Cuando el amor se convierte en batalla: El día que la manutención destrozó mi familia

—¡No pienso darte ni un euro más, Elena! —gritó Diego, su voz retumbando en el pasillo de nuestro antiguo piso en Vallecas. Yo apretaba los dientes, sintiendo cómo la rabia y la impotencia me subían por la garganta. Lucía, nuestra hija de siete años, se aferraba a mi pierna, con los ojos llenos de miedo y confusión.

Nunca imaginé que el hombre al que una vez amé con locura se convertiría en mi peor enemigo. Cuando Diego y yo nos conocimos en la universidad de Salamanca, todo era sencillo: risas, sueños compartidos, promesas de amor eterno. Pero la vida real, esa que no sale en las películas románticas, nos golpeó con fuerza cuando nació Lucía y los problemas económicos empezaron a asfixiarnos.

El divorcio fue inevitable. Al principio, intentamos ser civilizados. «Por Lucía», decíamos. Pero pronto la realidad se impuso: discusiones por el piso, por las vacaciones, por quién recogía a Lucía del colegio. Y, sobre todo, por la manutención. Diego alegaba que su trabajo como comercial no le permitía pagar más. Yo, trabajando media jornada en una farmacia y con una hipoteca ahogándome, sentía que me estaba dejando sola con todo el peso.

—Diego, no es para mí. Es para Lucía. ¿No lo entiendes? —le respondí aquel día, conteniendo las lágrimas.

Él me miró con una mezcla de cansancio y resentimiento. —Siempre dices lo mismo. Pero yo también tengo derecho a rehacer mi vida. No puedo seguir manteniendo dos casas.

A veces pienso que la verdadera batalla no es por el dinero, sino por el orgullo herido de dos personas que ya no saben comunicarse sin hacerse daño. Mi madre, Carmen, me repite cada semana: «Hija, piensa en la niña. No le hables mal de su padre». Pero ¿cómo hacerlo cuando Lucía llega a casa diciendo que papá le ha comprado una tablet nueva y yo apenas puedo pagarle las clases de inglés?

La familia de Diego me culpa a mí de todo. Su hermana Laura me llamó bruja en una comida familiar. «Solo quieres sacarle el dinero a mi hermano», me espetó delante de todos. Mi padre, Antonio, se levantó indignado y casi llega a las manos con ella. Desde entonces, las reuniones familiares son un campo de minas.

Lucía ha empezado a tener pesadillas. Se despierta llorando y preguntando si algún día volveremos a estar todos juntos. El psicólogo del colegio me ha llamado dos veces para hablarme de su ansiedad y su bajón en las notas. Me siento culpable cada vez que la veo triste o callada.

Una tarde lluviosa de noviembre, Diego vino a recoger a Lucía. Yo estaba agotada tras un turno doble en la farmacia. Él llegó tarde y sin avisar.

—¿No podías haber llamado? —le reproché.

—¿Ahora también tengo que pedirte permiso para ver a mi hija? —respondió él con sarcasmo.

Lucía nos miraba desde el sofá, abrazando su peluche favorito. Me acerqué a ella y le susurré al oído:

—Cariño, papá ha venido a buscarte. Pásalo bien este fin de semana.

Ella asintió sin mirarme y salió con Diego sin decir palabra. Cuando cerré la puerta, me derrumbé en el suelo y lloré como una niña pequeña.

Las noches son las peores. Me pregunto si hice bien en separarme o si debí aguantar un poco más por Lucía. Pero luego recuerdo las discusiones interminables, los silencios llenos de reproches y la sensación de estar desapareciendo poco a poco.

En Navidad intentamos hacer una tregua por Lucía. Cenamos juntos en casa de mis padres. Todo iba bien hasta que Diego mencionó el tema del dinero delante de todos.

—No puedo seguir pagando tanto —dijo en voz alta—. Elena tiene que entenderlo.

Mi padre golpeó la mesa con fuerza.

—¡La niña no tiene la culpa! Si no puedes mantenerla, dímelo a mí y yo lo haré.

Lucía rompió a llorar y salió corriendo al baño. Todos nos quedamos en silencio, avergonzados y derrotados.

A veces me pregunto si algún día podremos dejar atrás tanto rencor. Si Diego y yo seremos capaces de sentarnos juntos en una función del colegio sin sentirnos enemigos. Si Lucía podrá crecer sin cargar con nuestras heridas.

Ahora escribo estas líneas mientras escucho a Lucía dormir en su habitación. Su respiración tranquila es lo único que me da paz. Pero sé que mañana volverán los reproches, los abogados y las facturas impagadas.

¿De verdad merece la pena tanta lucha? ¿No podríamos encontrar una forma de entendernos por el bien de nuestra hija? ¿Cuántas familias más estarán pasando por lo mismo en este país?

Quizá algún día encuentre respuestas. Por ahora solo puedo preguntarme: ¿Hasta cuándo vamos a dejar que el orgullo destruya lo que más queremos?