¿Por qué me miras así? La historia de una mujer española que no quiere ser madre
—¿Otra vez con lo mismo, mamá?—. Mi voz temblaba, aunque intentaba sonar firme. Era la tercera vez esa semana que mi madre me preguntaba cuándo pensaba darle nietos. Estábamos en la cocina, rodeadas de ese olor a cocido que tanto me recordaba a mi infancia en Salamanca, pero ahora todo era distinto. Yo, con treinta y seis años, casada con Álvaro desde hace siete, seguía escuchando la misma pregunta como si fuera una obligación pendiente.
—Lucía, hija, no entiendo por qué te empeñas en ir contra natura. Todas tus primas ya tienen niños. ¿No ves lo felices que son?—. Mi madre me miraba con esos ojos llenos de reproche y tristeza, como si yo fuera la causa de su mayor decepción.
No sabía cómo explicarle que mi felicidad no dependía de un bebé. Que mi vida estaba llena de otras cosas: mi trabajo en la editorial, mis viajes con Álvaro, las tardes de lectura en el parque, las cenas improvisadas con amigos. Pero nada de eso parecía suficiente para ella ni para el resto de la familia.
Recuerdo la primera vez que se lo confesé a Álvaro. Fue una noche de verano, en la terraza de nuestro piso en Madrid. Él se quedó callado, mirando las luces de la ciudad.
—¿Y si algún día cambias de opinión?— me preguntó, casi en un susurro.
—No lo creo, Álvaro. Nunca he sentido ese deseo. No quiero ser madre— respondí, sintiendo un nudo en el estómago.
Él asintió, pero desde entonces algo cambió entre nosotros. Empezaron las discusiones veladas, los silencios incómodos cuando algún amigo anunciaba un embarazo, las miradas largas cuando pasábamos junto a un parque lleno de niños.
La presión no venía solo de casa. En el trabajo, mis compañeras hablaban sin parar de sus hijos: las guarderías, los deberes, las fiestas de cumpleaños. Cuando yo decía que no tenía hijos ni pensaba tenerlos, me miraban como si estuviera incompleta. Una vez, Marta —la más mayor del grupo— me soltó:
—Ya cambiarás de idea cuando te llegue el instinto maternal. Eso es ley de vida.
Pero el instinto nunca llegó. Lo que sí llegó fue la culpa. Me sentía egoísta por querer una vida diferente, por no cumplir con lo que se esperaba de mí como mujer española. Me preguntaba si estaba fallando a mi familia, a Álvaro, incluso a mí misma.
Las Navidades eran especialmente duras. Toda la familia reunida en casa de mis padres en Salamanca: mis primas con sus hijos correteando por el salón, los abuelos repartiendo regalos y yo, sentada en una esquina, sintiéndome cada vez más ajena a todo aquello.
Una noche, después de una cena especialmente tensa en la que mi tía Carmen me preguntó delante de todos si tenía algún problema médico que me impidiera ser madre, exploté.
—¡No quiero tener hijos! ¿Tan difícil es de entender? No estoy enferma ni soy menos mujer por ello— grité, con lágrimas en los ojos.
Hubo un silencio incómodo. Mi padre bajó la mirada y mi madre se levantó para recoger los platos sin decir palabra. Sentí que había cruzado una línea invisible.
Álvaro y yo volvimos a Madrid esa misma noche. En el coche apenas hablamos. Al llegar a casa, él me miró con una mezcla de cansancio y tristeza.
—¿Y si nos damos un tiempo?— dijo finalmente.
Sentí que el suelo se abría bajo mis pies. Había perdido a mi familia y ahora también a mi compañero de vida por una decisión que solo me afectaba a mí.
Pasaron los meses y aprendí a vivir sola. Descubrí nuevas amistades, mujeres como yo que tampoco querían ser madres y que luchaban cada día contra los mismos prejuicios. Empecé a escribir sobre mi experiencia en un blog y recibí cientos de mensajes: algunos llenos de comprensión y apoyo; otros cargados de odio y reproche.
Un día recibí un correo de mi madre:
«Lucía, hija, sigo sin entenderte pero te quiero igual. Solo quiero que seas feliz.»
Lloré mucho ese día. Por fin sentí que podía respirar sin culpa.
Hoy sigo sin querer hijos y sigo siendo feliz con mi elección. Pero cada vez que alguien me pregunta: «¿Por qué no quieres ser madre?», vuelvo a sentir esa presión invisible que pesa sobre tantas mujeres en España.
¿Hasta cuándo vamos a juzgar a las mujeres por no seguir el camino marcado? ¿No es hora ya de dejar vivir y dejar ser?