Dos años después: Cuando la hija de mi marido cambió nuestro hogar para siempre

—No es justo, Clara. ¡Nunca me preguntasteis si quería venir! —gritó Lucía, cerrando la puerta de su habitación con un portazo que retumbó por todo el piso.

Me quedé paralizada en el pasillo, con las manos temblando y el corazón desbocado. Manuel estaba en la cocina, fingiendo que preparaba la cena, pero yo sabía que escuchaba cada palabra. Dos años de matrimonio y, de repente, sentía que todo lo que habíamos construido se desmoronaba como un castillo de naipes.

Cuando conocí a Manuel, me enamoré de su calma y su ternura. Sabía que tenía una hija, pero Lucía vivía con su madre en Valencia y solo venía algunos fines de semana. Nuestro piso en Lavapiés era pequeño, pero acogedor. Yo trabajaba en una librería y él era profesor de historia en un instituto. Nos bastaba con poco: cenas improvisadas, paseos por el Retiro, domingos de sofá y series.

Pero todo cambió el día que recibimos la llamada de la exmujer de Manuel. Lucía no podía seguir en Valencia; problemas en el instituto, discusiones constantes con su madre… Necesitaba un cambio. Y ese cambio éramos nosotros.

—Clara, es solo por un tiempo —me dijo Manuel aquella noche, con la voz baja—. Lucía necesita estabilidad. Podemos hacerlo juntos.

Yo asentí, aunque por dentro sentía miedo. ¿Y si no era capaz? ¿Y si Lucía me odiaba? ¿Y si Manuel y yo nos perdíamos en medio del caos?

La primera semana fue un torbellino. Lucía llegó con una maleta enorme y una mirada desafiante. No quería hablar conmigo. Apenas saludaba a su padre. Se encerraba en su habitación y ponía la música tan alta que las paredes vibraban. Yo intentaba ser amable: le preparaba su desayuno favorito, le dejaba notas en la nevera, le ofrecía ayuda con los deberes. Pero ella solo respondía con monosílabos o silencio.

Una tarde, mientras recogía la ropa del tendedero, escuché a Manuel y Lucía discutiendo en el salón:

—No quiero estar aquí —decía ella—. Mamá tenía razón: solo piensas en tu nueva vida.
—Eso no es cierto, Lucía. Te quiero igual que siempre.
—¡Mentira! Si me quisieras, no me habrías dejado sola con mamá todos estos años.

Sentí una punzada en el pecho. ¿Era yo el problema? ¿Era nuestra relación la causa de tanto dolor?

Las semanas pasaron y la tensión crecía. El piso se hacía cada vez más pequeño: los gritos, los portazos, las miradas esquivas en la mesa del desayuno. Manuel y yo apenas hablábamos de otra cosa que no fuera Lucía. Las noches se llenaron de silencios incómodos y discusiones susurradas para que ella no oyera.

Un sábado por la mañana, mientras Manuel estaba en el supermercado, encontré a Lucía llorando en el baño. Dudé antes de acercarme, pero al final me senté a su lado.

—Sé que esto es difícil para ti —le dije suavemente—. No quiero reemplazar a tu madre ni obligarte a nada. Pero estoy aquí si necesitas hablar.

Lucía me miró con los ojos llenos de rabia y tristeza.

—No entiendes nada —susurró—. Nadie me entiende.

Me sentí impotente. Quise abrazarla, pero se apartó y salió corriendo del baño.

Esa noche, Manuel y yo discutimos como nunca antes:

—No puedo más —le dije entre lágrimas—. Siento que estoy perdiendo todo lo que teníamos.
—Clara, por favor…
—¡No! Siempre es Lucía primero. Yo también existo, Manuel.

Él se quedó callado. Por primera vez vi miedo en sus ojos.

Los días siguientes fueron una sucesión de pequeños fracasos: una cena quemada porque nadie tenía hambre; una excursión al cine que terminó en pelea; una llamada de la madre de Lucía diciendo que no quería hablar con ella. Me sentí invisible en mi propia casa.

Pero entonces ocurrió algo inesperado. Una tarde encontré a Lucía sentada en el suelo del salón, hojeando uno de mis libros favoritos: «Nada» de Carmen Laforet.

—¿Te gusta leer? —pregunté sin mucha esperanza.
Ella asintió sin mirarme.

—Ese libro me ayudó mucho cuando tenía tu edad —le confesé—. Sentía que nadie me entendía tampoco.

Por primera vez, vi una chispa de curiosidad en sus ojos.

Poco a poco, empezamos a hablar de libros. Compartíamos recomendaciones, discutíamos sobre personajes y finales abiertos. Era nuestro pequeño refugio en medio del caos familiar.

Manuel lo notó y empezó a relajarse. Las cenas volvieron a ser menos tensas; incluso reímos juntos alguna vez. Pero los problemas no desaparecieron: Lucía seguía teniendo altibajos, discusiones con su madre por teléfono, crisis de llanto inesperadas.

Una noche, después de una pelea especialmente dura entre padre e hija, Manuel se derrumbó:

—No sé qué hacer, Clara. Siento que os estoy fallando a las dos.

Le abracé fuerte.

—No tienes que hacerlo perfecto —le susurré—. Solo estar aquí ya es suficiente.

Ahora han pasado seis meses desde que Lucía llegó a nuestra vida. No somos una familia perfecta ni mucho menos; seguimos tropezando cada día con nuestros miedos e inseguridades. Pero hemos aprendido a escucharnos más y a pedir ayuda cuando lo necesitamos.

A veces me pregunto si nuestro amor sobrevivirá a tantas pruebas. ¿Es posible reconstruir una familia sobre las ruinas del pasado? ¿O estamos destinados a repetir los mismos errores una y otra vez?

Quizá la verdadera pregunta sea: ¿cuánto estamos dispuestos a luchar por lo que amamos? ¿Vosotros qué haríais en mi lugar?