Cuando el amor se esfuma: el día que mi vida se rompió

—¿Cómo que se ha ido? —grité al teléfono, con la voz temblorosa y el corazón a punto de salirse del pecho. Mi cuñada, Lucía, apenas podía articular palabra.

—Lo siento, Marta. Rubén me llamó esta mañana. Dice que no va a volver…

No recuerdo cómo colgué. Solo sé que el mundo se me vino encima en ese instante. El piso de Madrid, que hasta ayer era nuestro refugio, se volvió una jaula vacía. Corrí al dormitorio y abrí el armario: su ropa ya no estaba. En la mesilla, la foto de nuestra boda seguía allí, como una burla cruel. Me senté en la cama y lloré hasta quedarme sin fuerzas.

El silencio era tan denso que podía oír el tic-tac del reloj del salón. Me levanté para buscar mi cartera y llamar al banco. El sudor frío me recorría la espalda mientras marcaba el número. Cuando por fin conseguí hablar con una operadora, su voz neutra me confirmó lo que más temía:

—Señora, la cuenta está vacía. Todos los fondos fueron transferidos esta mañana.

Me quedé paralizada. ¿Cómo podía haberme hecho esto? Rubén y yo llevábamos quince años juntos. Habíamos ahorrado cada euro para comprarnos un piso mejor, para irnos de vacaciones a Galicia, para tener hijos algún día…

No sé cuánto tiempo pasó hasta que llamaron al timbre. Abrí la puerta y allí estaba Carmen, mi suegra, con el rostro desencajado y los ojos rojos de tanto llorar.

—Marta, hija… —me abrazó con fuerza—. No entiendo nada. Rubén no responde al móvil. ¿Qué ha pasado?

Me derrumbé en sus brazos. Entre sollozos le conté todo: la llamada de Lucía, la cuenta vacía, el armario sin ropa… Carmen se llevó las manos a la cabeza.

—¡Pero si ayer mismo estuvimos cenando juntos! ¡No puede ser! —exclamó.

Nos sentamos en la cocina, las dos destrozadas. Carmen sacó un paquete de pañuelos y me lo ofreció.

—¿Habéis discutido últimamente? —preguntó en voz baja.

Negué con la cabeza. Claro que habíamos tenido problemas —¿quién no los tiene?— pero nada que justificara esto. Rubén llevaba semanas distante, salía tarde del trabajo y apenas hablaba en casa. Yo pensaba que era estrés…

—¿Y si está metido en algo raro? —susurró Carmen.

La idea me heló la sangre. ¿Deudas? ¿Juegos? ¿Otra mujer? No quería ni pensarlo.

Esa noche no pude dormir. Cada vez que cerraba los ojos veía a Rubén marchándose con nuestras ilusiones metidas en una maleta. Al amanecer, decidí llamar a mi madre.

—Marta, cariño, vente a casa unos días —me dijo—. Aquí no tienes que preocuparte por nada.

Pero no podía dejarlo todo así. Tenía que entender qué había pasado y qué hacer ahora. Fui al trabajo como un autómata; mis compañeras notaron enseguida que algo iba mal.

—¿Te encuentras bien? —preguntó Ana, mi amiga del departamento de administración.

Me derrumbé otra vez y le conté todo entre lágrimas. Ana me abrazó y me llevó a tomar un café.

—Tienes que denunciarlo —me dijo—. No puedes dejar que se salga con la suya.

La palabra «denunciar» me sonó extraña en la boca. ¿De verdad iba a denunciar al hombre con el que había compartido media vida?

Esa tarde fui a comisaría acompañada de Carmen. El policía que nos atendió fue amable pero directo:

—Si los dos eran titulares de la cuenta, legalmente él puede disponer del dinero… Pero si sospecha de algún delito o coacción, podemos abrir una investigación.

Salimos de allí más confusas aún. Carmen insistía en llamar a todos los amigos y familiares de Rubén, pero nadie sabía nada. Su móvil seguía apagado.

Los días pasaron lentos y pesados como el plomo. Cada vez que sonaba el teléfono saltaba mi corazón, pero nunca era él. Empecé a notar miradas de compasión en el barrio; incluso la panadera me preguntó si necesitaba algo.

Una tarde recibí una carta sin remite. Reconocí la letra de Rubén al instante:

«Marta,
Lo siento mucho. No puedo seguir así. Necesito empezar de cero lejos de todo esto. No busques respuestas porque ni yo las tengo claras. Cuida de ti.
Rubén»

Me temblaban las manos al leerla. ¿Cómo podía ser tan cobarde? ¿Cómo podía dejarme así, sin explicaciones?

Carmen vino corriendo cuando se lo conté. Se sentó a mi lado y lloramos juntas.

—No te mereces esto —me dijo—. Pero tienes que ser fuerte.

Durante semanas viví en una nube gris: trámites bancarios, abogados, psicólogos… Mi madre venía cada día a hacerme la comida; mis amigas me sacaban a pasear por El Retiro aunque yo solo quisiera quedarme en casa tapada hasta las orejas.

Un día, mientras recogía los restos de una vida rota —fotos, cartas, recuerdos— encontré una nota antigua de Rubén: «Pase lo que pase, siempre estaré contigo».

Me eché a reír y a llorar al mismo tiempo. Qué ironía tan cruel.

Ahora han pasado tres meses desde aquel día fatídico. He aprendido a vivir sola; he vuelto a salir con amigas; incluso he retomado mis clases de pintura en el centro cultural del barrio. Carmen sigue viniendo cada semana; nuestra relación es más fuerte que nunca.

A veces me pregunto si algún día entenderé por qué Rubén hizo lo que hizo. O si podré volver a confiar en alguien sin miedo a perderlo todo otra vez.

¿Vosotros qué haríais en mi lugar? ¿Se puede perdonar una traición así o es mejor aprender a vivir con la herida?