Dos años de silencio: Mi hija ya no quiere verme
—¿Por qué no me contestas, Lucía? —susurré al teléfono, aunque sabía que nadie iba a responder. El pitido del móvil era el único sonido en la cocina, donde la luz de la mañana apenas se atrevía a entrar. Llevaba dos años esperando un mensaje suyo, una llamada, cualquier cosa. Dos años desde aquella discusión que lo cambió todo.
Recuerdo perfectamente ese día. Era una tarde de noviembre en Madrid, el cielo gris y la lluvia golpeando los cristales. Lucía llegó tarde a casa, como tantas otras veces desde que empezó la universidad. Yo estaba cansada, preocupada, y cuando la vi entrar sin saludar, exploté.
—¿Te parece normal llegar a estas horas? —le grité desde el pasillo.
Ella ni siquiera me miró. Se quitó los auriculares y murmuró:
—Mamá, tengo 21 años. No soy una niña.
—¡Pues compórtate como una adulta! —respondí, sin poder controlar el temblor en mi voz.
La discusión subió de tono. Palabras que nunca debimos decir se lanzaron como cuchillos. «No entiendes nada de mi vida», gritó ella. «Solo quiero lo mejor para ti», respondí yo, pero ya era tarde. Esa noche se fue a casa de su padre y desde entonces, el silencio se instaló entre nosotras.
Al principio pensé que era una rabieta más. Que volvería en unos días, como siempre. Pero las semanas pasaron y su ausencia se hizo más profunda. Su habitación quedó intacta, como si en cualquier momento fuera a volver. Pero no volvió.
Intenté llamarla, mandarle mensajes, incluso fui a buscarla a la facultad. Nada. Su padre, Enrique, tampoco me ayudó mucho. «Déjala respirar», me decía él, como si no supiera lo que es ver cómo tu hija te borra de su vida.
Las navidades fueron un infierno. La mesa más vacía que nunca, los villancicos sonando en la tele mientras yo miraba su silla vacía. Mi madre intentaba animarme:
—Ya volverá, hija. Las hijas siempre vuelven.
Pero yo veía en sus ojos la misma preocupación que sentía yo.
Mis amigas intentaron distraerme. Salidas al cine, cafés en la Plaza Mayor, paseos por El Retiro. Pero todo me recordaba a Lucía: su risa en los bancos del parque, las fotos juntas frente al Palacio Real…
Un día me encontré con Marta, su mejor amiga de la infancia, en el supermercado.
—¿Sabes algo de Lucía? —le pregunté casi sin aliento.
Marta bajó la mirada.
—Está bien… pero no quiere hablar contigo todavía. Dice que necesita tiempo.
Salí del supermercado con las lágrimas cayendo por mi cara y una pregunta clavada en el pecho: ¿qué hice tan mal?
Empecé a repasar cada momento de nuestra vida juntas. ¿Fui demasiado exigente? ¿Demasiado protectora? ¿No supe escucharla cuando más lo necesitaba? La culpa se convirtió en mi compañera diaria.
Enrique y yo nos separamos cuando Lucía tenía diez años. Siempre intenté compensar esa ausencia con amor y dedicación, pero quizá no fue suficiente. Quizá nunca lo es.
Hace unos meses recibí una carta de Lucía. No era una reconciliación, solo unas líneas frías:
«Mamá, necesito espacio. Por favor, respétalo. Estoy bien. No te preocupes por mí.»
La leí mil veces buscando un resquicio de cariño, una señal de esperanza. Pero solo encontré distancia.
El barrio también cambió para mí. Las vecinas dejaron de preguntarme por Lucía; supongo que ya sabían la respuesta o no querían incomodarme más. Yo me refugié en el trabajo y en los libros, pero nada llenaba ese vacío.
A veces sueño con ella: la veo pequeña, corriendo por el parque con las rodillas llenas de tierra y los ojos brillando de alegría. Me despierto con el corazón encogido y la casa más silenciosa que nunca.
Hace poco fui a terapia. La psicóloga me dijo que debía aprender a soltar, a dejar que Lucía encuentre su camino aunque eso signifique alejarse de mí por un tiempo. Pero ¿cómo se aprende a vivir con esta ausencia?
Hoy vuelvo a sentarme frente al móvil esperando un mensaje que quizá nunca llegue. Me pregunto si algún día podré perdonarme por mis errores o si Lucía podrá entender que todo lo hice por amor.
¿De verdad es tan fácil perder a un hijo? ¿O es el silencio lo que más duele? ¿Alguna vez habéis sentido este vacío? Os leo.