, que ahora vivía en Valencia y apenas llamaba. Hablamos de Sergio y de Lucas; le conté cómo el niño adoraba los trenes y cómo cada vez que venía llenaba la casa de dibujos y risas.

A la mañana siguiente preparamos churros con chocolate, como hacíamos antes los domingos. Mi padre me ayudó a poner la mesa y hasta intentó hacerme reír imitando a los camareros del bar del barrio.

Cuando Sergio llamó para preguntar cómo estaba, le conté lo sucedido. Hubo un silencio incómodo al principio, pero luego escuché un suspiro aliviado.

—Quizá… podríamos ir todos juntos el próximo fin de semana —dijo Sergio—. A Lucas le haría ilusión ver al bisabuelo.

Colgué con lágrimas en los ojos. Miré a mi padre y vi en sus ojos algo nuevo: esperanza.

Esa tarde salimos juntos al parque del barrio. Caminamos despacio, hablando poco pero sintiéndonos acompañados por primera vez en años. Vi a otras familias jugando, abuelos con nietos corriendo tras una pelota, madres empujando carritos… Y por primera vez no sentí envidia ni soledad, sino gratitud por esa segunda oportunidad.

Ahora escribo esto mientras espero la llegada de Sergio y Lucas. Mi padre está sentado junto a mí, hojeando un álbum de fotos antiguas. Sé que aún queda mucho por sanar, muchas palabras por decir y heridas por cerrar. Pero también sé que el perdón no es olvidar, sino decidir seguir adelante juntos.

¿Quién decide cuándo es demasiado tarde para pedir perdón? ¿Cuántas familias viven separadas por orgullo o miedo? Ojalá mi historia anime a otros a abrir la puerta antes de que sea demasiado tarde.