“Tu marido, querida, trae a otra cuando no estás”: La traición que destrozó mi familia
—Tu marido, querida, trae a otra cuando no estás.
Esa frase, susurrada por Carmen, la vecina del tercero, mientras bajábamos juntas en el ascensor, fue como un puñal helado directo al pecho. Me quedé paralizada, con las llaves temblando entre los dedos y el corazón desbocado. Carmen me miró con lástima y bajó la vista, como si hubiera soltado una bomba y ahora solo quisiera desaparecer. No supe qué decir. Solo asentí, como si aquello fuera una noticia cualquiera, pero por dentro sentí que el suelo se abría bajo mis pies.
Me llamo Lucía y tengo 38 años. Vivo en un barrio de Madrid desde hace más de una década. Siempre pensé que mi vida era normal: trabajo de administrativa en una gestoría, tengo dos hijos —Álvaro y Sofía— y estaba casada con Marcos desde hace quince años. Digo «estaba» porque, aunque en ese momento aún no lo sabía, mi matrimonio ya era solo una fachada.
Esa tarde llegué a casa antes de lo habitual. Los niños estaban en casa de mi madre y Marcos aún no había vuelto del trabajo, o eso creía yo. Me senté en el sofá, incapaz de hacer nada más que repasar mentalmente cada detalle de los últimos meses: las noches que llegaba tarde, los mensajes que contestaba a escondidas, su repentino interés por el gimnasio. ¿Cómo no lo vi antes? ¿Cómo pude ser tan ingenua?
No pude evitarlo. Cogí el móvil y marqué su número. Tardó en contestar.
—¿Sí, Lucía? —su voz sonaba lejana.
—¿Dónde estás? —pregunté, intentando sonar tranquila.
—En la oficina, cariño. Hoy se ha alargado todo —mintió sin titubear.
Colgué sin decir nada más. Sentí rabia, tristeza y una humillación tan profunda que tuve que taparme la boca para no gritar. Me levanté y empecé a buscar pruebas: revisé cajones, miré su ordenador portátil, hasta que encontré una pulsera de mujer en el fondo del armario. No era mía. El olor a perfume ajeno impregnaba la tela de su camisa favorita.
Esa noche apenas dormí. Cuando Marcos llegó, fingí estar dormida. Le oí moverse por la casa, ducharse y meterse en la cama como si nada pasara. Me pregunté cuántas veces habría hecho lo mismo mientras yo cuidaba de todo: los niños, la casa, su madre enferma.
Al día siguiente, Carmen me esperaba en el portal.
—Perdona si te he molestado —me dijo en voz baja—. Pero creo que mereces saberlo.
No contesté. Solo asentí y seguí mi camino. En el trabajo no pude concentrarme; cada vez que sonaba el móvil temía que fuera él o, peor aún, ella. Empecé a fijarme en todo: las miradas de los vecinos, los susurros en el patio. ¿Cuánto tiempo llevaba siendo el hazmerreír del edificio?
Una tarde, decidí enfrentarlo. Esperé a que los niños se durmieran y le pedí que habláramos.
—Marcos, ¿hay algo que quieras contarme? —pregunté mirándole a los ojos.
Él bajó la mirada y suspiró.
—Lucía… no sé cómo hemos llegado hasta aquí.
—¿Quién es ella? —insistí.
Se hizo un silencio denso. Finalmente lo admitió: llevaba meses viéndose con otra mujer, una compañera del trabajo llamada Beatriz. Dijo que se sentía solo, que nuestra rutina le ahogaba, que necesitaba sentirse vivo otra vez. Palabras vacías para justificar lo injustificable.
—¿Y los niños? ¿Y yo? —pregunté entre lágrimas.
No supo qué responderme. Solo pidió perdón una y otra vez mientras yo sentía cómo mi dignidad se desmoronaba con cada palabra suya.
Durante semanas viví en una especie de limbo: fingía normalidad por mis hijos mientras por dentro me rompía en mil pedazos. Mi madre me abrazó fuerte cuando se lo conté; mi hermana Marta vino desde Valencia solo para estar conmigo unos días. Pero ni siquiera su apoyo podía llenar el vacío que dejó la traición de Marcos.
Los niños empezaron a notar el ambiente tenso en casa. Álvaro preguntaba por qué papá dormía en el sofá; Sofía lloraba por las noches sin entender nada. Me sentí culpable por no poder protegerlos del dolor, pero también sabía que merecían una madre fuerte y honesta.
La noticia corrió como la pólvora por el barrio. Las vecinas me miraban con compasión; algunos amigos dejaron de llamarme, como si la infidelidad fuera contagiosa o yo tuviera la culpa de todo. En la gestoría, mi jefa me ofreció unos días libres para recuperarme; acepté agradecida porque necesitaba tiempo para pensar.
Un día decidí que no podía seguir así. Llamé a un abogado y empecé los trámites de separación. Marcos intentó convencerme de que lo pensara mejor, que podíamos ir a terapia de pareja, pero yo ya no podía confiar en él. No después de tantas mentiras.
La primera noche sola en casa fue aterradora y liberadora a la vez. Lloré hasta quedarme dormida abrazando a mis hijos. Al día siguiente me miré al espejo y vi a una mujer distinta: cansada pero decidida a salir adelante.
Hoy han pasado seis meses desde aquella tarde en el ascensor. Sigo luchando cada día por reconstruir mi vida y la de mis hijos. Hay días buenos y días malos; aún duele ver a Marcos cuando viene a recogerlos los fines de semana, pero ya no siento rabia sino lástima por él.
A veces me pregunto si alguna vez podré volver a confiar en alguien o si esta herida me acompañará siempre. ¿Vosotros qué haríais? ¿Se puede volver a creer en el amor después de una traición así?