Cuando nuestras madres se hicieron amigas: El café que cambió mi destino en Madrid
—¿De verdad crees que esto es lo mejor para vosotros? —La voz de mi madre, Carmen, retumbaba en la cocina mientras removía el café con una cucharilla de plata, como si pudiera disolver mis sentimientos junto con el azúcar.
Yo no respondí. Ena me miró desde el otro lado de la mesa, sus ojos oscuros llenos de preguntas y miedo. Afuera, Madrid hervía bajo el sol de junio, pero dentro de nuestro piso en Lavapiés el aire era denso, casi irrespirable.
Todo empezó hace seis meses, cuando nuestras madres se conocieron en una reunión del AMPA del instituto. Carmen y Mercedes conectaron enseguida: dos mujeres fuertes, viudas jóvenes, acostumbradas a sacar adelante a sus hijos solas. Pronto empezaron a verse para tomar café cada jueves en la cafetería de la esquina. Al principio, Ena y yo lo celebramos: pensábamos que así sería más fácil vernos, que nuestras madres se relajarían y dejarían de vigilarnos tanto.
Pero nos equivocamos. Su amistad se convirtió en una especie de alianza secreta. Empezaron a hablar de nosotros como si fuéramos piezas de ajedrez en su tablero: «A ver si estos dos se centran ya en los estudios», «No quiero que Ena pierda la cabeza por un chico», «A ver si a Sergio le entra en la cabeza que primero va la carrera».
Una tarde, al volver del cine, las encontramos sentadas en el salón, con las tazas vacías y el aire cargado de reproches no dichos. Mercedes fue la primera en hablar:
—Ena, Sergio… Vuestra madre y yo hemos decidido que sería mejor que os toméis un tiempo. No queremos distracciones este año.
Sentí cómo se me helaba la sangre. Ena apretó mi mano bajo la mesa, pero no dijo nada. Yo tampoco pude. ¿Cómo explicarles que lo nuestro era más que un capricho adolescente? ¿Cómo hacerles entender que nos habíamos prometido huir juntos a Granada cuando acabáramos selectividad?
Las semanas siguientes fueron un infierno. Nuestras madres se turnaban para vigilarnos: si Ena venía a casa a estudiar, Mercedes llamaba cada media hora; si yo iba a su piso, Carmen aparecía con cualquier excusa. Nos sentíamos como delincuentes en nuestra propia ciudad.
Una noche, después de una discusión especialmente dura con mi madre, salí corriendo al parque del Retiro. Llamé a Ena. Nos encontramos junto al estanque, temblando de rabia y tristeza.
—No puedo más —susurró ella—. Siento que nos están robando la vida.
—¿Y si nos vamos ya? —propuse—. Cogemos un tren esta noche. Granada nos espera.
Ena dudó. Sabía que dejar a su madre sola sería como clavarle un puñal. Yo también sentía el peso de la culpa: mi madre había sacrificado todo por mí desde que murió papá.
Pero ¿dónde estaba el límite entre la gratitud y la sumisión? ¿Hasta cuándo debíamos pagar la deuda de su amor?
Al día siguiente, Carmen me esperó despierta en el salón.
—Sergio —dijo sin mirarme—. No quiero perderte como perdí a tu padre. Pero tienes que entender que todo lo que hago es por tu bien.
—¿Y si tu bien no es el mío? —pregunté, con la voz rota.
Ella lloró por primera vez en años. Me abrazó tan fuerte que casi me rompió las costillas.
Las cosas no mejoraron. Mercedes enfermó del corazón y Ena tuvo que quedarse en casa más tiempo. Yo sentía que me ahogaba entre exámenes y reproches. Nuestros mensajes se volvieron más cortos, más fríos. Un día, Ena dejó de contestar.
Pasaron semanas antes de atreverme a ir a su casa. Mercedes abrió la puerta con cara cansada.
—Ena está estudiando —dijo—. Déjala tranquila, por favor.
Me marché sin verla. Esa noche lloré como un niño pequeño.
El verano llegó y con él los resultados de selectividad. Saqué buena nota; Ena también. Pero ya no éramos los mismos. Nos cruzamos una tarde en la Plaza Mayor; ella iba con su madre, yo con la mía. Nos miramos apenas un segundo antes de bajar la vista.
Ahora estudio Derecho en la Complutense y Ena está en Medicina en Alcalá. Nuestras madres siguen siendo amigas inseparables; van juntas al cine, al teatro, a manifestaciones feministas los domingos. A veces las veo reírse juntas en una terraza y me pregunto si alguna vez sabrán cuánto nos dolió su amistad.
¿Dónde termina el amor de una madre y empieza nuestra libertad? ¿Cuánto estamos dispuestos a sacrificar por no herirlas? Yo aún no tengo respuestas… ¿Y vosotros?