Donde el corazón se detiene – Mi primera noche en el pueblo de mi marido

—¿De verdad crees que vas a aguantar aquí, Lucía? —La voz de Carmen, mi suegra, retumbó en la cocina mientras yo intentaba ayudarla a pelar patatas. Sus ojos, tan oscuros como el café que acababa de servirme, me miraban de arriba abajo con una mezcla de escepticismo y resignación.

No supe qué responder. Mi mano temblaba y una patata resbaló al suelo. El silencio se hizo espeso, solo roto por el tic-tac del reloj y el murmullo lejano de las gallinas. Diego, mi marido, estaba fuera, descargando leña con su padre. Yo me sentía sola, diminuta, como si todo el pueblo pudiera oír mi respiración entrecortada.

Nunca imaginé que mi primera noche en el pueblo de Diego sería así. Había dejado Madrid, mi piso compartido y mis amigas para enfrentarme a un mundo donde las casas huelen a leña y los vecinos saben tu nombre antes de saludarte. Cuando Diego me propuso venir a conocer a su familia, pensé que sería una aventura romántica. Pero la realidad era otra: aquí yo era la forastera, la chica de ciudad que no sabía distinguir un azadón de una azada.

—En Madrid todo será muy bonito, pero aquí las cosas se hacen de otra manera —añadió Carmen, sin mirarme esta vez. Sentí cómo me ardían las mejillas.

Recordé la conversación con mi madre antes de salir:

—Lucía, hija, ¿estás segura? La vida en el campo no es como aquí. No te van a entender.

—Mamá, lo hago por Diego. Quiero que su familia me conozca.

Pero ahora, sentada en esa cocina fría, dudaba de todo. ¿Y si mi madre tenía razón?

La cena fue un desfile de silencios y cuchicheos. El padre de Diego apenas habló. Su hermana, Marta, me miraba con curiosidad y algo de compasión. Solo Diego intentaba romper el hielo:

—Lucía hace una tortilla de patatas buenísima —dijo, sonriendo.

—Aquí las tortillas se hacen con huevos frescos, no con esas cosas del supermercado —replicó Carmen.

Sentí que me encogía aún más. Quise llorar, pero me mordí los labios. No podía mostrar debilidad.

Esa noche, en la habitación de Diego —una estancia pequeña con paredes encaladas y una colcha de ganchillo— me derrumbé. Diego me abrazó fuerte.

—Lo siento, Lucía. Mi madre es así con todo el mundo al principio.

—No soy de aquí, Diego. Nunca lo seré —susurré.

—Dales tiempo. Y date tiempo a ti también.

No dormí casi nada. Escuchaba los ruidos del campo: un perro ladrando, el viento colándose por la ventana mal cerrada, los pasos de alguien en el pasillo. Me sentía atrapada entre dos mundos: el mío, hecho de ruido y luces; y este, donde cada gesto parecía tener un significado oculto.

A la mañana siguiente, bajé temprano a la cocina. Carmen ya estaba allí, amasando pan.

—¿Quieres aprender? —preguntó sin mirarme directamente.

Asentí en silencio y me acerqué. Sus manos eran fuertes y seguras. Me mostró cómo mezclar la harina y la levadura, cómo amasar con paciencia.

—Aquí todo lleva su tiempo —dijo de pronto—. No puedes forzar las cosas.

No supe si hablaba del pan o de mí.

Durante el día, intenté integrarme: ayudé a Marta a recoger huevos, acompañé al padre de Diego al huerto. Los vecinos me miraban con curiosidad: «¿Eres la novia del hijo de Carmen?», «¿Y qué haces tú aquí?». Cada pregunta era un recordatorio de que no pertenecía a ese lugar.

Por la tarde, mientras colgaba ropa en el patio, escuché a Carmen hablando con una vecina:

—No sé si esta chica aguantará mucho aquí. Son muy diferentes.

Me dolió más de lo que esperaba. Pensé en marcharme esa misma noche. Pero entonces Marta se acercó y me ofreció un café.

—No les hagas mucho caso —me dijo—. A mí tampoco me entienden cuando digo que quiero estudiar en la ciudad.

Por primera vez sentí un pequeño puente tendido entre dos orillas.

Esa noche, durante la cena, me atreví a contar una anécdota graciosa sobre mi primer día en Madrid. Marta rió y hasta el padre de Diego sonrió levemente. Carmen no dijo nada, pero noté que me sirvió un poco más de guiso.

Al acostarme, Diego me besó la frente.

—Has sido valiente hoy.

No sé si algún día seré aceptada del todo aquí. Pero esa noche entendí que pertenecer no es cuestión de sangre ni de costumbres: es cuestión de tiempo y pequeños gestos.

A veces me pregunto: ¿cuántas Lucías hay en España intentando encontrar su sitio entre dos mundos? ¿De verdad nuestras diferencias son tan grandes o solo nos falta valor para tender puentes?