Cuando Lucía Se Fue de Vacaciones: El Peso de Ser la Mujer de la Casa
—Marta, acuérdate: los hombres de la casa son un desastre si no hay una mujer pendiente —me repitió Lucía, mi hermana mayor, mientras metía su último vestido en la maleta. El sol de junio entraba a raudales por la ventana del salón, y el aire olía a crema solar y nerviosismo. Yo asentí, aunque por dentro sentía un nudo en el estómago. ¿Por qué siempre recaía en mí esa responsabilidad? ¿Por qué tenía que ser yo la que pusiera orden cuando Lucía y su marido, Fernando, se iban a Mallorca durante un mes?
—No te preocupes, Lucía. Todo irá bien —intenté sonar segura, aunque mi voz tembló un poco.
—De verdad, Marta, no me fío ni un pelo de Fernando y los chicos solos. Ya sabes cómo son: si no les dices que recojan, la casa parece una leonera. Y Pablo… bueno, Pablo está en esa edad complicada —me susurró, refiriéndose a su hijo adolescente.
Me quedé mirando a mi hermana mientras cerraba la cremallera de la maleta. Siempre había sido la fuerte, la que organizaba todo, la que mantenía a flote a la familia desde que mamá murió. Yo era la pequeña, la que supuestamente tenía que aprender de ella. Pero ahora, con treinta y dos años y una vida propia en Madrid, volvía a sentirme como una niña insegura.
El primer día sin Lucía fue un caos. Fernando salió corriendo al trabajo sin desayunar, dejando el café derramado sobre la encimera. Pablo no bajó hasta las once, con los cascos puestos y cara de pocos amigos. Y el pequeño Hugo, con sus seis años, se negó a ponerse los pantalones cortos porque “mamá nunca me obliga”.
—Marta, ¿dónde está mi camiseta del Atleti? —gritó Pablo desde su habitación.
—No soy tu madre —le respondí desde el pasillo, intentando no perder la paciencia.
La casa era un campo de batalla: platos sucios apilados, mochilas tiradas en el recibidor, juguetes por todas partes. Intenté imponer algo de orden, pero cada intento era recibido con indiferencia o resistencia. Fernando llegaba tarde y apenas hablaba conmigo; se encerraba en el despacho con una cerveza y el Marca.
Una noche, mientras recogía los restos de la cena —macarrones fríos y migas por todas partes— escuché a Pablo discutir por teléfono en voz baja:
—Te he dicho que no puedo salir… Sí, está aquí mi tía… No sé cuándo se va…
Me asomé a su puerta. Me miró con rabia y colgó.
—¿Problemas? —pregunté suavemente.
—Déjame en paz —me espetó.
Me sentí invisible. ¿Era así como se sentía Lucía cada día? ¿Era este el precio de ser “la mujer de la casa”?
Pasaron los días y el ambiente se fue tensando. Una tarde encontré a Hugo llorando en el baño porque echaba de menos a su madre. Me senté en el suelo con él y le abracé.
—¿Sabes qué hacía mamá cuando yo lloraba? Me contaba un cuento —le dije.
—¿Me cuentas uno tú? —me pidió entre sollozos.
Le inventé una historia sobre un dragón valiente que cuidaba de su familia mientras su mamá dragona viajaba lejos. Hugo sonrió por primera vez en días.
Pero con Pablo era diferente. Una noche llegó tarde, oliendo a tabaco y con los ojos rojos.
—¿Dónde has estado? —le pregunté, intentando sonar calmada.
—No eres mi madre —me respondió con desprecio.
—No, pero te quiero igual —le dije casi en un susurro.
Se quedó callado unos segundos antes de encerrarse en su cuarto. Esa noche lloré en silencio en el sofá. Me sentía sola, desbordada y culpable por no estar a la altura.
Fernando tampoco ayudaba. Un sábado por la mañana discutimos porque no había comprado leche.
—¡Siempre igual! ¿Tan difícil es acordarse? —me gritó.
—¿Y tú? ¿No puedes hacerlo tú también? —le respondí alzando la voz por primera vez.
Se hizo un silencio incómodo. Fernando bajó la mirada y salió dando un portazo. Me temblaban las manos. ¿Por qué tenía que cargar yo con todo?
Esa tarde recibí una llamada de Lucía desde Mallorca.
—¿Cómo va todo? —preguntó alegremente.
—Bien… bueno, regular —admití al fin—. No es fácil, Lucía. Siento que nadie me escucha ni me respeta aquí.
Lucía suspiró al otro lado del teléfono.
—Marta… yo tampoco puedo más muchas veces. Pero nadie lo ve. Todos piensan que es lo normal…
Nos quedamos en silencio unos segundos. Por primera vez entendí el peso que llevaba mi hermana cada día.
Los días siguientes intenté cambiar las cosas. Dejé de intentar ser perfecta. Hablé con Fernando y le pedí ayuda explícitamente; le expliqué que yo también tenía límites. Con Pablo fui más paciente; le escuché sin juzgarle cuando finalmente me confesó que estaba agobiado por los exámenes y por una chica que le había dejado.
Con Hugo inventamos una rutina nueva: cada noche le contaba un cuento diferente y él me ayudaba a preparar la cena. Poco a poco, la casa dejó de ser un campo de batalla para convertirse en un lugar donde todos podíamos equivocarnos y pedir ayuda.
Cuando Lucía volvió, encontró una familia distinta: menos perfecta pero más real. Nos abrazamos largo rato en el recibidor.
—Gracias, Marta —me susurró al oído—. Gracias por recordarnos que todos necesitamos cuidarnos… incluso las mujeres fuertes como tú.
Esa noche me fui a dormir pensando en todo lo vivido. ¿Por qué siempre recae sobre nosotras el peso invisible del cuidado? ¿Cuándo aprenderemos a pedir ayuda sin sentirnos culpables?
¿Y vosotros? ¿Alguna vez habéis sentido ese peso invisible? ¿Cómo lo habéis gestionado?