Cuando el amor de una madre no basta: La herida de no poder competir

—¿Por qué no puedes ayudarme como hacen los padres de Marcos? —La voz de Ana, mi hija, retumba en la cocina mientras yo intento disimular el temblor de mis manos al preparar la cena. El cuchillo resbala sobre el tomate y siento que, con cada palabra suya, se abre una herida más profunda en mi pecho.

No puedo evitar mirar el reloj: son las ocho y media de la tarde, el telediario suena de fondo y la casa está impregnada de ese olor a cocido que tanto le gustaba a su padre. Pero él ya no está. Hace seis años que me dejó sola con una pensión que apenas alcanza para pagar la luz, el gas y algo de comida. Desde entonces, Ana y yo hemos sobrevivido como hemos podido, pero últimamente siento que eso ya no es suficiente para ella.

—Mamá, entiéndelo. Los padres de Marcos le han pagado el máster en Madrid, le han comprado un coche… Yo solo quiero tener las mismas oportunidades —insiste Ana, con los ojos llenos de reproche.

Me trago las lágrimas y le respondo con voz queda:
—Hija, sabes que hago todo lo que puedo. Si pudiera darte el mundo, te lo daría. Pero solo tengo esto: mi cariño y lo poco que puedo ahorrar cada mes.

Ana suspira y se encierra en su habitación. Escucho cómo cierra la puerta con un portazo. Me quedo sola en la cocina, rodeada de platos por fregar y recuerdos que pesan más que cualquier deuda.

Recuerdo cuando Ana era pequeña y se conformaba con tardes en el parque, meriendas de pan con chocolate y cuentos inventados antes de dormir. Entonces no había diferencias entre nosotras y los demás. Pero ahora, en este barrio de Madrid donde los contrastes se notan en los coches aparcados y en los uniformes del colegio, mi hija ha aprendido a comparar.

A veces me pregunto si he fallado como madre. ¿Debería haber trabajado más? ¿Haber aceptado aquel empleo de limpiadora por las noches aunque apenas pudiera dormir? Pero entonces recuerdo lo enfermo que estaba su padre, cómo necesitaba mis cuidados… Y cómo Ana me miraba con esos ojos grandes pidiéndome que no me fuera.

La semana pasada fue el cumpleaños de Ana. Los suegros organizaron una fiesta en su chalet de La Moraleja: piscina climatizada, catering, regalos envueltos en papeles brillantes. Yo llegué con una bufanda tejida a mano y una tarta casera. Sentí las miradas de los invitados, susurrando entre ellos mientras Ana abría un sobre con billetes de cien euros dentro. Mi regalo quedó arrinconado en una esquina.

—Gracias, mamá —me dijo Ana al oído—, pero podrías haberte esforzado un poco más.

Aquella noche lloré hasta quedarme dormida. No por el dinero, sino por la sensación de no ser suficiente para mi propia hija.

Esta mañana he ido al mercado a comprar fruta rebajada. La frutera, Mercedes, me ha preguntado por Ana:
—¿Qué tal tu niña? Hace tiempo que no la veo contigo.
—Está bien… —he respondido, sin atreverme a contarle la verdad.

En casa, he encontrado a Ana sentada frente al ordenador, mirando másters en universidades privadas.
—¿Sabes cuánto cuesta esto? —me ha preguntado mostrándome la pantalla—. Veinte mil euros al año. Los padres de Marcos dicen que pueden ayudarme si tú también pones algo.

He sentido una mezcla de rabia e impotencia:
—Ana, ¿de verdad crees que puedo sacar ese dinero? ¿No ves cómo vivimos?

Ella ha bajado la mirada y ha murmurando:
—Siempre tienes excusas…

Me he encerrado en el baño para que no me viera llorar. Me miro al espejo: las arrugas se han multiplicado estos años y el pelo se me ha llenado de canas. Me siento invisible, como si mi esfuerzo no valiera nada frente a los billetes nuevos de los suegros.

Por la tarde he salido a pasear para despejarme. He visto a otras madres en el parque, riendo con sus hijos pequeños. Me he preguntado si alguna vez ellas también sentirán este vacío, esta culpa por no poder dar más.

Al volver a casa, Ana estaba hablando por teléfono:
—Sí, mamá siempre pone pegas… Ya sabes cómo es —decía a alguien al otro lado.

He sentido un nudo en la garganta. ¿Así me ve mi hija? ¿Como un obstáculo?

Esa noche he decidido escribirle una carta:

«Querida Ana,
Sé que te gustaría tenerlo todo fácil como otros chicos de tu edad. Sé que te duele ver las diferencias entre nuestra familia y la de Marcos. Pero quiero que sepas que todo lo que tengo es tuyo: mi tiempo, mi cariño y mi esfuerzo diario para que no te falte lo esencial. Ojalá pudiera darte más, pero no puedo competir con quienes tienen tanto dinero. Solo espero que algún día valores lo que sí puedo darte: amor incondicional y apoyo en cada paso que des.
Con todo mi amor,
Mamá»

Dejé la carta sobre su almohada y me fui a dormir sin esperar respuesta.

Al día siguiente encontré la carta arrugada en la papelera. No dijo nada durante el desayuno. El silencio entre nosotras era tan denso como el aire antes de una tormenta.

Hoy escribo esto porque siento que hay muchas madres como yo en España: mujeres que han dado todo por sus hijos y aun así se sienten juzgadas por no poder competir con el dinero ajeno. ¿De verdad hemos llegado a un punto donde el valor de una madre se mide por lo que puede comprar?

Me duele pensar que quizá nunca podré llenar ese vacío en Ana. Pero sigo aquí, esperando que algún día entienda que hay cosas más valiosas que un máster o un coche nuevo.

¿Y vosotros? ¿Alguna vez os habéis sentido así? ¿Creéis que el amor puede compensar lo que falta en la cuenta bancaria?