Cuando mi suegra dijo: «¿Entonces qué, te animas? Pide la hipoteca». Nadie me escuchó: Hice la maleta y volví con mi madre
—¿Entonces qué, Lucía? ¿Te animas? Pide la hipoteca —la voz de mi suegra, Carmen, retumbó en el salón como un trueno. Mi suegro, Antonio, ni levantó la vista del Marca. Alejandro, mi marido, jugaba con el móvil. Nadie parecía notar cómo se me encogía el estómago.
Tenía diecinueve años y llevaba apenas seis meses casada. Cuando acepté casarme con Alejandro, creí que el amor era suficiente para todo. Pero desde que nos mudamos a casa de sus padres en Leganés, mi vida se convirtió en una sucesión de silencios incómodos y miradas de desaprobación. Mi madre me advirtió: “Lucía, no es fácil vivir con la familia política”. Yo no quise escucharla. Pensé que exageraba.
La casa era grande pero fría. Carmen tenía el control absoluto: desde la hora de la cena hasta el detergente que usábamos para lavar la ropa. Yo intentaba ayudar, pero siempre encontraba algo mal hecho. “Así no se friega aquí”, “Eso no se guarda ahí”, “¿Otra vez lentejas? A tu marido no le gustan”. Alejandro nunca intervenía. Decía que su madre era así y que ya se acostumbraría.
Pero lo peor llegó con el tema del piso. Carmen no soportaba tenernos en casa. “Sois jóvenes, tenéis que independizaros”, repetía cada semana. Pero los sueldos no daban para mucho: yo trabajaba media jornada en una tienda de ropa y Alejandro hacía sustituciones en una oficina. Los bancos apenas daban créditos y los alquileres en Madrid eran imposibles.
Una tarde de domingo, mientras recogía los platos, Carmen soltó la bomba delante de todos:
—He hablado con mi prima Pilar, la del banco. Dice que si Lucía pone su nómina como aval, igual os dan la hipoteca para el piso de Fuenlabrada.
Me quedé helada. No solo quería que me endeudara hasta las cejas, sino que ni siquiera preguntó si yo estaba de acuerdo. Miré a Alejandro buscando apoyo, pero solo encogió los hombros.
—Bueno, Lucía —dijo él—, igual es buena idea…
Sentí una rabia sorda. ¿Por qué nadie me preguntaba qué quería yo? ¿Por qué todo el mundo daba por hecho que debía sacrificarme? Esa noche no dormí. Escuchaba a Carmen y Antonio discutir sobre si era mejor un piso nuevo o uno de segunda mano. Alejandro roncaba a mi lado.
Al día siguiente, fui a trabajar con ojeras y el corazón encogido. Mi compañera Marta me vio tan mal que me invitó a un café en el descanso.
—Tía, ¿por qué no te vas a casa de tu madre unos días? —me preguntó—. Igual necesitas distancia.
La idea me rondó toda la tarde. Cuando volví a casa, Carmen ya tenía impresos los papeles del banco sobre la mesa.
—Tienes que firmar aquí y aquí —me indicó—. Así mañana mismo vamos a ver el piso.
Me temblaban las manos. Miré a Alejandro, que ni siquiera levantó la vista del móvil.
—No voy a firmar nada —dije en voz baja.
Carmen se giró hacia mí como si le hubiera insultado.
—¿Cómo que no? ¿No quieres formar una familia con mi hijo? ¿Prefieres seguir viviendo aquí como una parásita?
Sentí las lágrimas subir pero me negué a llorar delante de ella.
—No soy una parásita —susurré—. Solo quiero decidir por mí misma.
Antonio bufó desde el sofá:
—Estas cosas antes no pasaban…
Me encerré en nuestra habitación y empecé a meter ropa en una maleta vieja. Alejandro entró al rato.
—¿Qué haces?
—Me voy a casa de mi madre —le dije sin mirarle—. Necesito pensar.
—¿Pero por qué montas este numerito? Si es por lo del piso…
—No es solo por eso —le interrumpí—. Es por todo: por tu madre, por ti, porque nadie me escucha aquí.
Él se quedó callado un momento y luego salió dando un portazo.
Llamé a mi madre desde el baño. Cuando escuché su voz al otro lado sentí un alivio inmenso y una tristeza infinita al mismo tiempo.
Esa noche dormí en mi antigua cama, rodeada de posters viejos y peluches olvidados. Mi madre me preparó una tortilla francesa y me abrazó fuerte antes de acostarse.
Pasaron los días y Alejandro apenas me llamó. Solo recibí un mensaje: “Cuando quieras volver, avisa”. Ni una disculpa, ni una pregunta sobre cómo estaba.
En casa de mi madre volví a respirar tranquila. Empecé a pensar en todo lo que había aguantado: las críticas veladas, las órdenes disfrazadas de consejos, la soledad en medio de tanta gente. Me di cuenta de que había perdido mi voz intentando complacer a todos menos a mí misma.
Un mes después, fui yo quien pidió el divorcio. Carmen no volvió a hablarme; Alejandro solo dijo: “Haz lo que quieras”.
A veces me pregunto si hice bien o si fui demasiado cobarde por huir en vez de luchar más. Pero cada vez que veo a mi madre sonreírme desde la cocina o cuando salgo con mis amigas sin miedo a reproches, sé que elegí mi libertad por encima del miedo.
¿De verdad tenemos que sacrificar nuestra felicidad para cumplir expectativas ajenas? ¿Cuántas Lucías hay ahora mismo callando por miedo a decepcionar?