Cena en mi casa: El precio de amar a contracorriente

—¿Otra vez Marcos te ha traído la cena? —preguntó Marta, con esa sonrisa irónica que tanto detesto, mientras dejaba su copa de vino sobre la mesa del salón. El resto del grupo soltó una carcajada, y yo sentí cómo el calor me subía por el cuello. Mi piso en Lavapiés, normalmente mi refugio, se había convertido en un escenario incómodo donde cada gesto de Marcos era diseccionado y juzgado.

Marcos, sentado a mi lado, intentó disimular su incomodidad. Había traído una tortilla de patatas y una ensalada rusa que había preparado con su madre esa tarde. Yo sabía lo mucho que le costaba abrirse, lo difícil que era para él mostrar cariño a través de pequeños detalles. Pero para mis amigos, todo era motivo de burla.

—A ver si un día te invita a cenar fuera, Lucía —añadió Nacho, guiñando un ojo—. Que no todo va a ser comida casera y Netflix.

Me reí por compromiso, pero por dentro sentí una punzada. ¿Por qué tenía que justificar mis elecciones? ¿Por qué lo sencillo parecía tan poco valioso para los demás?

Esa noche, después de que todos se marcharan, recogí los platos en silencio. Marcos se acercó y me abrazó por detrás.

—¿Estás bien? —susurró.

No supe qué responder. Me sentía atrapada entre dos mundos: el de mis amigos, con sus cenas caras en Malasaña y sus expectativas de relaciones perfectas; y el mío, donde una tortilla compartida podía significar mucho más que una reserva en un restaurante de moda.

—No sé si encajamos —dije al fin, con la voz temblorosa.

Marcos me miró sorprendido.

—¿Por qué dices eso?

—Porque parece que nunca es suficiente. Que lo nuestro no es suficiente para los demás… ni para mí —confesé, sintiendo cómo las lágrimas amenazaban con salir.

Él suspiró y se apartó un poco.

—¿Te importa tanto lo que piensen ellos?

No supe qué contestar. Me dolía admitirlo, pero sí, me importaba. Había crecido en una familia donde las apariencias lo eran todo. Mi madre siempre decía: “Lucía, hay que dar buena imagen”. Y ahora, cada vez que mis amigos hacían un comentario, sentía que estaba fallando a esa imagen.

Los días siguientes fueron un torbellino de dudas. Marta me escribía mensajes llenos de indirectas: “¿Hoy también toca cena romántica low cost?” Nacho enviaba memes sobre parejas “de andar por casa”. Incluso mi hermana, Carmen, cuando vino a visitarme, soltó: “¿No te gustaría salir más? No sé… vivir algo diferente”.

Empecé a mirar a Marcos con otros ojos. Cada vez que proponía una noche tranquila o cocinaba algo sencillo, yo pensaba en lo que dirían los demás. La presión era asfixiante. Una tarde, después del trabajo en la editorial donde apenas me pagan lo justo para llegar a fin de mes, me encontré llorando en el baño. ¿Por qué no podía disfrutar de lo que tenía?

La gota que colmó el vaso fue el cumpleaños de Marta. Reservó mesa en un restaurante caro del centro y todos fueron con sus parejas arregladas. Yo llegué con Marcos, que llevaba una camisa sencilla y un regalo hecho a mano: un cuaderno con dibujos nuestros. Cuando Marta abrió el regalo delante de todos, puso cara de circunstancia y dijo:

—¡Qué original! Aunque yo prefiero algo más práctico…

Las risas fueron inevitables. Sentí vergüenza. Esa noche discutí con Marcos al volver a casa.

—No entiendo por qué tienes que hacerme pasar por esto —le dije, sin poder contener la rabia.

Él me miró herido.

—¿Por qué te importa tanto lo material? Yo solo quería hacerte feliz…

Me encerré en el baño y lloré hasta quedarme dormida en el suelo frío. Al día siguiente, Marcos no estaba. Solo dejó una nota: “Cuando sepas lo que quieres, llámame”.

Pasaron semanas sin hablar. Mis amigos intentaron animarme con planes y fiestas, pero yo solo sentía vacío. Un domingo por la tarde, mientras paseaba por El Retiro sola, vi a una pareja mayor compartiendo un bocadillo en un banco. Se reían como si nada más importara. Me senté cerca y observé cómo se miraban: había ternura, complicidad… algo auténtico.

Esa imagen me hizo replantearme todo. ¿De verdad quería vivir según las expectativas ajenas? ¿O prefería construir algo real, aunque fuera imperfecto?

Llamé a Marcos esa misma noche.

—Lo siento —le dije entre sollozos—. He sido injusta contigo… y conmigo misma.

Él guardó silencio unos segundos antes de responder:

—Solo quiero estar contigo si eres tú misma, Lucía. No con la versión que esperan los demás.

Nos encontramos en nuestra cafetería favorita de Lavapiés. Hablamos durante horas sobre miedos, inseguridades y sueños. Decidimos darnos otra oportunidad, pero esta vez dejando fuera los prejuicios y las expectativas ajenas.

Hoy sigo luchando contra mis propias dudas y las miradas críticas de quienes no entienden nuestra forma de querernos. Pero cada vez que comparto una cena sencilla con Marcos en casa, recuerdo aquella pareja del parque y sonrío.

A veces me pregunto: ¿cuántas veces dejamos escapar la felicidad por miedo al juicio ajeno? ¿Y tú? ¿Te atreverías a elegir lo auténtico aunque nadie más lo entienda?