Después de la muerte de mi padre: ¿Justicia o crueldad?

—¡No tienes derecho a estar aquí! —grité, con la voz rota, mientras Carmen recogía sus cosas en silencio. El eco de mis palabras rebotó en las paredes del salón, aún impregnadas del olor a tabaco de mi padre. Mi prima Lucía me miraba horrorizada desde el pasillo, pero no me importaba. Llevaba quince años esperando este momento.

Mi nombre es Marta. Tenía diez años cuando mi madre murió de cáncer en el hospital de La Paz. Recuerdo su mano fría entre las mías, el pitido constante de las máquinas y la promesa que le hice: “Te cuidaré, mamá. No dejaré que nadie ocupe tu lugar”. Pero a los pocos meses, mi padre empezó a traer a casa a Carmen, una mujer que siempre olía a perfume barato y hablaba demasiado alto.

Nunca la acepté. Ni cuando cocinaba paella los domingos ni cuando intentaba consolarme en mis peores días de instituto. Para mí, era una intrusa. Mi abuela decía que debía ser agradecida, que Carmen había cuidado de mi padre cuando él cayó en depresión tras la muerte de mamá. Pero yo sólo veía cómo ocupaba su lado en la cama, cómo colgaba sus fotos en el salón, cómo se reía con mis tíos en las comidas familiares.

El día que mi padre murió, todo el mundo lloraba menos yo. Sentí alivio. Alivio porque por fin podría recuperar lo que era nuestro: la casa donde crecí, los recuerdos de mi madre, su vajilla guardada en el armario alto de la cocina. Carmen lloraba desconsolada en el tanatorio, abrazada por mis tías. Yo no la consolé.

A los pocos días del entierro, fui directa al grano:

—Carmen, tienes que irte. Esta casa es mía.

Ella me miró con los ojos rojos e hinchados:

—Marta, llevo aquí quince años. Tu padre y yo éramos pareja…

—No estabais casados. No tienes ningún derecho legal —le corté—. Mi madre nunca lo habría permitido.

Mi familia se dividió en dos bandos. Mis tíos y primos decían que era una desalmada. Que Carmen había cuidado de papá cuando nadie más lo hacía. Que no tenía a dónde ir. Pero yo sólo pensaba en mi madre y en todo lo que habíamos perdido.

Las discusiones se volvieron diarias. Mi abuela me llamó llorando:

—Hija, ¿de verdad vas a dejarla en la calle? ¿Eso te enseñó tu madre?

—Mi madre no querría verla aquí —respondí con rabia—. Esta casa es lo único que me queda de ella.

Carmen intentó resistirse. Me dejó notas en la nevera: “Por favor, dame tiempo”. Me cocinó croquetas como cuando era niña. Incluso me regaló una bufanda que había tejido para mí. Pero yo no cedí.

Un día, mientras recogía sus cosas, la encontré sentada en el sofá con una caja de fotos.

—¿Sabes? —me dijo sin mirarme—. Tu padre hablaba de tu madre cada noche antes de dormirnos. Nunca quise ocupar su lugar… sólo quería ayudarle a seguir adelante.

No respondí. No podía permitirme dudar ahora.

La última noche antes de irse, Carmen me dejó una carta sobre la mesa del comedor:

“Marta,
Sé que nunca me aceptaste y lo entiendo. Yo tampoco habría soportado ver a otra mujer en el lugar de mi madre. Pero quiero que sepas que quise mucho a tu padre y también te quise a ti, aunque nunca me dejaste demostrártelo. Espero que algún día puedas perdonarme por haber intentado hacerle feliz.”

Cuando cerró la puerta por última vez, sentí un vacío enorme. La casa estaba más silenciosa que nunca. Mis primos dejaron de hablarme durante meses; mi abuela enfermó y apenas me dirigía la palabra.

Intenté llenar el hueco con recuerdos de mi infancia: las tardes de verano con mamá, los Reyes Magos en el salón… Pero todo estaba contaminado por la culpa y el resentimiento.

Una tarde encontré a Lucía esperándome en el portal.

—¿De verdad crees que has hecho lo correcto? —me preguntó con los ojos llenos de reproche.

No supe qué responderle. ¿Había hecho justicia o simplemente había sido cruel? ¿Era posible defender la memoria de mi madre sin destruir a otra persona?

Hoy sigo viviendo sola en esta casa llena de fantasmas. A veces creo oír la risa de Carmen en la cocina o el susurro de mi madre desde el pasillo. No sé si algún día podré perdonarme por lo que hice.

¿Es posible hacer justicia sin convertirse en verdugo? ¿Qué habríais hecho vosotros en mi lugar?