Entre dos fuegos: El día que tuve que elegir entre mi madre y mi esposa

—¡No pienso quedarme ni un minuto más bajo el mismo techo que esa mujer!— gritó mi madre, con los ojos llenos de lágrimas y rabia, mientras mi esposa, Lucía, se refugiaba en la cocina, temblando de impotencia. Yo, en medio del salón, sentía cómo el suelo se abría bajo mis pies. Era domingo, el día en que toda la familia se reunía en casa para comer cocido madrileño, como dictaba la tradición desde que tengo memoria. Pero aquel día, la tradición se rompió para siempre.

Mi madre, Carmen, siempre fue una mujer fuerte, de esas que no se callan ni una. Desde que Lucía y yo nos casamos, hace ya seis años, nunca aceptó del todo que su hijo ya no era solo suyo. «Las nueras vienen a quitarte lo que es tuyo», solía decirle a sus amigas en el mercado de abastos. Yo intentaba mediar, hacer malabares para que ambas se sintieran queridas y respetadas, pero cada vez era más difícil.

Todo empezó por una tontería: Lucía había decidido cambiar el mantel de la mesa por uno nuevo, azul claro, porque el antiguo estaba ya muy gastado. Mi madre entró en el comedor y al ver el mantel exclamó:

—¿Dónde está el mantel de siempre? Ese lo bordó mi abuela con sus propias manos.

—Lo tengo guardado, Carmen. Solo quería probar este hoy, para variar un poco— respondió Lucía con voz suave.

—¡Pues a mí no me parece bien! Aquí las cosas no se cambian porque sí. ¡Esta casa tiene historia!— replicó mi madre, alzando la voz.

El ambiente se tensó en un segundo. Mi padre, Antonio, intentó calmarla:

—Carmen, mujer, no es para tanto. Es solo un mantel.

Pero ella no escuchaba. Se giró hacia mí y me lanzó una mirada que me atravesó el alma:

—¿Vas a permitir que esta chica haga y deshaga en tu casa como le da la gana?

Sentí cómo la sangre me subía a la cabeza. Miré a Lucía, que tenía los ojos vidriosos pero mantenía la compostura. Miré a mi madre, tan herida como enfadada. Y entonces supe que había llegado el momento que tanto temía: tenía que elegir.

—Mamá, por favor…— empecé a decir, pero ella me interrumpió.

—No me digas nada. Ya veo lo que importo aquí.

Se fue al dormitorio y cerró la puerta de un portazo. El silencio fue absoluto. Mi hermana Marta me miró con tristeza desde el sofá. Mi padre suspiró y se levantó para ir tras ella.

Me acerqué a Lucía y le cogí la mano. Temblaba.

—No quería hacerle daño… Solo quería que todo estuviera bonito para hoy— susurró.

—Lo sé…— respondí, sintiéndome el hombre más cobarde del mundo por no haber sabido evitarlo.

La comida fue un desastre. Nadie probó bocado. Mi madre salió del dormitorio solo para decir que se iba a casa de mi tía Rosa y que no quería volver a vernos hasta que «las cosas estuvieran claras». Mi padre se fue con ella, cabizbajo.

Esa noche no pude dormir. Me debatía entre el deber de hijo y el compromiso de esposo. Recordé todas las veces que mi madre me cuidó cuando era niño: las noches en vela cuando tenía fiebre, los bocadillos de chorizo envueltos en papel de aluminio para las excursiones del colegio… Pero también recordé los abrazos de Lucía cuando llegaba agotado del trabajo, su paciencia infinita con mis manías, su risa llenando la casa de luz.

Al día siguiente llamé a mi madre. No contestó. Fui a verla al piso de mi tía. Me recibió con frialdad:

—¿Vienes solo o te acompaña tu señora?

—Vengo solo, mamá. Quiero hablar contigo.

Se sentó frente a mí, cruzando los brazos.

—Mamá… Lucía es mi esposa. La mujer con la que he decidido compartir mi vida. Eso no significa que te quiera menos a ti. Pero tienes que entender que ahora mi familia es ella también.

Vi cómo le temblaba la barbilla antes de responder:

—¿Y yo qué soy entonces? ¿Un estorbo?

—No digas eso… Siempre serás mi madre. Pero necesito que respetes a Lucía como parte de nuestra familia.

Se le escapó una lágrima y bajó la mirada.

—Me siento sola desde que te casaste… Antes venías cada día a verme. Ahora solo vengo yo aquí cuando me llamas para comer…

Me dolió escucharla así. La abracé fuerte.

—No quiero perderte, mamá. Pero tampoco puedo perder a Lucía por no saber poner límites.

Pasaron semanas hasta que mi madre aceptó volver a casa. La relación sigue siendo tensa; los domingos ya no son iguales. A veces pienso si hice lo correcto o si podría haberlo gestionado mejor. Pero sé que tenía que dar ese paso: defender a mi esposa sin dejar de querer a mi madre.

Ahora cada vez que veo a Lucía poner la mesa con ese mantel azul claro, siento una punzada en el pecho y otra de alivio. ¿Puede un hombre ser buen hijo y buen marido al mismo tiempo? ¿O estamos condenados a elegir siempre entre dos amores imposibles de conciliar?