Cuando el pasado no quiere desaparecer: El día que la novia de mi exmarido cambió mi vida
—¡No pienso permitir que Lucía recoja a Álvaro del colegio! —grité, con la voz quebrada, mientras sostenía el móvil con tanta fuerza que los nudillos se me pusieron blancos.
Sergio suspiró al otro lado de la línea, como si yo fuera una niña caprichosa. —Carmen, tienes que entender que Lucía ahora es parte de mi vida. Y de la de Álvaro también.
Me quedé en silencio unos segundos, tragando las lágrimas y la rabia. ¿Cómo podía explicarle que no era cuestión de celos? Que desde que Lucía apareció, todo había cambiado. Que mi hijo volvía a casa hablando de ella, de lo bien que cocina, de lo divertida que es. Que incluso había empezado a llamarla “Lu” con esa confianza que antes solo tenía conmigo.
No era solo eso. Lucía se había metido en cada rincón de nuestra vida. Organizaba los fines de semana, proponía actividades, incluso había redecorado la habitación de Álvaro en casa de Sergio sin consultarme. Y lo peor: cada vez que yo intentaba poner límites, ella encontraba la manera de hacerme quedar como la madre histérica.
—Mamá, ¿por qué no puedes ser más como Lucía? —me soltó Álvaro una tarde, después de una discusión por los deberes.
Sentí cómo se me partía el alma. ¿En qué momento había perdido a mi hijo? ¿Cuándo se había convertido Lucía en su referente?
En el colegio, las profesoras empezaron a mirarme con una mezcla de lástima y distancia. Un día, la tutora me llamó aparte:
—Carmen, Lucía ha venido varias veces a hablar sobre Álvaro. Dice que está preocupado por su rendimiento…
Me mordí el labio para no gritar. ¿Quién le había dado derecho a meterse en asuntos escolares? ¿Por qué todos parecían aceptar su presencia como si fuera lo más natural del mundo?
Empecé a notar cómo los amigos comunes se alejaban. En las reuniones del AMPA, Lucía era el centro de atención: simpática, resolutiva, siempre dispuesta a ayudar. Yo me sentía invisible, desplazada en mi propio entorno.
Una noche, después de dejar a Álvaro en casa de Sergio, no pude más y llamé a mi hermana Laura.
—No puedo seguir así —le confesé entre sollozos—. Siento que me están robando a mi hijo… y nadie lo ve.
Laura me escuchó en silencio y luego me dijo algo que me hizo temblar:
—Carmen, tienes que luchar. No puedes dejar que te borren. Álvaro te necesita más que nunca.
A partir de ese día decidí plantar cara. Empecé a ir a todas las reuniones del colegio, aunque tuviera que ver a Lucía sonriendo como si nada. Hablé con Sergio y le exigí respeto por mis decisiones como madre. Incluso pedí cita con una mediadora familiar para dejar claros los límites.
Pero Lucía no se rindió fácilmente. Un día recibí una notificación: Sergio solicitaba modificar el régimen de custodia para que Lucía pudiera recoger a Álvaro del colegio y llevarlo a actividades extraescolares.
Sentí que el suelo se abría bajo mis pies. Me pasé noches sin dormir, repasando cada momento con mi hijo, preguntándome si estaba haciendo lo correcto.
En el juicio, Lucía declaró con voz dulce:
—Solo quiero ayudar a Álvaro a ser feliz. Carmen está muy ocupada y yo tengo tiempo para él…
Me dieron ganas de gritarle que no era su madre, que nadie podía ocupar mi lugar. Pero me contuve. Miré al juez y hablé desde el corazón:
—Solo quiero lo mejor para mi hijo. Pero también quiero seguir siendo su madre.
El juez decidió mantener la custodia compartida tal como estaba, pero recomendó terapia familiar. Al salir del juzgado, Sergio me miró con cansancio:
—¿De verdad era necesario llegar a esto?
Le respondí sin dudar:
—Lo era para mí. Porque soy su madre y no pienso rendirme.
Las sesiones de terapia no fueron fáciles. Álvaro estaba confundido, Sergio evitaba el conflicto y Lucía intentaba mostrarse conciliadora. Pero poco a poco empecé a recuperar espacio en la vida de mi hijo. Empecé a escucharle más, a compartir tiempo sin presiones ni comparaciones.
Un día, mientras paseábamos por el Retiro, Álvaro me cogió la mano y me dijo:
—Mamá, sé que te enfadas cuando hablo de Lucía… pero yo te quiero mucho.
Me detuve y le abracé con fuerza. Por primera vez en meses sentí esperanza.
Ahora sé que nadie puede borrar el vínculo entre una madre y su hijo. Pero también he aprendido que hay que luchar por lo que amas, aunque duela.
A veces me pregunto: ¿Cuántas madres han sentido este miedo? ¿Cuántas han tenido que pelear por no ser sustituidas? ¿Y tú… hasta dónde llegarías por tu hijo?