Año Nuevo, Viejas Heridas: El Último Invierno de Nuestra Vida Juntos
—¿De verdad quieres ir al cementerio hoy, Tomás? —pregunté, intentando que mi voz no sonara tan cansada como me sentía. Era Nochevieja, la casa olía a sopa de marisco y a ese perfume barato que siempre me ponía para las fiestas. El perro de Lucía y Sergio dormía en el sofá, ajeno a la tensión que flotaba en el aire.
Tomás no me miró. Se puso la bufanda azul que le regalé hace años y murmuró:
—No sé, Carmen. Me apetece ver a mis padres. Hace frío, pero… no sé, necesito aire.
Llevábamos 35 años casados. Yo tenía 62 y él 68. Siempre pensé que éramos felices, o al menos, que la felicidad era esto: compartir silencios, discutir por tonterías, ver la tele juntos aunque no habláramos mucho. Pero esa noche, mientras Tomás cerraba la puerta tras de sí, sentí un vacío que no supe nombrar.
Me quedé sola con el perro y el reloj marcando las once. Pensé en llamar a Lucía para desearle feliz año antes de que se emborrachara demasiado, pero no quería molestar. Me serví una copa de cava y encendí la tele. Las campanadas aún no habían empezado.
Cuando Tomás volvió, tenía los ojos rojos. No supe si era por el frío o por las lágrimas.
—¿Estás bien? —pregunté.
Él se encogió de hombros y se sentó a mi lado. El perro se subió a sus rodillas y Tomás lo acarició en silencio.
—He estado pensando —dijo de repente—. No sé si esto tiene sentido ya.
Sentí un escalofrío. No hacía falta preguntar a qué se refería.
—¿El qué? ¿Nosotros?
Asintió sin mirarme.
—No quiero hacerte daño, Carmen. Pero llevo años sintiéndome… vacío. Como si viviéramos en piloto automático. Los niños ya no están, cada uno con su vida. Nosotros… ¿qué somos ahora?
Me quedé callada. Recordé las veces que había sentido lo mismo pero nunca lo dije en voz alta. Pensé en las tardes eternas viendo concursos en la tele, en las comidas de domingo donde Lucía y Sergio discutían por política y nosotros solo sonreíamos para no entrar al trapo.
—¿Y qué quieres hacer? —pregunté finalmente.
Tomás suspiró.
—No lo sé. Pero creo que deberíamos separarnos. No quiero morirme sintiendo que nunca viví de verdad.
Las campanadas empezaron en la tele. El perro ladró asustado por los petardos de la calle. Yo sentí que el mundo se partía en dos justo cuando todos celebraban un nuevo comienzo.
No dormimos esa noche. Hablamos hasta el amanecer, llorando y riendo por recuerdos que ya no dolían tanto como antes. Me di cuenta de que Tomás no era el enemigo; simplemente habíamos dejado de ser compañeros hace mucho tiempo.
Los días siguientes fueron extraños. Lucía vino a recoger al perro y notó algo raro enseguida.
—¿Qué os pasa? —preguntó mientras recogía los juguetes del animal.
—Nada, hija —mentí—. Cosas de mayores.
Pero ella insistió hasta que Tomás lo soltó todo de golpe:
—Nos vamos a divorciar.
Lucía se echó a llorar como si tuviera diez años otra vez. Sergio llegó poco después y discutió con Tomás en la cocina:
—¡Pero si siempre habéis sido el ejemplo! ¿Ahora os vais a rendir?
Yo solo quería desaparecer. Me sentía culpable por romper la imagen de familia perfecta que tanto nos costó construir. Pero también sentí alivio. Por primera vez en años, podía respirar sin miedo a decepcionar a nadie.
Las semanas pasaron entre papeles de abogados y visitas incómodas de amigos que preguntaban «¿qué ha pasado?» como si hubiera una sola razón para el final de una vida juntos.
Una tarde, mientras recogía mis cosas del armario, encontré una carta vieja de Tomás, escrita cuando aún éramos novios:
«Carmen, prometo hacerte reír cada día y no dejar nunca que la rutina nos venza».
Lloré como una niña porque entendí que ambos habíamos fallado en esa promesa. No por falta de amor, sino porque la vida nos arrastró sin darnos cuenta.
Ahora vivo sola en un piso pequeño en Chamberí. A veces echo de menos los domingos en familia o las noches viendo películas malas con Tomás. Pero también disfruto del silencio, de leer sin interrupciones y de aprender a estar conmigo misma después de tantos años siendo «la mujer de».
Lucía me llama cada día para asegurarse de que estoy bien. Sergio aún no me lo ha perdonado del todo, pero sé que algún día entenderá que quedarse juntos por costumbre es más triste que separarse para buscar algo de paz.
A veces me pregunto si alguna vez fuimos realmente felices o solo aprendimos a convivir con la rutina. ¿Cuántas parejas siguen juntas solo por miedo a estar solas? ¿Y cuántas vidas se quedan sin vivir por no atreverse a empezar de nuevo?