El corazón invisible – Una madre en Navidad

—¿Por qué nadie me ayuda a poner la mesa? —pregunté, alzando la voz más de lo habitual, mientras sostenía la bandeja de turrones con manos temblorosas. Nadie respondió. Mi marido, Fernando, estaba absorto en el telediario, como si el mundo se hubiera reducido a las noticias de la noche. Mis hijos, Lucía y Álvaro, discutían en el pasillo sobre quién tenía derecho a usar primero el baño. Y mi suegra, Carmen, se quejaba en voz baja de que el cordero no olía como el de su infancia.

Sentí un nudo en la garganta. Era Nochebuena y yo, como cada año, había preparado todo con esmero: el mantel bordado de mi madre, las copas de cristal que solo usábamos en ocasiones especiales, los platos favoritos de cada uno. Pero nadie parecía notarlo. Ni una palabra de agradecimiento, ni una mirada cómplice. Solo ruido, prisas y reproches velados.

Me senté en la esquina de la mesa, intentando no derramar las lágrimas que amenazaban con traicionarme. Recordé cuando Lucía era pequeña y me abrazaba fuerte después de abrir los regalos. O cuando Álvaro me pedía ayuda para montar sus juguetes nuevos. Ahora apenas me dirigían la palabra, sumidos en sus móviles y sus propios problemas.

—Mamá, ¿has visto mi camisa blanca? —gritó Lucía desde su habitación.
—Está planchada en tu armario, donde siempre —respondí con voz cansada.

Fernando ni siquiera levantó la vista cuando pasé a su lado. «¿Te ayudo con algo?», preguntó sin convicción, sabiendo que yo diría que no. Porque siempre lo decía. Porque era más fácil hacerlo todo yo que pedir ayuda y escuchar sus quejas.

La cena transcurrió entre conversaciones cruzadas y silencios incómodos. Carmen criticó el punto del cordero. Álvaro se levantó varias veces para responder mensajes. Lucía apenas probó bocado y se encerró en su habitación antes del postre. Fernando se sirvió más vino y encendió un cigarrillo en la terraza.

Me quedé sola recogiendo los platos, escuchando los ecos de una familia que ya no parecía mía. ¿En qué momento me volví invisible? ¿Cuándo dejaron de verme como algo más que la mujer que cocina y limpia?

De niña soñaba con tener una familia grande y unida, como las que veía en las películas navideñas. Pero la realidad era otra: cada uno vivía en su propio mundo, ajeno al esfuerzo y al amor que yo ponía en cada detalle.

—¿Mamá, puedo salir con mis amigos después? —preguntó Álvaro desde la puerta.
—Claro —respondí sin mirarle—. Haz lo que quieras.

Sentí cómo mi corazón latía despacio, casi en silencio. Nadie lo oía. Nadie preguntaba cómo estaba yo, si necesitaba algo, si era feliz.

Cuando terminé de recoger, me senté frente al árbol de Navidad, rodeada de luces parpadeantes y regalos envueltos con esmero. Cerré los ojos y recordé a mi madre, siempre sonriente aunque estuviera agotada. ¿También se sintió invisible alguna vez?

Fernando entró al salón y me miró de reojo.
—¿Estás bien? —preguntó sin esperar respuesta.
—Sí —mentí—. Solo estoy cansada.

Él asintió y volvió a perderse en su mundo.

Esa noche no pude dormir. Me pregunté si algún día mis hijos entenderían todo lo que hice por ellos. Si Fernando recordaría cómo reíamos juntos antes de que la rutina nos separara. Si alguna vez volvería a sentirme parte de algo, y no solo una sombra moviéndose entre las paredes de nuestra casa.

A la mañana siguiente, encontré una nota en la cocina: «Gracias por todo, mamá». Era la letra de Lucía. Sonreí entre lágrimas, pero el vacío seguía ahí.

¿Hasta cuándo puede aguantar un corazón invisible? ¿Cuántas madres hay como yo, luchando por mantener viva una familia que parece no verlas?

Quizá algún día alguien escuche este susurro silencioso y recuerde que detrás de cada cena perfecta hay un corazón que late esperando ser visto.