Cuando la familia te llama de vuelta: Un regreso que nunca llega
—¿Vas a venir este verano o tampoco este año, Lucía?— La voz de mi madre, rota por la distancia, me atraviesa como una daga. Estoy sentada en la cocina de mi piso en Madrid, el vapor del café empañando la ventana, mientras afuera la ciudad bulle ajena a mi tormenta interna. No sé qué responderle. Cada vez que escucho esa pregunta, siento que una parte de mí se encoge, como si la culpa tuviera manos y me apretara el pecho.
—Mamá, ya te he dicho que en el trabajo no me dan vacaciones en agosto…— intento justificarme, pero sé que no es solo eso. Mi madre suspira al otro lado del teléfono, ese suspiro largo y resignado que tantas veces escuché de niña cuando rompía un vaso o llegaba tarde a casa. Ahora, ese suspiro pesa toneladas.
—Siempre tienes una excusa, hija. Aquí las cosas no van bien. Tu padre cada vez está peor, y tu hermano no puede con todo. ¿Tanto te cuesta venir unos días?—
Cierro los ojos. Veo la casa de la aldea en Galicia, las paredes desconchadas, el olor a leña y humedad, la mesa grande donde nunca faltaba un plato de caldo. Pero también veo las discusiones, los reproches, las miradas de mi hermana Marta, siempre juzgando mis decisiones. Desde que me fui a Madrid, hace ya seis años, cada regreso ha sido una batalla campal.
Recuerdo la última vez que volví, hace dos veranos. Nada más entrar por la puerta, mi hermano Diego me abrazó con fuerza, pero enseguida noté su tensión. Mi padre, sentado en su sillón, apenas levantó la vista del televisor. Y mi madre, con los ojos brillantes, me miraba como si esperara que yo arreglara todo lo que estaba roto.
—¿Y qué tal en la capital, Lucía? ¿Mucho trabajo, mucha fiesta?— Marta no perdió ni un minuto en lanzarme la primera pulla. Yo respiré hondo, intentando no saltar.
—Trabajo mucho, sí. Pero no todo es fiesta, Marta. Sabes que no es fácil vivir sola allí.—
—Pero es tu elección, ¿no? Aquí también hay trabajo, aunque sea menos glamuroso.—
Mi hermano intervino, intentando calmar los ánimos:
—Dejadlo ya, por favor. Bastante tenemos con lo de papá.—
La enfermedad de mi padre era el elefante en la habitación. Desde que le diagnosticaron Alzheimer, todo giraba en torno a él. Mi madre se desvivía por cuidarle, Diego se encargaba de las tierras y Marta, que nunca se fue del pueblo, parecía cargar con la amargura de todos. Yo, la hija que se marchó, era la traidora, la egoísta.
Esa noche, mientras cenábamos, mi madre me miró con lágrimas en los ojos:
—No sé cuánto tiempo más va a estar tu padre con nosotros, Lucía. ¿De verdad no puedes quedarte unos meses?—
Sentí que me ahogaba. ¿Cómo explicarles que mi vida en Madrid, aunque solitaria y dura, era lo único que me hacía sentir viva? Allí tenía mi trabajo en la editorial, mis amigos, mis libros, la sensación de que podía ser alguien más que «la hija de Manolo y Carmen». Pero cada vez que volvía, la culpa me devoraba.
—No puedo dejarlo todo, mamá. No es tan fácil.—
—¿Y para nosotros sí lo es?— saltó Marta, con la voz rota.—¿Tú crees que yo no querría irme también? Pero alguien tiene que quedarse.—
Diego bajó la cabeza, apretando los puños. Mi padre, ajeno a la discusión, murmuraba frases inconexas, perdido en su propio mundo. Me sentí una extraña en mi propia casa.
Esa noche no dormí. Escuché a mi madre llorar en la cocina, a Marta hablar en voz baja con Diego sobre las facturas, el médico, el futuro. Yo solo podía pensar en mi piso en Madrid, en el silencio que tanto me había costado conquistar.
Al día siguiente, antes de irme, mi madre me abrazó fuerte:
—Solo quiero que seas feliz, hija. Pero a veces me pregunto si la felicidad vale tanto como para perder a la familia.—
Volví a Madrid con el corazón hecho trizas. Desde entonces, cada llamada es una herida nueva. Marta me manda mensajes fríos, Diego apenas habla y mi madre, cada vez más cansada, solo pide que vuelva, aunque sea por unos días. Pero yo no puedo. No quiero perderme a mí misma otra vez.
A veces me pregunto si tengo derecho a elegir mi propio camino, aunque eso signifique decepcionar a los que más quiero. ¿Es egoísmo buscar mi felicidad lejos de mi familia? ¿O es valentía? Cada vez que paso por la estación de Atocha y veo los trenes rumbo al norte, siento la tentación de subirme a uno y volver, aunque sé que ese regreso nunca será como antes. La casa, la familia, todo ha cambiado. Y yo también.
Hoy, mientras miro por la ventana y escucho el bullicio de Madrid, me pregunto: ¿Alguna vez podré reconciliar lo que soy con lo que esperan de mí? ¿O tendré que elegir para siempre entre mi felicidad y la de los míos? ¿Qué haríais vosotros en mi lugar?