El día que llevé a mi madre a la residencia: Un adiós que nunca termina
—No tienes por qué hacerlo, hijo. Puedo arreglármelas sola —me dijo mi madre con la voz temblorosa, mientras apretaba mi mano con una fuerza que nunca le había conocido.
Era una mañana fría de febrero en Madrid. El cielo estaba encapotado y la ciudad parecía tan gris como mi ánimo. Frente a la puerta de la residencia “Los Álamos”, sentí que el tiempo se detenía. Mi hermana Lucía no pudo venir; como siempre, tenía una reunión importante en el trabajo. Así que allí estaba yo, solo con mi madre, enfrentando el momento más duro de mi vida.
Mi madre, Carmen, había sido una mujer fuerte, de esas que nunca se quejan. Pero desde la muerte de mi padre, hace ya seis años, algo en ella se había ido apagando. Al principio pensé que era tristeza pasajera, pero con el tiempo llegaron los olvidos, las confusiones y esa mirada perdida que me partía el alma.
—Mamá, no es porque quiera —le susurré, sintiendo un nudo en la garganta—. Es porque no puedo más. No puedo dejarte sola en casa…
Ella bajó la vista. Vi cómo una lágrima resbalaba por su mejilla arrugada. Yo también lloraba por dentro, aunque intentaba mantenerme firme. Recordé todas las veces que discutimos por tonterías: por la comida, por su manía de guardar todo, por su negativa a aceptar ayuda. Y ahora, cuando más necesitaba de mí, yo la estaba dejando en manos de desconocidos.
Dentro de la residencia olía a lejía y a sopa recalentada. Una enfermera joven nos recibió con una sonrisa forzada.
—Bienvenida, Carmen. Aquí va a estar muy bien cuidada —dijo mientras nos guiaba por un pasillo largo y triste.
Mi madre no respondió. Solo miraba al suelo. Yo sentía que cada paso era una traición.
En la habitación asignada había una cama individual, una mesilla y una ventana con vistas a un patio interior. Dejé su maleta sobre la cama y me senté a su lado.
—¿Te acuerdas cuando íbamos al Retiro los domingos? —intenté romper el silencio—. Siempre decías que los patos te daban miedo…
Ella sonrió levemente, pero sus ojos seguían apagados.
—¿Por qué me haces esto, hijo? —susurró de repente—. ¿He sido tan mala madre?
Sentí un puñal atravesándome el pecho.
—No digas eso… No es culpa tuya ni mía. Es la vida…
Pero ni yo mismo creía mis palabras. ¿De verdad era solo la vida? ¿O era mi incapacidad para enfrentarme a lo que ella necesitaba? Mi trabajo como contable me absorbía; mis hijos adolescentes apenas pasaban por casa; mi mujer y yo discutíamos cada vez más por culpa del estrés y el dinero. ¿Dónde quedaba el tiempo para cuidar de mi madre?
La enfermera volvió para decirme que debía irme; era hora del almuerzo y las visitas no estaban permitidas hasta la tarde.
Me levanté torpemente y abracé a mi madre. Sentí su cuerpo frágil temblar entre mis brazos.
—Te llamaré todos los días —prometí—. Y vendré a verte cada semana.
Ella no respondió. Solo me miró con esos ojos llenos de reproche y resignación. Salí de la habitación sintiendo que dejaba atrás una parte de mí mismo.
En el coche, antes de arrancar, rompí a llorar como un niño. Recordé cuando era pequeño y ella me llevaba al colegio de la mano; cuando me curaba las rodillas peladas o me preparaba chocolate caliente en invierno. ¿Cómo habíamos llegado hasta aquí?
Esa noche no pude dormir. Mi mujer intentó consolarme:
—No podías hacer otra cosa, Pablo. No eres un superhéroe.
Pero yo no quería excusas. Sentía que le había fallado a la persona que más me había dado en la vida.
Los días siguientes fueron una tortura. Llamaba a la residencia y siempre me decían lo mismo: “Carmen está tranquila”. Pero yo sabía que no era cierto. Cuando iba a visitarla los domingos, la encontraba sentada junto a la ventana, mirando al vacío.
—¿Te tratan bien aquí? —le preguntaba cada vez.
Ella asentía sin ganas.
—¿Y los compañeros? ¿Hablas con alguien?
—No mucho… Aquí todos esperan a que pase el tiempo —respondía con voz apagada.
Intenté animarla llevándole fotos antiguas, libros, incluso su radio favorita para escuchar zarzuela. Pero nada parecía devolverle las ganas de vivir.
Un día discutí con Lucía por teléfono:
—¡Tú nunca estás! ¡Siempre me toca a mí cargar con todo! —le grité, furioso.
—¡No es justo! Yo también tengo mi vida —respondió ella—. Además, mamá siempre te ha preferido a ti…
Colgué sin decir nada más. La familia se iba desmoronando poco a poco; cada uno encerrado en sus propios problemas y culpas.
Pasaron los meses y mi madre fue apagándose aún más. Un domingo llegué y no quiso verme.
—No quiero visitas hoy —me dijo desde la cama, dándome la espalda.
Me fui destrozado. Esa noche soñé con ella joven, riendo en la playa de Benidorm durante unas vacaciones lejanas. Al despertar, sentí un vacío imposible de llenar.
El día que recibí la llamada de la residencia diciendo que mi madre había fallecido mientras dormía, me quedé paralizado. Fui corriendo al centro y allí estaba ella: tranquila, con una expresión serena que hacía meses no veía en su rostro.
Me senté junto a su cama y le pedí perdón entre sollozos:
—Lo siento, mamá… Ojalá hubiera sabido hacerlo mejor…
Ahora, meses después de su partida, sigo preguntándome si tomé la decisión correcta o si simplemente elegí el camino más fácil para mí. ¿Cuántos hijos en España viven este mismo dilema cada día? ¿Hasta dónde llega nuestro deber como hijos? ¿Y cómo se sobrevive al peso de la culpa?