Mi suegra exige que vuelva a organizar la Nochebuena, pero esta vez dije NO. Así fue como todo explotó en mi familia…
—Marisa, este año también cuentas tú con la organización de la cena, ¿verdad? —La voz de Carmen, mi suegra, retumbó en el salón como una sentencia. Ni siquiera era una pregunta, era una orden disfrazada de cortesía.
Sentí cómo se me encogía el estómago. Mi marido, Luis, ni levantó la vista del móvil. Mi cuñada, Lucía, fingía estar muy ocupada con los deberes de su hija. Y yo, ahí sentada, recordando el desastre del año pasado: dieciséis personas en mi pequeño piso de Vallecas, la vitrocerámica a punto de explotar, los niños corriendo entre cazuelas y mi suegra criticando cada detalle.
—Carmen, este año… —intenté decir con voz firme— no puedo hacerme cargo de todo otra vez.
El silencio fue tan denso que se podía cortar con un cuchillo. Mi suegra me miró como si acabara de insultar a la Virgen. Luis levantó la vista, por fin, pero solo para mirarme con ese gesto de «¿qué haces?».
—¿Cómo que no puedes? —preguntó Carmen, con ese tono que mezcla decepción y amenaza—. Si siempre lo has hecho tú. Además, tu casa es la más grande.
Mentira. La casa de Lucía es más grande y tiene terraza. Pero Lucía siempre se escaquea con excusas: que si los niños, que si el trabajo… Y Luis nunca dice nada. Siempre soy yo la que acaba cargando con todo.
El año pasado acabé llorando en el baño mientras todos brindaban por la «familia unida». Nadie me ayudó a recoger. Nadie preguntó si necesitaba algo. Solo Carmen criticando el bacalao porque «no era como el de su madre» y Lucía quejándose porque no había turrón de chocolate.
—No puedo —repetí, esta vez más alto—. Estoy cansada. El año pasado fue demasiado para mí y nadie ayudó. Si queréis cenar juntos, tenemos que repartirnos las tareas o buscar otra solución.
Carmen se levantó bruscamente y salió al balcón. Luis me miró como si hubiera traicionado a toda su estirpe.
—¿No podías haberlo dicho en privado? —susurró él.
—¿Y cuándo? Si nunca me escucháis —le respondí con lágrimas en los ojos.
Lucía aprovechó para decir:
—Bueno, yo este año tengo guardia en el hospital…
Mentira otra vez. Lo supe porque su compañera es amiga mía y me contó que Lucía había pedido vacaciones para irse a esquiar a Sierra Nevada.
La tensión se podía cortar. Carmen volvió del balcón con los ojos rojos:
—Pues si no quieres hacerlo tú, lo haré yo. Pero luego no te quejes si las cosas no salen como te gustan.
Me mordí la lengua para no contestar. Sabía que cualquier palabra sería usada en mi contra.
Esa noche apenas dormí. Luis estaba enfadado conmigo por «romper la tradición» y yo me sentía culpable pero también aliviada. Por primera vez había dicho lo que sentía.
Los días siguientes fueron un infierno de mensajes en el grupo familiar:
Carmen: «Este año cada uno trae un plato y punto.»
Lucía: «Yo llevo ensaladilla rusa (de Mercadona).»
Luis: «¿Y quién pone la mesa?»
Carmen: «Marisa siempre lo hace muy bien…»
Otra vez la presión sobre mí. Decidí no responder.
Una tarde, mi hija Paula se acercó mientras yo preparaba la cena:
—Mamá, ¿por qué estás triste?
La miré y sentí una punzada en el pecho. No quería que ella creciera pensando que tenía que sacrificarse siempre por los demás.
—No estoy triste, cariño. Solo estoy aprendiendo a decir lo que necesito.
El día de Nochebuena llegó y esta vez fuimos a casa de Carmen. Todo era un caos: platos fríos, niños peleándose por el mando de la tele, Carmen gritando porque se le quemaban los langostinos… Nadie parecía disfrutar realmente.
En medio del desorden, Lucía se acercó a mí:
—Te admiro por haberlo dicho. Yo nunca me atrevo con mamá.
La miré sorprendida. Por primera vez sentí que no estaba sola.
Al final de la noche, mientras recogía los abrigos de mis hijos, Carmen se acercó:
—Quizá tienes razón, Marisa. Quizá deberíamos cambiar las cosas…
No sé si lo decía en serio o solo estaba cansada. Pero por primera vez sentí que mi voz había sido escuchada.
Ahora me pregunto: ¿Por qué nos cuesta tanto poner límites en familia? ¿Cuántas veces hemos callado por miedo a decepcionar? ¿Y si este año nos atrevemos a decir lo que realmente sentimos?