Entre dos amores: Cuando mi hija rechaza mi nueva oportunidad de ser feliz

—¿Vas a salir otra vez con él? —La voz de Lucía retumbó en el pasillo, tan fría como el mármol de la cocina donde aún quedaban restos del desayuno. Me detuve en seco, con el bolso en la mano y el corazón encogido. No era la primera vez que discutíamos, pero esta vez sentí que algo se rompía por dentro.

Hace tres años, la vida me arrancó a Javier, mi marido, en un accidente absurdo en la carretera de Toledo. Recuerdo el sonido del teléfono aquella mañana, la voz temblorosa de la Guardia Civil, el vacío que se apoderó de mi pecho. Desde entonces, cada día ha sido una batalla: levantarme, cuidar de Lucía, ir al trabajo en la gestoría de la plaza Mayor, volver a casa y fingir que todo estaba bien. Pero nada estaba bien. Ni para mí ni para ella.

Lucía tenía solo doce años cuando su padre murió. Se volvió silenciosa, encerrada en su habitación con los cascos puestos, dibujando en su cuaderno las cosas que no podía decirme. Yo intentaba acercarme, pero cada intento era como chocar contra un muro invisible. «Déjame en paz, mamá», me decía. Y yo me iba al baño a llorar en silencio.

Pasaron los años y aprendimos a convivir con la ausencia. Pero la soledad pesa. Mis amigas me animaban: «Tienes derecho a rehacer tu vida, Ana». Yo asentía, aunque por dentro sentía culpa. ¿Cómo iba a pensar en otro hombre si Javier seguía presente en cada rincón de la casa?

Todo cambió cuando conocí a Miguel en el trabajo. Era viudo también, padre de dos hijos mayores que ya no vivían en casa. Empezamos tomando café después del trabajo, compartiendo historias de pérdidas y pequeñas alegrías cotidianas. Sin darme cuenta, empecé a reír otra vez. A sentirme viva.

La primera vez que le hablé de Miguel a Lucía, tenía dieciséis años. Me miró como si le hubiera traicionado. «¿Y papá?», preguntó con los ojos llenos de lágrimas. «Papá siempre estará con nosotras», le respondí, intentando abrazarla. Pero ella se apartó.

Desde entonces, cada vez que salgo con Miguel es motivo de discusión. Lucía se encierra más en sí misma, apenas me habla y cuando lo hace es para reprocharme: «Solo piensas en ti» o «No te importa cómo me siento». He intentado explicarle que amar a Miguel no significa dejar de quererla ni olvidar a su padre. Pero parece que mis palabras no llegan hasta ella.

Una noche, después de una cena tensa en la que apenas probó bocado, Lucía explotó:
—Si sigues viéndole, me voy a vivir con los abuelos.
Me quedé helada. Mis padres viven en Salamanca y siempre han estado ahí para nosotras, pero la idea de perderla me destrozó.
—No digas tonterías, Lucía. Sabes que te quiero más que a nada en este mundo.
Ella me miró con rabia contenida:
—Pues demuéstralo. Elige.

Esa noche no dormí. Di vueltas en la cama recordando los primeros pasos de Lucía, sus risas cuando íbamos al parque con Javier, las noches en vela cuando tenía fiebre… ¿Cómo podía pedirle que entendiera algo tan complejo? ¿Cómo podía yo misma entenderlo?

Al día siguiente llamé a mi amiga Carmen.
—No puedo más —le confesé entre sollozos—. Siento que haga lo que haga voy a perderla.
Carmen me escuchó en silencio y luego me dijo algo que no he podido olvidar:
—Ana, tu felicidad también importa. Si tú no eres feliz, ¿cómo vas a cuidar de Lucía?

Pero la culpa seguía ahí, como una losa sobre el pecho. En el trabajo apenas podía concentrarme; temía volver a casa y enfrentarme al silencio gélido de mi hija.

Un sábado por la tarde, Miguel vino a buscarme para dar un paseo por El Retiro. Dudé hasta el último momento si salir o quedarme con Lucía. Al final salí, pero todo el tiempo estuve mirando el móvil, esperando un mensaje suyo que nunca llegó.

Al volver encontré la casa vacía y una nota sobre la mesa:
«He ido a casa de los abuelos. No me busques».

El mundo se me vino abajo. Llamé a mis padres entre lágrimas; me dijeron que Lucía estaba bien pero no quería hablar conmigo.

Pasaron días sin noticias suyas. Miguel intentaba animarme pero yo solo pensaba en mi hija. ¿Había sido egoísta? ¿Debería renunciar a mi propia felicidad por ella?

Finalmente fui a Salamanca a buscarla. Nos sentamos frente a frente en el salón de mis padres; ella evitaba mirarme.
—Lucía —dije al fin—, sé que esto es difícil para ti. Pero también lo es para mí. No quiero perderte ni renunciar a lo que siento por Miguel. No sé cómo hacerlo bien… Solo sé que te quiero más que a nada y necesito que lo entiendas.
Ella rompió a llorar y por primera vez en meses se dejó abrazar.
—Tengo miedo de que te olvides de papá —susurró—. Y miedo de perderte también.

Nos abrazamos largo rato y sentí que algo se aflojaba dentro de mí. Sé que el camino será largo y habrá días malos, pero por primera vez tengo esperanza.

A veces me pregunto: ¿Es posible ser buena madre y buscar tu propia felicidad al mismo tiempo? ¿Cuántas mujeres han tenido que elegir entre su corazón y su familia? ¿Vosotros qué haríais?