Cuando el amor se convierte en cenizas: Mi vida tras el divorcio

—¿De verdad crees que puedes quedarte con todo, Luis? —le grité, con la voz rota, mientras él recogía sus cosas del salón.

No respondió. Solo me miró de reojo, con esa frialdad que nunca le había conocido, y siguió metiendo sus camisas en la maleta. El eco de mis palabras rebotó en las paredes desnudas del piso, el mismo donde habíamos celebrado cumpleaños, Nochebuenas y hasta la comunión de nuestra hija Lucía.

Me llamo Carmen García y, hasta hace seis meses, creía tener una vida normal. Vivíamos en un piso modesto pero acogedor en Vallecas, con una hipoteca que pagábamos entre los dos y un coche familiar que yo usaba para ir a trabajar al colegio donde soy profesora de primaria. Luis era administrativo en una gestoría del barrio. No éramos ricos, pero tampoco nos faltaba de nada. O eso pensaba yo.

La primera señal llegó una tarde de domingo. Luis se encerró en el baño con el móvil y, cuando salió, tenía esa sonrisa tonta que no le veía desde hacía años. No quise pensar mal. Me repetí que era el estrés del trabajo, que todos cambiamos con los años. Pero luego empezaron las discusiones por tonterías: que si no había comprado yogures, que si Lucía no hacía los deberes, que si yo estaba siempre cansada.

Una noche, después de cenar, me soltó la bomba:
—Carmen, quiero separarme.

Sentí como si me arrancaran el suelo bajo los pies. Lloré, supliqué, le pregunté si había otra mujer. Él lo negó todo. Me dijo que necesitaba tiempo para sí mismo, que ya no era feliz. Yo tampoco lo era, pero nunca pensé en tirar la toalla.

El proceso fue rápido y cruel. Luis tenía más ahorros a su nombre de lo que yo sabía. El piso estaba a nombre de sus padres —un truco legal que nunca entendí del todo— y el coche, aunque lo conducía yo cada día, también figuraba a su nombre. Me quedé con cuatro mudas de ropa y una cuenta bancaria casi vacía.

Lucía se fue a vivir con él durante la semana porque su colegio estaba más cerca de su nueva casa. Yo solo la veía los fines de semana y cada vez la notaba más distante. «Papá dice que tú no querías seguir juntos», me soltó un sábado mientras desayunábamos churros en la cocina vacía.

—Eso no es verdad, cariño —le respondí, tragando las lágrimas—. A veces los adultos nos equivocamos.

La soledad era peor por las noches. Me sentaba en el sofá —el único mueble que me quedaba— y repasaba una y otra vez cada conversación, cada gesto de los últimos años. ¿Cómo no vi venir esto? ¿Por qué confié tanto en él?

Mis padres intentaron ayudarme, pero viven en un pueblo de Segovia y apenas llegan a fin de mes con sus pensiones. Mi hermana Marta me ofreció quedarme en su casa de Móstoles, pero no quería ser una carga ni dejar mi trabajo ni a Lucía.

En el colegio intenté disimular. Los niños notaban mi tristeza; incluso una madre me preguntó si estaba enferma. «No duermo bien», mentí. Pero la verdad es que no dormía porque temía el futuro: ¿cómo iba a pagar el alquiler? ¿Y si Luis pedía la custodia total de Lucía?

Una tarde, mientras corregía exámenes en la sala de profesores, escuché a dos compañeras hablar sobre divorcios y abogados. Me acerqué tímidamente:
—¿Conocéis algún abogado bueno? Es para… una amiga.

María, la jefa de estudios, me miró con compasión y me pasó el contacto de su primo Jaime, un abogado especializado en derecho familiar.

La primera vez que fui a su despacho sentí vergüenza. Jaime me escuchó sin interrumpir mientras le contaba todo: cómo Luis había puesto todo a su nombre, cómo me había dejado sin nada.

—No eres la primera ni serás la última —me dijo—. Pero hay formas de luchar por lo tuyo.

Empezamos un proceso largo y doloroso para reclamar al menos una pensión compensatoria y asegurarme visitas regulares con Lucía. Luis se negó a todo; incluso llegó a decir ante el juez que yo era inestable emocionalmente.

—¿Inestable? —le grité por teléfono una noche— ¡Tú eres el que ha destrozado nuestra familia!

Colgó sin decir nada. Me sentí más sola que nunca.

Pero poco a poco empecé a reconstruirme. Mis amigas del colegio me invitaban a cenar los viernes; Marta venía los domingos con sus hijos para llenar el piso de risas; incluso Lucía empezó a preguntarme si podía quedarse algún día más conmigo.

Un día recibí una carta del juzgado: Luis debía pagarme una pequeña pensión y compartir la custodia de Lucía. No era mucho, pero era algo mío. Lloré de alivio.

Ahora sigo viviendo en ese piso vacío, pero ya no siento solo tristeza: siento rabia y ganas de empezar de nuevo. He aprendido a no depender de nadie más que de mí misma.

A veces me pregunto: ¿cuántas mujeres como yo hay ahora mismo mirando por la ventana bajo la lluvia, sintiéndose culpables por confiar? ¿De verdad merecemos perderlo todo por amar demasiado? ¿Qué haríais vosotras si estuvierais en mi lugar?