¿Divorcio o Salvación? La Noche en Que Todo Cambió
—¡No puedo más, Diego! —gritó Lucía desde la cocina, mientras el vapor de la olla se mezclaba con el llanto de Mateo, nuestro hijo pequeño, que llevaba tres noches sin dormir por la dichosa bronquiolitis.
Me quedé paralizado en el pasillo, con la corbata aún floja y el portátil colgando de mi mano. Afuera, la lluvia golpeaba los cristales del piso en Vallecas como si quisiera entrar y arrasar con todo. Paula, nuestra hija mayor, me miraba desde el sofá con los ojos muy abiertos, abrazando a su peluche como si fuera un salvavidas.
—Lucía, por favor… —intenté acercarme, pero ella me lanzó una mirada que me heló la sangre—. Solo pido cinco minutos para cambiarme y…
—¿Cinco minutos? ¿Cinco minutos? —me interrumpió, la voz quebrada—. Llevo todo el día sola con los niños, Diego. Mateo no para de toser, Paula no quiere cenar y tú llegas tarde otra vez. ¿De verdad crees que esto es vida?
Sentí una punzada en el pecho. No era la primera vez que discutíamos así, pero esa noche todo sonaba más definitivo. El trabajo en la gestoría me estaba matando: clientes que no pagan, Hacienda apretando y mi jefe amenazando con recortes. Pero ¿cómo explicarle a Lucía que no era solo cuestión de querer estar en casa? Que el miedo a perderlo todo me tenía atenazado.
Me encerré en el baño y apoyé la frente contra el espejo empañado. Me pregunté en qué momento habíamos pasado de reírnos juntos en las terrazas de Malasaña a gritarnos por cualquier cosa. Recordé nuestra boda en Toledo, las promesas susurradas bajo los olivos… ¿Dónde quedaron?
Esa noche, después de acostar a los niños (Mateo finalmente se durmió tras otra dosis de ventolín), Lucía y yo nos sentamos en silencio en la mesa del comedor. La tele encendida sin volumen proyectaba sombras azules sobre sus mejillas cansadas.
—No sé si puedo seguir así —dijo ella al fin, casi en un susurro—. Siento que te has ido marchando poco a poco y yo… yo ya no sé si quiero seguir luchando sola.
Me dolió escucharla, pero no supe qué decir. ¿Acaso yo no estaba luchando también? ¿No era mi ansiedad por el trabajo una forma de protegerlos?
—No estoy tan lejos como crees —respondí al fin—. Solo… solo estoy cansado. Agotado. Pero te juro que sigo aquí.
Ella negó con la cabeza y se le escapó una lágrima.
—No quiero que nuestros hijos crezcan viendo esto. Viendo cómo nos destruimos poco a poco.
El silencio se hizo espeso entre nosotros. Pensé en mis padres, divorciados desde que yo tenía ocho años. Recordé las noches en casa de mi abuela, preguntándome si algún día volveríamos a ser una familia normal.
—¿Y qué propones? —pregunté con voz ronca.
Lucía se encogió de hombros.
—No lo sé. Quizá deberíamos separarnos un tiempo. O buscar ayuda… No quiero odiarte, Diego.
Me levanté y fui a mirar a los niños dormir. Paula respiraba tranquila; Mateo tenía una mano sobre su osito azul. Sentí un nudo en la garganta.
Volví al comedor y me senté frente a Lucía.
—¿Y si intentamos terapia? —propuse—. No quiero rendirme todavía.
Ella me miró largo rato antes de asentir lentamente.
—Lo intentamos —dijo—. Pero prométeme que vas a estar presente. Que vas a luchar conmigo, no contra mí.
Asentí, aunque no estaba seguro de tener fuerzas suficientes. Pero por ellos —por Paula y Mateo— tenía que intentarlo.
Las semanas siguientes fueron un torbellino: sesiones con una psicóloga de barrio, conversaciones incómodas sobre resentimientos antiguos, lágrimas y alguna que otra risa inesperada cuando recordábamos tiempos mejores. Aprendí a escuchar sin defenderme; Lucía aprendió a pedir ayuda sin sentirse culpable.
Pero no fue fácil. Hubo noches en las que dormimos espalda contra espalda, días en los que pensé en hacer la maleta e irme al piso de mi hermano Sergio en Lavapiés. A veces me preguntaba si estábamos prolongando lo inevitable solo por miedo al qué dirán o por no romperles el corazón a los niños.
Una tarde, después de una sesión especialmente dura, Lucía me miró y dijo:
—¿Tú crees que algún día volveremos a querernos como antes?
No supe qué responderle. El amor cambia, se desgasta, pero también puede transformarse en algo más profundo si ambos lo alimentan… o eso quería creer.
A veces pienso en todas las parejas que conozco: mis amigos del instituto, mis primos en Sevilla, incluso mis propios padres… Todos han pasado por crisis así. Algunos salieron reforzados; otros nunca volvieron a hablarse.
Hoy escribo esto mientras escucho a Paula reírse con su hermano en el salón. Lucía está preparando la cena y me sonríe cansada pero sincera. No sé si nuestro matrimonio sobrevivirá a esta tormenta, pero al menos ahora luchamos juntos.
¿Vale la pena salvar lo que parece roto? ¿O hay momentos en los que dejar ir es el mayor acto de amor? ¿Qué haríais vosotros?