A los 58, el corazón late de nuevo: Entre el amor y la culpa
—¿Pero tú te has vuelto loca, Carmen? —La voz de mi hermana Mercedes retumbó en la cocina, donde el olor a café recién hecho no lograba suavizar la tensión.
Me quedé mirando la taza entre mis manos, temblorosa. No era la primera vez que alguien me lo decía esa semana. Desde que confesé que estaba pensando en separarme de Antonio, mi marido durante treinta y tres años, la familia entera parecía haber entrado en estado de emergencia.
—No lo entiendes, Merche. No es una locura. Es… —Busqué las palabras, pero se me atragantaron. ¿Cómo explicar que a los 58 años sentía mariposas en el estómago como una adolescente? ¿Cómo poner en palabras el vértigo de volver a ilusionarme?
Mercedes bufó, cruzando los brazos. —¿Y por quién? ¿Por ese profesor de pintura? ¿Por un capricho? Carmen, tienes dos hijos, una casa, una vida hecha. ¿Vas a tirarlo todo por la borda por una tontería?
Me mordí el labio. No era una tontería. Se llamaba Ignacio. Había llegado al centro cultural del barrio hace seis meses, con su barba canosa y sus manos manchadas de óleo. Yo solo quería distraerme tras la jubilación anticipada del banco; nunca imaginé que él vería algo en mí más allá de una mujer invisible para casi todos.
La primera vez que me habló, fue para corregirme la forma en que sujetaba el pincel. —No tengas miedo de mancharte —me dijo con una sonrisa cálida—. La vida está para ensuciarse un poco.
Y yo, que llevaba años limpiando manchas ajenas y tragando silencios, sentí que algo se encendía dentro.
Las tardes en el taller se convirtieron en mi refugio. Ignacio me escuchaba hablar de mis hijos —Lucía y Pablo—, de Antonio y sus manías, de la soledad que sentía aunque estuviera rodeada de gente. Él no juzgaba; solo escuchaba y reía conmigo. Un día, sin pensarlo, me rozó la mano al pasarme un pincel. Sentí un escalofrío. No era solo amistad.
La culpa llegó enseguida. ¿Cómo podía sentir esto por otro hombre? ¿Qué clase de madre era yo? Pero también llegó la alegría: me sentía viva por primera vez en años.
Antonio no sospechaba nada. Seguía con su rutina: el dominó con los amigos, las noticias en la tele, las cenas en silencio. Cuando le hablé de mis clases de pintura, apenas levantó la vista del plato.
—Haz lo que quieras, Carmen —dijo—. Mientras no me líes con tus cosas…
Esa indiferencia dolía más que cualquier reproche.
Una noche, después de una exposición en el centro cultural, Ignacio me invitó a tomar algo. Caminamos por las calles del barrio viejo, bajo las farolas anaranjadas. Me contó que había enviudado hacía años y que pensaba que nunca volvería a sentir nada parecido al amor.
—Pero contigo… —dijo bajando la voz— siento que todo es posible otra vez.
Me detuve en seco. El corazón me latía tan fuerte que temí que lo oyera.
—Ignacio… yo estoy casada.
Él asintió despacio.
—No te pido nada —susurró—. Solo quería decírtelo.
Esa noche no dormí. Miré a Antonio roncando a mi lado y sentí una mezcla de ternura y tristeza. Habíamos compartido media vida, pero ya no nos mirábamos igual.
Al día siguiente, Lucía vino a casa con los niños. Mientras jugaban en el salón, le conté lo que pasaba. Esperaba comprensión; encontré incredulidad.
—Mamá, ¿te has vuelto loca? ¿A tu edad? Papá te necesita… Nosotros también.
—¿Y yo? —pregunté bajito— ¿Quién me necesita a mí?
Lucía me miró como si no entendiera el idioma.
Las semanas pasaron entre dudas y lágrimas furtivas en el baño. Ignacio seguía ahí, paciente, sin presionar. Antonio seguía igual: distante, ajeno a mi tormenta interna.
Un domingo por la tarde, mientras preparaba una tortilla para cenar, Antonio entró en la cocina y me miró fijamente por primera vez en meses.
—¿Pasa algo? —preguntó.
Sentí un nudo en la garganta.
—Antonio… creo que ya no soy feliz.
Él bajó la mirada y suspiró.
—Yo tampoco —admitió al cabo de un rato—. Pero esto es lo que hay, ¿no?
Me quedé helada. ¿Eso era todo? ¿Resignarse hasta el final?
Esa noche tomé una decisión. Llamé a Ignacio y le pedí vernos al día siguiente.
Nos sentamos en un banco del parque del Retiro, rodeados de hojas caídas y murmullos lejanos.
—He decidido separarme —le dije sin rodeos—. No sé si estoy haciendo lo correcto ni si esto durará… pero quiero intentarlo. Quiero vivir antes de que sea demasiado tarde.
Ignacio me abrazó fuerte. Lloré como una niña pequeña.
Ahora escribo esto desde un piso pequeño en Lavapiés, rodeada de lienzos y pinceles. Mis hijos apenas me hablan; Mercedes sigue sin entenderlo. Pero cada mañana despierto con esperanza y miedo a partes iguales.
¿Es egoísta buscar la felicidad cuando todos esperan que sigas igual? ¿Cuándo fue la última vez que os preguntasteis qué queréis realmente para vosotros mismos?